Homilía Arzobispo de Yucatán – XXXIII Domingo Ordinario Ciclo C

XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario

Ciclo C

Mal 3, 19-20; 2 Tes 3, 7-12; Lc 21, 5-19.

“Si se mantienen firmes, conseguirán la vida” (Lc 21, 19).

Ki’ olal lake’ex ka ta’ane’ex ich maya, kin tzik te’ex kimak woolal yetel in puksikal.  U Ta’an jajal Dios, te domingoa ku yalik, u ki’in Yuumtsil yetel u meyaj ma’ak jacha malo.

Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre, deseándoles todo bien en el Señor. Dos veces al año los obispos de México nos reunimos en asamblea, la segunda semana de Pascua y la segunda semana de noviembre, para compartir nuestro servicio como pastores de la Iglesia, apoyarnos mutuamente y caminar juntos como Iglesia Católica en México. Ahora nos hemos reunido la pasada semana del 7 al 11 de noviembre, en la ciudad de Cuautitlán, donde se encuentra la casa del Episcopado Mexicano.

Los obispos de México queremos fijar las líneas fundamentales de un proyecto  evangelizador a la luz de las enseñanzas del Papa Francisco, a la luz de nuestros últimos documentos, y mirando en el horizonte la celebración de los 500 años de las apariciones de Santa María de Guadalupe a realizarse en el año 2031, y mirando también la celebración del segundo milenio de la redención en el año 2033. Estas líneas las queremos definir, no sólo dialogando entre nosotros, sino dialogando con la sociedad y con la Iglesia en todos sus niveles de provincia, diócesis, parroquias y pequeñas comunidades.

Somos conscientes de que muchos de nosotros para aquel año, si vivimos, seremos ya obispos eméritos; pero es necesario que cuando el Señor venga nos encuentre trabajando juntos, y caminando bajo un mismo proyecto de Iglesia en México. Todos somos convocados a caminar en este proyecto. Quizá tú pienses que no tienes tiempo por tu trabajo de participar en el proyecto, pero tu trabajo es sagrado porque glorifica a Dios y es un servicio a los hermanos. Desde su trabajo, cada cristiano se puede sumar al proyecto evangelizador de la Iglesia en México. Uno de los temas de la Palabra de Dios en este domingo es el valor del trabajo, y se presenta en la segunda lectura tomada de la segunda carta de san Pablo a los tesalonicenses (cfr. 2 Tes 3, 7-12).

Durante los primeros cinco años de mi formación sacerdotal en el Seminario, pude aprovechar las vacaciones de verano para trabajar en alguna de las muchas empresas de Monterrey. Mis padres me decían que no era necesario y que de alguna manera me darían el apoyo económico. Pero yo no quería quedarme a descansar en casa mientras mi padre y mis hermanos salían a trabajar. Además pensaba que era una gran oportunidad para que yo conociera el mundo del trabajo y supiera lo que cuesta ganarse el pan de cada día. Luego, en mi primer verano del tiempo de estudios en Roma cuando ya tenía siete años de sacerdote, pude nuevamente vestirme de obrero en Alemania para tener una nueva experiencia de trabajo.

San Pablo en los lugares que evangelizaba también trabajaba, al menos una temporada mientras llegaba el momento de dedicarse a tiempo completo a la predicación. En Tesalónica trabajó todo el tiempo que estuvo ahí, porque se dio cuenta que los tesalonicenses no valoraban el mundo del trabajo y que incluso varios de ellos habían dejado de laborar, según ellos, dedicados a esperar la segunda venida de Cristo. San Pablo aclaraba que él tenía derecho a que la comunidad cristiana lo sostuviera económicamente, pero sin embargo quiso darles su propio testimonio y les decía: “El que no quiera trabajar, que no coma” (2 Tes 3, 10). Cuando el Señor venga, sea en su segunda venida, o sea por nuestra muerte, nos ha de encontrar trabajando.

En el santo evangelio de este domingo Jesús nos habla de la relatividad de las obras humanas que tanto admiramos, pues por más hermosas y grandiosas que sean, un día se han de acabar. Los judíos ponderaban la hermosura de su templo en Jerusalén y Jesús, afirmaba: “Días vendrán en que no quedará piedra sobre piedra de todo esto que están admirando; todo será destruido” (Lc 21, 6). ¿Qué obra admiras tú? Sea la que sea todo terminará tarde o temprano.

A Jesús le preguntaron “¿cuándo será esto?” y él respondió indirectamente, pues más bien se refirió a cuándo sería su segunda venida. Él les respondió: “Cuídense de que nadie los engañe, porque muchos vendrán usurpando mi nombre y dirán: Yo soy el Mesías”. Y se cumplió la destrucción del templo de Jerusalén y se ha cumplido en muchas ocasiones y lugares que alguien usurpe el nombre de Jesús y se haga pasar por el Mesías esperado; y también se sigue cumpliendo el anuncio que hizo Jesús de guerras y revoluciones, sin que esto sea el final. Lamentablemente hay una terrible guerra en Medio Oriente. También tristemente en muchos lugares de México se vive bajo el pánico de la guerra que el crimen organizado le hace a la gente de paz, muchos de los que vienen de los estados de México a vivir a Mérida o a Yucatán, vienen huyendo de la violencia y en busca de paz. Revoluciones y guerras siempre han existido,  lo mismo que terremotos, epidemias y hambre, pero no es todavía el final.

Luego Jesús anuncia la persecución que sufrirán sus seguidores y en efecto, los discípulos de Jesús siempre han sufrido persecución; y esta persecución se sigue cumpliendo desde el martirio de san Esteban hasta los mártires del día de hoy. Ahora parece iniciar una nueva persecución a todos los que hablemos en favor de la familia. Antes de las elecciones en los Estados Unidos muchos tenían un gran temor de que resultara electo el candidato que en varias ocasiones amenazó a México y a los migrantes. Ahora que este candidato ha resultado electo para gobernar el país vecino, no pensemos en lo peor, mejor recordemos las palabras de san Pablo y que ellas sean nuestra gran convicción: “Todo contribuye al bien de los que aman a Dios” (Rom 8, 28).

La primera lectura tomada del libro del profeta Malaquías, nos habla  del “Día del Señor” como un día final que será de castigo para los soberbios y malvados; pero en cambio para “los que temen al Señor, brillará el sol de justicia que les traerá la salvación en sus rayos” (Mal 3, 20). Quienes creemos, esperamos el Día del Señor, es decir, la segunda venida de Cristo, sin miedo y más bien con ilusión y esperanza pues estamos seguros de lo que Jesús prometió en el evangelio de hoy: “Si se mantienen firmes, conseguirán la vida” (Lc 21, 19).

¡Que tengan una feliz semana! ¡Sea alabado Jesucristo!

+ Gustavo Rodríguez Vega

Arzobispo de Yucatán

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