Homilía Arzobispo de Yucatán – IV Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A

HOMILÍA
IV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Ciclo A
Sof 2, 3; 3, 12-13; 1 Cor 1, 26-31; Mt 5, 1-12.

“Alégrense y salten de contento” (Mt 5, 12)

 

In láak’e’ex ka t’aane’ex ich maya kin tsikike’ex yéetel ki’imak óolal. U T’aanil Yuumtsil ti’e domingo ku ya’alik to’on u ki’imak óolalil u puktsi’ik’al ti’e máaxo’ob ku beetiko’ob le ba’ax je’e bix ku ka’atik Yuumtsile’. U kuxtale’ ju’umtu’ul ma’alo’ob ma’ak ku bisik yéetel jajil óolal, ma’ chen yo’olaj p’aatik yeetel ki’imak óolal le ka’anoj, waama’ tak bejlae’ ku dsa’ik u jach ki’imak óolalil yéetel jéets’ óolal kex ya’ab maako’ob ma’atech u na’atiko’ob.

 

Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre en este domingo cuarto del Tiempo Ordinario.

Después de todas las tristes experiencias por las que pasó el pueblo de Israel: la división, las derrotas ante sus enemigos, el exilio y permanecer luego bajo el dominio de otras potencias, los profetas señalaban que toda esa historia sucedió por haberse apartado del Señor y seguir los malos ejemplos de otros pueblos; aunque finalmente, siempre hubo israelitas buenos y fieles, que perseveraron en la ley de Dios. Ya cerca de la venida del Mesías, los profetas llamaban a ese resto fiel: “un puñado de gente pobre y humilde”, como lo hace hoy el profeta Sofonías en el texto de la primera lectura.

No basta ser pobre, no hay que mal interpretar lo que es la humildad; para eso Sofonías describe las características de estas gentes, llamadas también ‘Pobres de Yavéh’: “No cometerá maldades ni dirá mentiras; no se hallará en su boca una lengua embustera. Permanecerán tranquilos y descansarán sin que nadie los moleste” (Sof 3, 13). Quien tiene realmente al Señor en su corazón, aunque le ofendan con la peor de las majaderías, no pagará con la misma moneda, ni guardará rencor contra quien le ofenda. El ofensor se hace daño a sí mismo, mientras que los hijos de Dios permanecen en paz, orando por la conversión de quien ofende.

En esta ocasión, el mensaje de la segunda lectura, tomada de la Primera Carta de san Pablo a los Corintios, coincide perfectamente con el mensaje de la primera lectura y del evangelio. El Apóstol les dice a los corintios y nos dice hoy a nosotros, que en la comunidad cristiana “no hay muchos sabios, ni muchos poderosos, ni muchos nobles, según los criterios humanos” (1 Cor 1, 26). Alguien podría preguntar ¿qué otros criterios hay? Pues están los criterios de Dios, mismos que conocemos en su Palabra, en la predicación de Cristo y de su Iglesia. Aunque también hay personas que no son creyentes o no conocen el Evangelio y, sin embargo, guiados por su sana conciencia, se alejan de los criterios comunes juzgando a todo ser humano digno de respeto.

Debemos tener cuidado, porque muchos bautizados caen en las redes de este mundo y buscan poder, riqueza y conocimiento para luego despreciar a los demás juzgándolos inferiores. Más cuidado aún hemos de tener los ministros de Dios, para no valorar nuestro ministerio como si fuera una mera carrera en busca de prestigios, ya que a nosotros nos toca enseñar con la palabra y con nuestra vida quiénes son los que agradan al Señor, no al mundo. En verdad, la tentación de creernos superiores está siempre al acecho.

En el santo evangelio de hoy, según san Mateo, tenemos el pasaje de las así llamadas bienaventuranzas, aunque la versión de hoy habla de los “dichosos”, no según el mundo, sino según Dios. Se trata de la carta magna del cristianismo, de la enseñanza fundamental de Jesús, así como para Moisés fueron los diez mandamientos dados a Israel. No es que Jesús quiera contradecir aquellos mandamientos, sino que él nos propone otro punto de partida, para ir más allá del mero cumplimiento.

Jesús y su Iglesia no anuncian solamente un Reino futuro, como para consuelo de los que hoy sufren, sino que anunciamos un Reino que hoy está aquí presente en medio de nosotros, que ya nos da esperanza, nos da paz y gozo en medio de las vicisitudes de este mundo. Las acciones cristianas de servicio a la justicia, a la paz y al amor, ofrecen una recompensa inmediata del gozo interior, por el anuncio de la recompensa futura y eterna que tendremos en la Casa del Padre.

La dicha que Jesús propone contradice la dicha que propone el mundo, la cual necesita de dinero, del éxito humano, de poder y de placer sensorial. La dicha que propone Jesús es para los pobres de espíritu, los cuales son felices con lo que tienen y están siempre agradecidos con Dios, siempre dispuestos a compartir con quien lo necesite. Son igualmente, los que pueden tener más y logran conseguirlo, permaneciendo en la misma actitud de gratitud y de solidaridad.

También parece contradictorio que Jesús proponga la dicha de los que lloran, pero se trata más bien de estar dispuestos a pasar por el llanto que libera y expresa sentimientos nobles, así como los que están dispuestos a llorar con los que lloran. Se trata de aquellos que obedecen de buena gana, aunque eso les cueste; son aquellos que no buscan sólo lo que les agrada, lo que les convence y lo que los divierte, sino que están dispuestos a todo, por servir a Dios y a nuestro prójimo; son los que reconocen el verdadero amor, según el dicho mexicano: “Quien bien te quiere, te hará llorar”. Además, quienes lloran ofreciendo su llanto al Señor, encontrarán consuelo parcial en esta vida y total en la otra.

Dice Jesús: “Dichosos los que sufren, porque heredarán la tierra” (Mt 5, 5). El sufrimiento puede acontecerle a cualquiera. Algunos se escandalizan porque ven que una persona buena sufre intensamente y/o por mucho tiempo. Pero los creyentes sabemos que el sufrimiento de ninguna manera es un castigo de Dios, y que si sufrimos ofreciéndoselo a Él, ese sufrimiento nos hace crecer espiritualmente en su presencia. He conocido gente que sufre mucho y que tiene mucha paz y gozo hasta para darle ánimo a los demás.

Dice también: “Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados” (Mt 5, 6). Esta dicha se puede alcanzar en dos sentidos: ‘justicia’ en sentido bíblico, significa ‘santidad’; quien tiene esta hambre y esta sed alcanzará un alto grado de santidad. También puede entenderse en el sentido romano, en el que las personas que han sido perjudicadas en cualquier forma no busquen venganza, sino que pongan toda su hambre y sed de justicia en manos de Dios, el único Juez justo.

El que es misericordioso es dichoso, de acuerdo a la enseñanza de Jesús, porque tiene la esperanza cierta de que, por ser misericordioso con su prójimo, alcanzará la misericordia de Dios. Además, practicar las obras de misericordia provoca una hermosa satisfacción interior.

Los limpios de corazón verán a Dios, tal como Jesús lo promete, esto implica la pureza de corazón y la recta intención en todo lo que hacemos.

A los que trabajan por la paz se les llamará hijos de Dios, dice Jesús, y todos tenemos algo que hacer en la construcción de la paz interior, la paz en la familia y en todos los espacios donde nos movemos. No todo depende del trabajo de quienes nos gobiernan, más aún cuando la tarea es tan grande.

Los perseguidos por causa de la justicia, es decir, por causa de la santidad, son aquellos que, por obrar rectamente, se les persigue y hasta se les castiga. Por ejemplo, los médicos que fueran castigados por negarse a practicar un aborto. Ellos son dichosos en su corazón, y luego en la eternidad, pues de ellos es el Reino de los cielos.

La última bienaventuranza es para quienes son perseguidos en cualquier forma por causa de la predicación del Evangelio, como es el caso del Sr. Obispo Don Rolando Álvarez, preso en Nicaragua por predicar con valor el Evangelio.

Busquemos la dicha y la alegría que Cristo predica y nos ofrece.

Que tengan una feliz semana. ¡Sea alabado Jesucristo!

 

+ Gustavo Rodríguez Vega
Arzobispo de Yucatán