Homilía Arzobispo de Yucatán – Domingo después de Pentecostés, Santísima Trinidad, Ciclo A

HOMILÍA
DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
LA SANTÍSIMA TRINIDAD
Ciclo A
Ex 34, 4-6. 8-9; 2 Cor 13, 11-13; Jn 3, 16-18.

“Gloria al Padre, al Hijo, y al Espíritu Santo. Al Dios que era, que es y que vendrá”(Ap 1, 8).

 

In la’ak’e’ex ka t’ane’ex ich maaya. Kin tsikike’ex yéetel kimak óolal. Bejlae’ tan k’imbesilk kili’ich oxp’eel ti k’u, wa Santísima Trinidad, le maax kaansa’an ti to’on tumen Yuum Jesús. Le tie t’aaana’ tu yoolala Ja’al Dios bey u Tatae’, le kili’ich Jopsanaj, wa Espíritu Santo bey le siibal ku taa ti le Tatatsil, bey xan ti le ki’ilich Paalo’. U tu’ux majo’on ts’aa okja’ tu k’aaba’ le oxtulalo’oba’, Jajal Diose’ chen jun tulilie’, ba’ale’ ooxtu’ulo’ob ti jun tul, u k’abao’ob’e, Yuum Tatatsil, Kili’ich Paal, yéetel kili’ich Jopsanaj.

 

Muy queridos hermanos, les saludo con el afecto de siempre en esta fiesta de la Santísima Trinidad.

El pasado lunes 25 de mayo, el Papa León XIV publicó su primera Carta Encíclica. Una “encíclica” es un documento que debe circular por todas partes, de modo que muchos puedan conocer su contenido. La firmó el 15 de mayo, tal como en su momento, hizo el Papa León XIII, en la misma fecha, pero en 1891, al escribir la “Rerum Novarum” (Las Cosas Nuevas), que fue el primer documento magisterial en materia de Doctrina Social de la Iglesia. La Encíclica del Papa León XIV se llama “Magnifica Humanitas” (Magnífica Humanidad), y aborda el tema de la Inteligencia Artificial.

La encíclica inicia así: “La magnífica humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos…” (MH n.1).

El Papa León XIII se refirió a las cosas nuevas de su tiempo, mientras que el Papa León XIV se refiere a las cosas nuevas en la actualidad. Dice: “En los últimos años se ha hecho cada vez más evidente cuán rápida y profundamente la digitalización, la inteligencia artificial (IA) y la robótica están transformando nuestro mundo” (MH n. 4). Más adelante añade: “Nunca la humanidad tuvo tanto poder sobre sí misma. Las nuevas tecnologías abren un horizonte que se extiende en direcciones que, aunque intuibles, aún no podemos prever por completo. Esto hace que sea más complejo evaluar su impacto y sus efectos a largo plazo sobre la dignidad de las personas y el bien común” (MH n. 4).

En el n. 15 indica: “En la era de la inteligencia artificial, en la que la dignidad humana corre el riesgo de verse eclipsada por nuevas formas de deshumanización, tenemos el deber urgente de permanecer profundamente humanos, custodiando con amor esa magnífica humanidad que se nos ha dado y revelado en plenitud en Cristo, y que ninguna máquina podrá jamás sustituir en su esplendor. El verdadero progreso nace siempre de un corazón abierto al otro, de una inteligencia dispuesta a escuchar, de una voluntad que busca lo que une más que lo que separa”. Todos debemos leer con mucho provecho esta encíclica que es en verdad muy oportuna. Invito especialmente a los jóvenes a que conozcan sus grandes enseñanzas.

El pasaje del libro del Éxodo que hoy escuchamos, nos dice que Dios es compasivo y clemente, paciente, misericordioso y fiel. Si nosotros nos comportamos de manera semejante a Él, le seremos gratos y ayudaremos a muchos con nuestra actitud; pero practicar esas virtudes no nos garantiza en absoluto el ser correspondidos. No existen fórmulas mágicas para lograr que otros nos amen del mismo modo y que perseveren en la fidelidad. Sólo Dios nos ofrece la garantía de su amor perfecto y eterno. El sabernos amados por Dios y vivir esforzándonos por corresponderle, nos hace más fuertes para soportar y sobrellevar las desilusiones que nos causan las personas que amamos.

Por todo esto alabamos a Dios con las palabras que proclamamos en el salmo tercero, pues sólo Él es bendito para siempre. Tengámonos paciencia unos a otros, pues somos simples humanos, capaces de un amor al estilo de Dios, pero tantas veces no lo logramos.

San Pablo concluye su Segunda Carta a los Corintios, saludándolos con palabras semejantes a las que usamos los sacerdotes y diáconos en las celebraciones litúrgicas, que son a la vez una confesión de la Santísima Trinidad. Dice: “La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con ustedes” (2 Cor 13, 13). Todos los creyentes que son fieles, inician cada día y cada actividad en el nombre de la Trinidad, teniendo presente que así fuimos bautizados, invocando la presencia de la Trinidad en nuestras vidas.

Además, concluimos cada oración glorificando al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo; sin olvidar la doxología del sacerdote en cada celebración Eucarística, al concluir la consagración del pan y del vino, diciendo: “Por Cristo, con Él y en Él, a ti Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo…”. Toda vida auténticamente cristiana debe navegar constantemente en la vida trinitaria.

Todos estamos llamados a tener una relación interpersonal con cada una de las Personas divinas. Algunos se confunden, pero tratemos de diferenciar entre ellas. Ya sabemos que la mayoría de nuestras oraciones son dirigidas al Padre, con la intercesión del Hijo y en la comunión del Espíritu Santo. Quien tiene una relación perfecta con la Trinidad es María, hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo y Esposa del Espíritu Santo, como confesamos en el rezo del santo rosario.

Al final del evangelio según san Mateo (cfr. Mt 28, 19), aparece el envío evangelizador, con la orden de bautizar a los creyentes en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Esta afirmación en labios de Jesús debería ser suficiente, pero como en los primeros tiempos del cristianismo hubo algunos herejes que negaban este misterio de la Trinidad, los santos Padres de la Iglesia tuvieron que reafirmar esta enseñanza revelada por Cristo durante los primeros siglos de la Iglesia.

Como dice Tertuliano: “Si la pluralidad en la Trinidad te escandaliza, como si no estuviera ligada en la simplicidad de la unión, te pregunto: ¿Cómo es posible que un ser que es puro y absolutamente uno y singular, hable en plural: ‘Hagamos al hombre a imagen y semejanza nuestra’? (Gn 2, 26)”.

El obispo Gregorio Taumaturgo, también afirma: “Hay una Trinidad perfecta, en gloria y eternidad y majestad, que no está dividida ni separada. No hay, por consiguiente, nada creado ni esclavo en la Trinidad, ni tampoco nada sobreañadido, como si no hubiera existido en un período anterior y hubiera sido introducido más tarde. Y así ni al Padre le falló nunca el Hijo, ni el Espíritu Santo al Hijo, sino que, sin variación ni mudanza, la misma Trinidad ha existido siempre”.

Cualquiera puede negar la realidad de la Santísima Trinidad, eso es muy sencillo cuando tratamos de entenderlo todo bajo los criterios y las posibilidades meramente humanas. Pero es la fe en las palabras de Jesús, así como en todos los pasajes del Antiguo Testamento que presagiaban esta revelación, la que nos lleva a aceptar, no algo contrario a la razón humana, sino algo que la razón humana no alcanza: Dios es uno sólo en tres Personas iguales y distintas que se llaman Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Este misterio revela a su vez, el misterio del ser humano, que nace de la unión entre el hombre y la mujer, que nunca se realizará plenamente en la soledad y el aislamiento, sino en la mejor relación interpersonal.

Que tengan una feliz semana. ¡Sea alabado Jesucristo!

 

+ Gustavo Rodríguez Vega
Arzobispo de Yucatán

Descargar (PDF, 173KB)