Homilía Arzobispo de Yucatán – VI Domingo de Pascua Ciclo C

VI Domingo de Pascua
“El Espíritu Santo que mi Padre les enviará en mi nombre,
les enseñará todas las cosas” (Jn 14, 26).

Hch 15, 1-2. 22-29; Ap 21, 10-14. 22-23; Jn 14, 23-29.

Una visión de la Iglesia
Estimados hermanos y hermanas, llegados a este sexto domingo del tiempo de Pascua, las lecturas nos presentan bellas imágenes de lo que es la Iglesia a la que pertenecemos y de la que debemos sentirnos orgullosos. No mirando tanto a nuestra realidad frágil y a los pecados que cometemos, sino que me refiero al Pueblo de Dios guiado por el Espíritu Santo.

La segunda lectura de este domingo tomada del libro del Apocalipsis del apóstol san Juan, nos presenta la visión que tuvo y en la cual contempló la realidad de la Iglesia. Se trata de “Jerusalén, la ciudad santa que descendía del cielo, resplandeciente con la gloria de Dios”. Ésta es la Iglesia de Dios, este es el Cuerpo Místico de Cristo. “Su fulgor -dice San Juan- era semejante al de una piedra preciosa, como el de un diamante cristalino” (Ap 21, 10-11).

Hermanos y hermanas, nuestros pecados no pueden acabar con la Iglesia, nunca han podido. Jesús así lo prometió: “Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mt 16, 18). Claro que formar parte de una Iglesia tan bella, tan hermosa, debe comprometernos para que seamos menos indignos de pertenecer a ella.

Cimentados en los Apóstoles
San Juan continúa describiendo su visión: “Tenía una muralla ancha y elevada, con doce puertas monumentales, y sobre ellas, doce ángeles y doce nombres escritos, los nombres de las doce tribus de Israel” (Ap 21, 12). Doce es el número del pueblo elegido, es lo que significa, es el Israel antiguo y el Israel nuevo; el Pueblo de Dios antes y después de Cristo.

“Tres puertas daban al oriente y tres al norte; tres al sur y tres al poniente” (Ap 21, 13). Esto nos habla de la Iglesia universal, siempre abierta a recibir hombres y mujeres de cualquier raza, pueblo y nación. “La muralla descansaba sobre doce cimientos, en los que estaban escritos los doce nombres de los apóstoles del Cordero” (Ap 21, 14). Nuestra Iglesia está cimentada sobre los apóstoles y su ministerio continúa a través de la conducción del Papa y los obispos, sucesores de los Doce. No es por mérito nuestro, es porque el Señor así lo ha querido; pues los obispos estamos cimentados sobre esta Roca, sobre estos pilares de los doce apóstoles del Cordero, como ha dicho el apóstol san Juan.

La fealdad de nuestros pecados es opacada por la gran luz del Señor Dios todopoderoso y del Cordero, por su gran misericordia; y la Iglesia vislumbrada en esa ciudad santa “no necesita la luz del sol o de la luna, porque la gloria de Dios la ilumina y el Cordero es su lumbrera” (Ap 21, 23). No nos detengamos a contemplar nuestra fragilidad fruto del pecado, en cambio, luchemos siempre contra el mal conscientes de que lo importante es que la luz de Dios prevalezca sobre las tinieblas de la muerte.

La Promesa Enviar al Espíritu
Fijémonos bien cómo Jesús en la Última Cena, cuando está despidiéndose de los apóstoles, les promete al Espíritu Santo. Él les avisa que se irá, pero también les dice que: “El Paráclito, el Espíritu Santo que mi Padre les enviará en mi nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo cuanto yo les he dicho” (Jn 14, 26).

La obra del Espíritu comienza en Pentecostés, cuando Jesús ha concluido su plan de redención y va a sentarse a la derecha del Padre. Desde entonces, la Iglesia es acompañada y guiada por este Santo Espíritu; la Iglesia en su totalidad como comunidad, pero también cada cristiano cuando dócilmente se deja conducir por él.

El Espíritu en las Primeras Comunidades
La primera lectura nos presenta el primer Concilio en la historia de la Iglesia. Los apóstoles se reunieron para escuchar el problema que presentaron Pablo y Bernabé; pues algunos judaizantes que no estaban de acuerdo con ellos, querían obligar a los paganos convertidos al cristianismo por el bautismo, a cumplir estrictamente con la ley de Moisés, principalmente con el tema de la circuncisión. Por eso el asunto fue presentado ante los apóstoles quienes lo analizaron y decidieron en el nombre de Dios.

Notemos cómo ellos en ese pasaje se muestran muy seguros de la decisión que tomaron. Lo discutieron entre ellos, han hablado todos, pero finalmente mandaron aquella carta llena de autoridad que decía: “El Espíritu Santo y nosotros hemos decidido…” (Hch 15, 28). Con la seguridad de que el Espíritu acompaña a la Iglesia los apóstoles no temen equivocarse.

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El Espíritu Acompaña a la Iglesia Hoy
Seguramente aún después de aquel Concilio, algunos miembros de la Iglesia no estuvieron muy seguros y criticaron la postura de los apóstoles, sin embargo la decisión de la Iglesia guiada por el Espíritu Santo es auténtica, cuando se busca de esta manera, en comunión de unos con otros.

Es evidente que algunos cristianos, incluso algunos ministros de la Iglesia, no compartan todas las enseñanzas de la doctrina o no estén de acuerdo de todos los puntos que se deciden en el Magisterio, pero quien está en comunión con el Santo Padre y con los Obispos está del lado donde el Espíritu Santo ha iluminado.

Recientemente el Papa Francisco nos ha dado la exhortación apostólica “Amoris laetitia” (La alegría del amor). Él recogió todas las reflexiones y los aportes que los obispos y representantes del mundo entero propusieron en los sínodos de 2014 y 2015 sobre el tema de la familia en nuestro tiempo. Luego el Santo Padre presentó estas enseñanzas y les dio unidad añadiendo también su propia enseñanza. Ésta pues, se trata de una exhortación magnífica en la que se nos invita a ser siempre cercanos, con amor y discernimiento, tratando con misericordia a todas las familias sin importar su condición.

Como buenos pastores hemos de acercarnos así y no llevar la doctrina por delante queriendo condenar a los que no se ajusten al plan de Dios que nosotros conocemos para la familia; sino que ante todo, debemos discernir y ayudar a cada uno a encontrar su lugar en la Iglesia, sobre todo a quienes viven situaciones de fragilidad o imperfección: “Se trata de integrar a todos, se debe ayudar a cada uno a encontrar su propia manera de participar en la comunidad eclesial” (AL 297).

Lamentablemente, aunque hay algunos miembros de la Iglesia que no están muy de acuerdo con las enseñanzas que ha dado el Santo Padre; nosotros en cambio, sí aceptamos este magisterio porque sabemos que el Espíritu Santo y los obispos, hemos declarado esto en comunión con el mismo Romano Pontífice y a partir de los trabajos sinodales. No nos extrañemos de que se den estos rechazos contra la exhortación apostólica o incluso contra la doctrina misma, sino que mejor confiemos en que el Espíritu Santo nos acompañará tal como Cristo lo prometió: “El Espíritu Santo que mi Padre les enviará en mi nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo cuanto yo les he dicho” (Jn 14, 26).

La Confianza en el Espíritu
El Espíritu nos guía para que en cada momento sepamos aplicar a la vida actual lo que el Señor nos ha dicho. Él con su luz nos dice qué es lo que tenemos que hacer y decidir, y así vamos a actualizando día con día las enseñanzas de esta palabra que es viva, no es palabra muerta sino viva, como dice la carta a los hebreos: “La palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que una espada de doble filo” (Hb 4, 12).

Tengamos confianza en aquel que nos ha enviado al Espíritu Santo y no perdamos la paz, esa paz que no es la que el mundo ofrece, sino la que Cristo nos trajo: “La paz les dejo, mi paz les doy… No pierdan la paz ni se acobarden” (Jn 14, 27). Estas palabras de Jesús deben sonar muy claras en nuestros oídos; tengamos confianza en que el Espíritu sigue conduciendo a su Iglesia, pero también llevemos a cabo el mandato que el Señor nos ha dado: “El que me ama cumplirá mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos en él nuestra morada” (Jn 14, 23).

El que ama, cumple. El mundo nos dice que el que ama sólo siente algo agradable, pero la enseñanza del Señor es muy importante para nosotros, pues es para aplicarla en nuestra vida. Por eso, si realmente amamos, cumplamos; si realmente amamos, confiemos en que el Espíritu sigue presente en nuestra Iglesia. ¡Sea alabado Jesucristo!

+ Gustavo Rodríguez Vega
Arzobispo de Yucatán