Homilía Arzobispo de Yucatán – XV Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo C

HOMILÍA
XV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Ciclo C
Dt 30, 10-14; Col 1, 15-20; Lc 10, 25-37.

“Y quién es mi prójimo?” (Lc 10, 29).

 

In láak’e’ex ka t’aane’ex ich maya kin tsikike’ex yéetel ki’imak óolal. Bejla’e’ k’áatik yéetel tu láakal et iglesias México, u jéets’ óolal u ti’al u lu’umil Patria. Ti’e domingo k’áajsik tu láakal le Sacerdotes, religiosos yéetel religiosas kiinsajo’ob. U ki’iki’ T’aanil Yuumtsile’ ku beetik tukultik yo’olaj u yáax Almata’an Kue’ yéetel u ya’ax Yaabila’ ti’ éet láak’o’ob.

 

Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre y les deseo todo bien en el Señor, en este domingo décimo quinto del Tiempo Ordinario.

El próximo martes 12 de julio, miles de yucatecos nos daremos cita en la Basílica de nuestra Señora de Guadalupe en la Ciudad de México, donde le manifestaremos nuestro amor a “la Madre del verdadero Dios por quien se vive”, donde además vamos a orar por las necesidades de todos los yucatecos, así como cada uno hará oración por sus familiares y demás seres queridos. En esta ocasión nos uniremos a toda la Iglesia de México orando por la paz en nuestra Patria.

Los Obispos de México (CEM), la Conferencia de Superiores Mayores de Religiosos de México y la Provincia Mexicana de la Compañía de Jesús (los Jesuitas), hemos enviado un mensaje en el cual convocamos para que oremos juntos por la justicia y la reconciliación, para alcanzar la paz. Dice el mensaje: “Los asesinatos y desapariciones que diariamente se cometen en el país son un llamado de Dios a unirnos para pedir por la paz. La sangre derramada de estos hermanos y hermanas es la sangre de Jesús que cae a la tierra para hacerla fértil y emprender un camino por la paz”.

De acuerdo a nuestro mensaje, en este domingo 10 de julio en todas las misas a celebrarse hoy estamos haciendo memoria de todos los sacerdotes, religiosos y religiosas que han sido asesinados en el país, y ofrecemos la intención de la Eucaristía por su vida para que su dolor nos acompañe en este camino por la paz. Habrá luego otras acciones para que juntos oremos por la paz en nuestro México.

En el santo evangelio de hoy según san Lucas, un doctor de la ley se presentó a Jesús para ponerlo a prueba y lo llamó “Maestro”. Eso fue una muestra clara de hipocresía, pues este hombre se consideraba superior a Jesús por ser doctor de la ley, pensando que seguramente Jesús no sabrá responder a sus preguntas ‘sabias’. Dios nuestro Señor detesta la hipocresía, pero mostró paciencia con este hombre para tratar de dejarle a él una enseñanza, aunque creyera saberlo ya todo. Alejemos de nosotros toda hipocresía, sin adular nunca a nadie, si no creemos firmemente en la cualidad que le reconocemos con sinceridad.

La pregunta fue: ¿qué debería hacer él para conseguir la vida eterna? Jesús no le responde inmediatamente, sino que lo pone a pensar remitiéndolo a su propia ciencia en el conocimiento de la ley de Dios. El doctor le respondió correctamente recordando de la ley el primer mandamiento que consiste en el amor a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas, con todo el ser; y también en el amor al prójimo como a uno mismo.

Alguien podría pensar que, si ama a Dios con todo su corazón, con toda su alma, con todas sus fuerzas, con todo su ser, entonces qué va a dejar para amar a su cónyuge, a sus hijos, a sus hermanos, a sus amigos o a cualquier otra persona; pero la verdad es que amar con esa intensidad a Dios nuestro Señor, no agota nuestro amor, sino que lo cualifica para amar a cualquier persona como quisiéramos amarla, como decimos y prometemos amarla.

Si fallamos en el amor a nuestros seres queridos, es porque fallamos en el amor a Dios. Amar a Dios con toda esa intensidad significa “mantenernos conectados a la corriente, para que nunca se nos baje la pila del amor”; significa recibir continuamente el amor de la fuente inagotable de Dios para tener siempre y así poder dar a los demás.

Al escuchar Jesús la respuesta del doctor de la ley, le dijo: “Has contestado bien; si haces eso, vivirás” (Lc 10, 28). Jesús contesta con la dignidad de un Maestro, dando una respuesta infalible e indudable, con las mismas palabras de la ley, sin embargo, este hombre continuó preguntándole: “¿Y quién, es mi prójimo?” (Lc 10, 29). Su pregunta era auténtica, aunque ahí se encerraba otra trampa, pues los buenos judíos no debían tener trato con los paganos, y seguramente el doctor de la ley suponía que los paganos no son su prójimo. Ante esto Jesús lo sorprende respondiéndole con una historia o parábola, lo cual era muy común en los maestros judíos.

La parábola trata de un hombre que bajaba de Jerusalén a Jericó y en el camino fue asaltado por “unos ladrones los cuales lo robaron, lo hirieron y lo dejaron medio muerto” (Lc 10, 30). Pasaron por el camino un sacerdote y luego un levita, siguiendo de largo. Luego pasó un samaritano que al verlo se compadeció de él, se le acercó, ungió sus heridas con aceite y vino, se las vendó, lo llevó sobre su cabalgadura, lo hospedó en el albergue, se quedó con él una noche y al día siguiente lo dejó a cargo del dueño del mesón dándole dinero, pidiendo que lo cuidara y prometiéndole pagarle a su regreso lo que gastara de más.

Tal vez el doctor de la ley pensó en justificar al sacerdote y al levita, porque la misma ley les decía que no podían tener contacto con un herido, antes de presentar un sacrificio en el templo o quizá pensando que deberían llegar a tiempo a su servicio sacerdotal. Pero cuando Jesús le pregunta quién de los tres se portó como prójimo con el herido, no tuvo otra salida que responder que fue el samaritano quien se portó como prójimo.

La parábola era muy fuerte para este doctor, pues en ella los que deberían ser los mejores judíos, el sacerdote y el levita, no se portaron como prójimos, sino el samaritano, siendo que los judíos no se llevaban bien con los samaritanos. Es como si hoy nos contaran una historia en la que un sacerdote y un diácono no se detuvieron a atender a un hombre herido, pero que un protestante si se detuvo y le brindó la más exquisita atención.

La realidad es que muchas veces los ministros de Dios no damos los mejores ejemplos, mientras que las personas de otras iglesias, los no practicantes o hasta algunos no creyentes nos pueden brindar los mejores testimonios de un buen comportamiento.

¿Cómo es posible esto? Pues, para empezar, todos los seres humanos somos hijos de Dios y todos fuimos creados a su imagen y semejanza, por lo tanto, somos capaces de amar. Sin embargo, somos seres libres y podemos elegir el bien o el mal. Todos llevamos inscrita en nuestra alma la ley natural y aun desconociendo la Sagrada Escritura, podemos distinguir entre lo bueno y lo malo, entre lo justo y lo injusto. Quien conoce la Escritura, más aún, el Evangelio, comete un pecado mayor cuando no ama a su prójimo.

La primera lectura tomada del libro del Deuteronomio, nos habla de lo maravilloso que es tener a un Dios cercano, que nos revela su ley, ya que ésta nos ayuda a vivir según su voluntad. San Jerónimo decía que “desconocer la Escritura es desconocer a Cristo”.

Conozcamos pues la Escritura leyéndola en la Iglesia, es decir con la guía de los maestros y textos que nos ayudarán a interpretarla correctamente. Quien desconoce la Escritura corre el riesgo de tomar decisiones equivocadas que lo alejen de Dios. Si la conocemos, pidámosle al Espíritu Santo nos ayude a aplicarla en cada momento de nuestra existencia.

La segunda lectura de hoy está tomada de la Carta de san Pablo a los Colosenses, la cual en su inicio nos presenta un cántico dedicado a Cristo, el cual contiene una magnífica cristología, es decir, las notas teológicas esenciales del ser divino de Jesús, que nos ayudará a saber con quién tratamos en la oración para que, aunque le tengamos confianza, no perdamos la dimensión al saber quién es quién, y no lo consideremos un simple profeta o un pensador.

Que tengan todos una feliz semana. ¡Sea alabado Jesucristo!

 

+ Gustavo Rodríguez Vega
Arzobispo de Yucatán

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