Homilía Arzobispo de Yucatán – XIX Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo C

HOMILÍA
XIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Ciclo C
Sab 18, 6-9; Heb 11, 1-2. 8-19; Lc 12, 32-48.

“No temas rebañito mío” (Lc 12, 32).

 

Ki’óolal lake’ex ka t’aane’ex ich maya, kin tsik te’ex ki’imak óolal yéetel in puksi’ikal. Kin toj óoltik tuláakal máaxo’ob ku kiinbenso’ob tu kajalo’ob u kiinil Kichpan Kolebil Asunción. Kin kubenkinba’ utial a payalchie’ex, tumen tene’ yan in kiinbensik 18 ja’abo’ob ti’n k’aamá Ordenación Episcopal yéetel 39 ja’abo’ob ti’n k’aamá xan Ordenación Sacerdotal.

 

Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre y les deseo todo bien en el Señor en este domingo décimo noveno del Tiempo Ordinario. Durante esta semana habrán grandes fiestas en varios pueblos y comunidades parroquiales de Yucatán al celebrarse la solemnidad de nuestra Señora de la Asunción el próximo jueves 15 de agosto. Felicidades a todas esas comunidades y a todo el Pueblo de Dios en Yucatán que es tan fervorosamente mariano.

Dios mediante un servidor celebrará el día 14 de agosto dieciocho años de ordenación episcopal, y el día 15 llegaré con el favor de Dios, a mis treinta y nueve años de ordenación sacerdotal. Me encomiendo a su oración, que tanto necesito para el ejercicio de mi ministerio.

De acuerdo a lo que el Señor dice hoy en el Evangelio, a los obispos y sacerdotes nos espera un juicio más severo delante de Dios, pues “Al que mucho se le da, se le exigirá mucho más” (Lc 12, 48). Es por eso que los ministros de Dios necesitamos de mucho apoyo en la oración, no sólo para ejercer santamente nuestro ministerio, sino para que el Señor tenga misericordia de nosotros en su juicio. Por eso es que el santo obispo Agustín de Hipona decía: “Me asusta lo que soy para ustedes; pero me consuela lo que soy con ustedes. Para ustedes soy obispo, con ustedes soy cristiano. Lo primero implica un peligro, lo segundo una salvación”. Así es que el ministerio mucho más que un honor, es una enorme responsabilidad ante Dios. Nadie piense que el sacerdocio es una carrera para ascender, pues es más bien una forma de vida para servir. Ojalá que cada cristiano entienda también así su vida y vocación.

La primera lectura de hoy, tomada del Libro de la Sabiduría, habla de los beneficios de la Pascua la cual liberó al pueblo de Israel de la esclavitud, cuando Dios castigó a sus enemigos y a sus elegidos los cubrió de gloria. Dice el texto que el pueblo de Dios, al celebrar aquella primera Pascua en sus casas, “de común acuerdo se impusieron esta ley sagrada, de que todos los santos participaran por igual de los bienes y de los peligros” (Sap 18, 9). Así fue para Israel y así es para todos los bautizados de hoy, pues todos participamos de los bienes de la gracia de Dios y al mismo tiempo, todos participamos de los peligros que el mundo nos presenta con tanto atractivo.

En una forma muy tierna Jesús se dirigía a sus discípulos y se dirige hoy a nosotros sus discípulos del siglo XXI, diciéndonos: “No temas, rebañito mío” (Lc 12, 32). El motivo para no temer es que el Padre ha tenido a bien darnos el Reino, un reino que comienza ahora, que ahora vamos construyendo en la tierra sembrando amor, justicia, paz, reconciliación y verdad, mimso que en la medida que lo hacemos tenemos ya el gozo de pertenecer a él; aunque sabemos que el Reino en su plenitud sólo lo tendremos después de este mundo que pasa.

Por eso, el Señor Jesús nos exhorta a dar limosnas y a atesorar un tesoro en el cielo, tesoro que no se acaba, allá donde no llega el ladrón, ni carcome la polilla. Dice Jesús: “donde está su tesoro, ahí estará su corazón” (Lc 12, 34). Entonces, ¿en dónde está tu tesoro? Si está aquí en la tierra pasarás muchas angustias para protegerlo y para aumentarlo; pero si lo tienes en el cielo, vivirás en paz y sin sobresaltos, aumentándolo más y más.

Luego el Señor presenta dos parábolas para hacernos entender que hemos de estar preparados para el momento en que llegue él a nuestro encuentro. La primera parábola trata de los criados que esperan, con la túnica puesta y las lámparas encendidas, a que regrese su amo de la boda, para abrirle en cuanto llegue; al llegar, el mismo amo se recoge la túnica para sentarlos a la mesa y servirles.

Es maravilloso imaginar que el mismo Señor nos sirva en el banquete eterno, cuando lleguemos junto a él; aunque ya es maravilloso que ahora desde este mundo, él nos sirva en la persona de sus sacerdotes, su propio Cuerpo como alimento para el camino en cada Eucaristía. Es cierto que hay muchos desperdiciando este banquete sagrado al no acercarse a comulgar, pero el Señor nos sigue invitando a todos repitiendo el lema de nuestro VII Congreso Eucarístico Nacional: “Pueblo de Dios: ¡Levántate y come, el camino es largo!”.

La segunda parábola nos habla del cuidado que tendría un padre de familia, si supiera a qué hora va a llegar el ladrón para intentar meterse a su casa, pues estaría vigilando para evitar que ese ladrón entrara. Entonces, así como un buen marido y padre protege a los suyos, vigilando para evitarles cualquier peligro, así cada uno debe estar atento, pues no sabemos a qué hora vendrá el Hijo del Hombre, sea en su segunda venida o sea en nuestra muerte.

Es entonces que Pedro le preguntó si esa parábola la decía por ellos o por todos, explicándole Jesús que lo dice por todos, pero que sus apóstoles y discípulos más cercanos tenemos más urgencia de fidelidad a él, así como de estar atentos a su regreso. Dice Jesús: “El servidor que, conociendo la voluntad de su amo, no haya preparado ni hecho lo que debía, recibirá muchos azotes; pero el que, sin conocerla, haya hecho algo digno de castigo, recibirá pocos” (Lc 12, 47-48).

Los humanos solemos ser muy estrictos y objetivos a la hora de juzgar, sin mirar atenuantes o la situación de las personas, simplemente los juzgamos condenando a todos por igual. Gracias a Dios que Él no es así; porque Él conoce la realidad de cada persona, conoce a cada uno mucho mejor de lo que nosotros mismos nos conocemos y nos juzgará en proporción a la situación concreta de cada quien.

Muchas veces nosotros vivimos condenándonos y sin podernos perdonar algo que hicimos, en cambio el hombre y la mujer de fe ponen su juicio en las manos de Dios. San Pablo nos enseña cómo el juicio humano es equivocado, cuando dice: “En cuanto a mi conducta, me tiene sin cuidado el juicio que me puedan emitir ustedes o cualquier otro tribunal humano; ni siquiera yo mismo me juzgo. Es cierto que, aunque no tengo conciencia de nada malo, no por eso considero que soy justo, porque el Señor es quien me juzga” (1Cor 4, 3-4). Quitémonos de encima la piedra pesada de la culpabilidad y pongamos nuestra conciencia en la presencia del Señor.

La segunda lectura de hoy está tomada de la Carta a los Hebreos, en el pasaje donde exalta la fe de los patriarcas, particularmente la fe de Abraham y la de Sara, que esperaron al hijo que Dios les prometió en su ancianidad, siendo Ana estéril. Por su fe, Abraham fue capaz de disponerse a ofrecer a su joven hijo Isaac en sacrificio a Dios, como lo hacían los pueblos vecinos ofreciendo sus primogénitos a sus dioses, aunque el Señor lo detuvo en el último momento. Tú y yo, ¿qué hemos hecho por la fe?; ¿qué tan fuerte es nuestra fe como para traducirse en expresiones concretas de generosidad con Dios y con nuestro prójimo?

El pasado sábado 3 de agosto nos sorprendió la noticia del joven de veintiún años que, en una tienda de la ciudad de El Paso, Texas, abrió fuego contra la multitud que hacía sus compras, con la intención de matar a los mexicanos que ahí se encontraban. De hecho, ocho de las veintidós personas que murieron eran de origen mexicano. La razón de este hecho es el desprecio de quien cree en la supremacía de la raza blanca.

El racismo llevó al extermino de aproximadamente seis millones de personas judías durante la Segunda Guerra Mundial. El racismo en los Estados Unidos fue terriblemente discriminatorio contra las personas de color y contra los mexicanos hasta los años setenta, que dejó el testimonio inolvidable del mártir de la democracia Martin Luther King. En estos tiempos se despierta de nuevo en el mundo el odio racista a causa del fenómeno migratorio.

Antes que condenar al asesino, que enloquecido disparó contra la multitud, es importante analizar a fondo el fenómeno social que estamos viviendo en el mundo, y que nuestros gobernantes busquen juntos la superación de las causas de la migración forzada. Esto es también ocasión para hacer un examen personal preguntándonos cada uno de nosotros, ¿qué tan racistas somos?, ¿qué tanto nos sentimos superiores a los hermanos de otros pueblos? y sin ir muy lejos, de los hermanos de cada rincón de Yucatán.

 

Los invito a seguir rezando con la oración del VII Congreso Eucarístico Nacional:

Jesús, Señor de la vida y de la historia, gracias por la oportunidad que das al pueblo mexicano de celebrar un nuevo Congreso Eucarístico Nacional.

Queremos responder a la voz del Padre que nos dice: “Pueblo de Dios, levántate y come, el camino es largo”.

Gracias por llamarnos a ser tu pueblo, sobre todo cuando nos reunimos en torno a ti en la Sagrada Eucaristía.

Gracias por el pan de tu Palabra que nos dice: “¡Levántate! mi pueblo no puede estar postrado”.

Gracias, porque con tu Cuerpo y tu Sangre nos alimentas para ser pueblo peregrino siempre en marcha.

Señor Jesús, el camino de México se hace largo, son muchos los retos que tenemos por delante: respetar y promover la vida desde el seno materno; fortalecer a nuestras familias, para que se vayan conformando de acuerdo al plan de Dios; trabajar por una sociedad más justa; cuidar la casa común.

Por eso te pedimos, los que creemos que realmente estás presente entre nosotros, sobre todo en la Eucaristía, que recibamos abundantes gracias para que cada bautizado madure en la fe, fortifique su esperanza, y con caridad fraterna participe activamente en la construcción de tu Reino en nuestra Patria.

Que en el VII Congreso Eucarístico Nacional, cada Iglesia Particular de México, responda a tu llamada que nos dice: “Pueblo de Dios, levántate y come, el camino es largo”. Santa María de Guadalupe, esperanza nuestra, salva nuestra Patria y conserva nuestra fe. Amén.

 

Que tengan todos una feliz semana. ¡Sea alabado Jesucristo!

 

+ Gustavo Rodríguez Vega
Arzobispo de Yucatán

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