Homilía Arzobispo de Yucatán – Tercer Domingo de Adviento 2016

HOMILÍA

III DOMINGO DE ADVIENTO

Ciclo A  

Is 35, 1-6. 10; St 6, 7-10; Mt 11, 2-11.

“Vayan a contar a Juan lo que están

viendo y oyendo” (Mt 11, 4).

         “Ki’ olal lake’ex ka ta’ane’ex ich maya, kin tzik te’ex kimak woolal yetel in puksikal.  U Ta’ an jajal Dios te oxpe’el domingoa  adviento. Ku ta’anko’on u tial kimako’ol teex ti Yuum kue.”

Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre deseándoles todo bien en el Señor. Llegamos al tercer domingo del santo tiempo de Adviento, llamado desde antiguo en latín domingo “Gaudete”, es decir, domingo en el que “me alegraré”. Hoy se enciende la vela de color rosa en la corona de Adviento, en señal de la alegría que implica nuestra esperanza. En la vida y especialmente en una buena vida cristiana, no todo es dolor, sufrimiento, esfuerzo y trabajo, pues cuando lo que se espera es algo bueno se espera también con gozo, pues para el cristiano no debe haber mayor gozo que la espera de su Señor.

Estando en la víspera de la solemnidad de Ntra. Sra. de Guadalupe, para los mexicanos, no es difícil alegrarnos, porque esta es una fiesta muy arraigada a nuestra cultura religiosa. En Santa María de Guadalupe nos sentimos hermanados como miembros de nuestro pueblo, hijos de la “Madre del verdadero Dios por quien se vive”. En toda América, la Guadalupana es amada y celebrada el 12 de diciembre, y el mismo Papa Francisco volverá a celebrar en el Vaticano esta solemnidad junto a un grupo de obispos mexicanos. En muchos otros lugares del mundo también será celebrada la Virgen de Guadalupe, donde quiera que haya una comunidad de mexicanos.

Esta fiesta no nos saca de balance ni desentona en nuestra celebración del Adviento, porque nadie como María esperó al Mesías pues ella fue protagonista en primera persona, como Madre del Salvador, anunciada en varios pasajes de la Escritura. Además, la imagen que quedó plasmada en la tilma de san Juan Diego representa a una mujer embarazada, que se presenta a sí misma como la “Madre del Verdadero Dios por quien se vive”.

Ella se presenta como Madre tierna y amorosa que viene a cumplir el encargo que su Hijo le hizo desde la cruz cuando le dijo: “Mujer, ahí tienes a tu hijo…” (Jn  19, 26). También junto a la cruz el apóstol san Juan representaba a todos los discípulos al escuchar lo que Jesús le dijo: “Ahí tienes a tu Madre” (Jn 19, 27); y en el Tepeyac el indio san Juan Diego nos representa a todos los mexicanos y a todos los que, al contemplar su ayate, nos acercamos a Cristo, Dios y hombre verdadero, como nuestro Salvador; y a María, Madre de Jesús, como Madre nuestra que nos ofrece su regazo, su protección e intercesión.

Hay miles de personas que en estas últimas semanas han estado peregrinando a la Basílica de Guadalupe en la Ciudad de México, pero también en todas las ciudades y pueblos de la Nación y en otros lugares del mundo. Aquí en nuestro Estado de Yucatán se cuentan por cientos los así llamados “antorchistas”, que se van a otras ciudades o Estados, para luego venir peregrinando en sus bicicletas cargando una imagen de la Morenita del Tepeyac.

Los antorchistas: Diego Alberto González Ucán, Ricardo Cruz Ulúac, Alberto Cabañas Mex e Irving Iván Gómez Cabañas, originarios de Tekax, murieron en un accidente en una carretera de Chiapas; mientras que Tiburcio Chi de la Colonia Plan de Ayala Sur de Mérida, falleció de muerte natural en el Estado de Tabasco. Ellos no pudieron rodar sus bicicletas para llegar a la casa de Santa María de Guadalupe en sus respectivos pueblos, pero seguro que han llegado a la gran Basílica del cielo, donde podrán contemplar lo que dice el Salmo 44: “De pie, a tu derecha, está la Reina”.

Pidámosle al Señor por intercesión de María que así sea y que los que resultaron heridos puedan pronto restablecerse. Pidamos también por sus familiares para que el Señor les otorgue el consuelo de la fe y la esperanza del reencuentro con sus seres queridos en la vida eterna.

En el santo evangelio de hoy según San Mateo, san Juan Bautista estando ya encarcelado envía a sus discípulos a preguntarle a Jesús si Él era el que había de venir o había que esperar a otro. Y no era tanto que Juan dudara de que Jesús fuese el Mesías, sino que quería que sus discípulos se separaran de él y fueran a alegrarse viendo y oyendo a Jesús. Si él hubiera podido ir, hubiera ido personalmente a gozarse en el seguimiento de Jesús. Pero Jesús no responde con un simple sí o no a la pregunta de si era el Mesías esperado, sino que se pone a curar a algunos enfermos y así su respuesta no son sólo palabras, sino hechos: “Vayan y digan a Juan lo que están viendo y oyendo: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios de la lepra, los sordos oyen, los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio. Dichoso aquel que no se sienta defraudado de mí” (Mt 11, 4-6).

Se siente defraudado por Jesús el que no ha puesto toda su confianza en él, sino que ha confiado en alguien que luego lo ha traicionado, que ha puesto su confianza en el dinero, en el poder o en sus conocimientos. Pero quien confía en Jesús nunca se verá defraudado y podrá descubrir todas las cosas hermosas y maravillosas que él continúa obrando en tantas personas y en la naturaleza.

El nombre de “Juan” significa “hombre fiel”; pues bien, también los hombres y mujeres fieles necesitan ser animados en su fidelidad. Juan gozó cuando sus discípulos regresaron a su prisión a contarle lo que habían visto y oído sobre el ministerio de Jesús: “Vayan y díganle a Juan…”, les había dicho Jesús; y a nosotros también nos dice “Vayan y díganle a Juan…”, a ese Juan que está en la cárcel, a ese Juan que se encuentra enfermo, a ese Juan que se encuentra en desamparo, vayan y díganles lo mucho que Dios los ama.

Y tú también hombre y mujer fiel, que te sientes abrumado por tantas cosas que la vida nos hace pasar, busca que Jesús te fortalezca acercándote a él, pues nada ni nadie podrá llenar ese vacío que sólo él puede llenar. El mundo nos ofrece muchas fugas de nuestro ser, muchos escapes con los que hacemos daño a los demás y terminamos dañándonos a nosotros mismos. Hombre y mujer fiel ¡ayúdale a Jesús para que los ciegos vean, los cojos anden, los sordos oigan y sobre todo, a que los pobres sean evangelizados!

El profeta Isaías igualmente nos invita a la alegría en la primera lectura diciendo: “Regocíjate, yermo sediento. Que se alegre el desierto y se cubra de flores” (Is 35,1); y nos invita al apostolado del entusiasmo, para motivar a los que nos rodean, diciéndoles: “¡Ánimo! No teman”.

Por último, el apóstol Santiago en la segunda lectura nos invita a ser pacientes hasta la venida del Señor, con la paciencia con que aguarda el labrador las lluvias tempraneras y las tardías, con la esperanza de ver los frutos anhelados. Y continúa el apóstol diciendo: “Mantengan firme el ánimo, porque la venida del Señor está cerca” (St 5, 8). Luego el apóstol nos conmina a no murmurar los unos de los otros para no ser condenados en el día del juicio. He visto que para muchas personas la murmuración es un pecado menor y sin importancia, pero Santiago nos dice que si lo hacemos, seremos condenados en el Juicio, cuando venga el Señor.

¡Gocemos este tercer domingo de Adviento! ¡Gocemos de la fiesta de Guadalupe! ¡Gocemos del amor de Dios por nosotros y del amor maternal de la gran Señora del Tepeyac!

Que tengan una feliz semana. ¡Sea alabado Jesucristo!

+ Gustavo Rodríguez Vega

Arzobispo de Yucatán

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