Homilía Arzobispo de Yucatán – III Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo C

HOMILÍA
III DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Ciclo C
Ne 8, 2-4. 5-6. 8-10; 1 Cor 12, 12-30; Lc 1, 1-4; 4, 14-21.

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido” (Lc 4, 18).

 

Ki’óolal lake’ex ka t’aane’ex ich maya, kin tsik te’ex ki’imak óolal yéetel in puksi’ikal. Bejla’e’ Jesús ku bin yéetel ku yéeskuba’ tu káajal Nazareth, te’ sinagoga’, jé bix Cristo, páaykunsa’an men kili’ich Íik’al u ti’al u dsáa Ma’alo’ob Péektsil ti’ le óotsilo’ob.

 

Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre y les deseo todo bien en el Señor, en este tercer domingo del Tiempo Ordinario. Hoy tenemos un pasaje del inicio del santo evangelio según san Lucas. Él dedica su evangelio a un tal “Teófilo”, y por lo tanto lo dirige a todos los que somos o al menos pretendemos ser amigos de Dios, porque Teófilo significa “amigo de Dios”.

San Lucas afirma que muchos son los que se han propuesto escribir lo referente a Jesús, de acuerdo a lo transmitido por testigos oculares, así que el Evangelio no es una novela o el cuento de un buen escritor, sino un texto histórico. Lucas se suma a esta tarea de otros redactores, sin embargo se propone escribir con orden todo lo que él mismo ha investigado. Incluso se nota que platicó mucho con la santísima Virgen, porque nadie como él escribió los relatos de la infancia de Jesús con tanto detalle.

Así es que, si alguien quiere iniciar a leer la Biblia, le recomiendo que no comience por el libro del Génesis, sino por el evangelio de san Lucas, para luego continuar con el libro de los Hechos de los Apóstoles, que también escribió con orden y respaldó con su investigación el mismo Lucas; de este modo se tendrá un excelente primer encuentro con la vida de Jesús y con el inicio de la historia de la Iglesia. Luego se puede ir alternando algún libro del Antiguo Testamento con algún otro del Nuevo Testamento.

Después de la introducción, el pasaje de hoy brinca al momento en el que Jesús, quien ya ha iniciado su vida pública, regresa a su pueblo de Nazaret, entrando el sábado en la sinagoga donde le invitan a leer la Sagrada Escritura y comentarla. El texto que lee es del profeta Isaías y en su comentario sobre el pasaje leído, él indica que: “se ha cumplido hoy”. Dice el texto: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido” (Lc 4, 18); y en efecto, Jesús fue ungido por el Espíritu en el río Jordán, luego que fue bautizado por Juan y se escuchó la voz del Padre señalándolo como su Hijo amado. Desde entonces Jesús es el Cristo, es decir, el Ungido.

Todo ungido tiene una misión, y la de Jesucristo la describe el profeta Isaías diciendo: “Me ha enviado a proclamar la buena nueva a los pobres” (Is 61, 1). Esa sigue siendo la misión de Cristo y de todos sus ungidos por el Bautismo. Sólo quienes no buscan a su dios en las cosas materiales, están abiertos como pobres de espíritu, a la Buena Nueva del Evangelio, pues esta noticia no es apta para quien pone todo su interés y su más alto valor en las cosas materiales y en el dinero.

Como ungidos en Cristo, a quienes no les corresponda predicar como sacerdotes, diáconos o religiosos, si deberán hacerlo como laicos en algún apostolado permanente o eventual para llevar el Evangelio a los pobres, así como también nos tocará compartir con otros ungidos el mismo valor del desprendimiento de las cosas materiales, junto con nuestro interés por auxiliar a los más pobres.

La misión de Jesucristo es también “anunciar la liberación a los cautivos”. He podido encontrar en distintos reclusorios algunos presos que, por creer en Cristo, experimentan la libertad interior y esperan con paciencia el regreso a su hogar, pero también he visto a muchos que están fuera de estos lugares y viven cautivos de algún vicio que no pueden superar.

Hoy en día muchos y muchas viven cautivos del uso de las redes sociales, como si fueran esclavos adictos que no pueden vivir sin estar conectados, y a la vez viven desconectados de la realidad inmediata que los circunda. En el peor de los casos, viven sometidos a frecuentar la pornografía o simplemente a ocuparse en asuntos intrascendentes que son pura pérdida de tiempo; otros más viven cautivos de las casas de juego. En Cristo todos podemos encontrar la liberación de cualquier cautiverio, y con su gracia como ungidos, podemos apoyar a otros para que encuentren su liberación.

Siguiendo el texto evangélico, Jesús trae también una tercera misión, la tarea de “devolver la vista a los ciegos”, pero la verdad es que “no hay peor ciego que el que no quiere ver”. Esforcémonos por colaborar con Jesús para ayudar a los que no son capaces de mirar las maravillas de Dios; comenzando por vernos unos a otros como lo que somos todos: hijos muy amados del Padre. El estrés de la vida diaria nos hace correr todo el día y durante todos los días; estamos además tan obsesionados por nuestro qué hacer, que no nos detenemos a vernos y darnos cuenta de lo que necesitan de mí los que me rodean. Los ungidos hemos de ver y de ayudar a ver.

La cuarta gran misión de Cristo y de los cristianos es “dar libertad a los oprimidos”. Hay tantos “pípilas” que van por la vida cargando la enorme y pesadísima piedra de alguno o de varios rencores, otros cargan la pesada piedra de un dolor llevado sin sentido ni rumbo. Quien se encuentra en verdad con Cristo, es capaz de deshacerse de esa piedra, caminar y hasta volar reconciliado con Dios y con los demás; es capaz de unir su dolor al de Cristo Redentor, para que su sufrimiento tenga sentido. Ayudemos a los “pípilas”, a los oprimidos por el rencor o el dolor, para que se liberen encontrándose con Cristo, alcanzando así su vida en plenitud y gozo.

Y la quinta misión de Cristo y de los cristianos es “proclamar el año de gracia del Señor”, es decir, una nueva era en la que hemos de vivir los ungidos, en un tiempo de misericordia, de paz, de bendiciones y mucho amor para las gentes, de parte de Dios y de nosotros si nos llenamos de su gracia.

Descubrir a Cristo en sus cinco misiones y dejarnos convertir en beneficiarios de ellas es verdaderamente un tesoro que lo vale todo. En la primera lectura de hoy, tomada del libro de Nehemías, el pueblo judío que había ya regresado del destierro, vuelve a escuchar reunido en asamblea la lectura que hace Esdras, desde el amanecer hasta el mediodía, del libro de la ley, que ellos no habían vuelto a escuchar durante los setenta años que duró el destierro. La palabra “asamblea” viene del hebreo “Qahal”, que en español se traduce como “Iglesia”. Mientras escuchaban aquella lectura como asamblea, mucha gente comenzó a llorar dándose cuenta de que habían cometido numerosas transgresiones a la ley de Dios, y que realmente habían merecido el castigo del destierro.

Siendo Nehemías el gobernador, participaba con el sacerdote Esdras y con los levitas, explicándole a la gente la lectura que escuchaban, para luego decirles: “Este es un día consagrado al Señor, nuestro Dios. No estén tristes ni lloren… vayan a comer espléndidamente, tomen bebidas dulces y manden algo a los que nada tienen” (Ne 8, 8-10). Escuchar aquellas palabras significaba estar en contacto con Dios, lo cual es una dicha. Esa Palabra es liberadora si es escuchada y cumplida; cuando esa Palabra viene en persona encarnada, igual a nosotros en todo, menos en el pecado, entonces es definitivamente Evangelio, “Buena nueva”.

San Pablo en el texto de la Primera Carta a los Corintios, que escuchamos hoy en la segunda lectura, utiliza el símil del cuerpo para explicar la unidad que existe entre todos los miembros de la Iglesia, gracias a nuestro Bautismo. Dice el Apóstol: “Cierto que los miembros son muchos, pero el cuerpo es uno solo. El ojo no puede decirle a la mano: No te necesito; ni la cabeza, a los pies: Ustedes no me hacen falta” (1Cor 12, 20-21). ¡Qué lejos estamos la inmensa mayoría de los bautizados, de esta convicción! Ésta debiera darse al menos entre los sacerdotes, entre las consagradas y consagrados, entre las personas de algunas agrupaciones y movimientos de Iglesia. Ojalá que todos los que nos acercamos a los sacramentos tengamos la intención de fortalecer día a día esta convicción.

Como cuerpo eclesial, todos los bautizados estamos viviendo la “Jornada Mundial de la Juventud”, la cual termina hoy. Aunque sean relativamente pocos los jóvenes que asistieron, en proporción de los miles de millones que formamos la Iglesia, lo que se vivió en Panamá debe repercutir en todo el Cuerpo Místico de Cristo, trayendo a cada rincón de la Iglesia lo que nuestros jóvenes delegados están viviendo allá.

Que tengan una feliz semana. ¡Sea alabado Jesucristo!

 

+ Gustavo Rodríguez Vega
Arzobispo de Yucatán

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