Homilía Arzobispo de Yucatán – III Domingo de Cuaresma, Ciclo A

HOMILÍA
III DOMINGO DE CUARESMA
Ciclo A
Ex 17, 3-7; Rom 5, 1-2. 5-8; Jn 4, 5-42.

“El que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed” (Jn 4, 13).

 

In láake’ex ka t’aane’ex ich Maaya, kin tsikike’ex yéetel ki’imak óolal. Te’ domingoa’ Jesús ku káatik ja’ ti’ jun túul koóle samaritana, chen bale Leti ku dsáik ti’ u láak ja’ ku jóokol tu puksi’ikal ti’ le máax oksaj óol tiko’ob. Ko’one’ex kanantik le ja’ k’amik té Ki’ilich Okja’o, bey xan le ja’ k ukik u ti’al kaj yanak u ti’al tuláaklo’on yéetel u ti’al ka p’atak mantads u ti’al le tumben ch’i’ibalo’ob ku síijlo’bo’.

 

Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre y les deseo todo bien en el Señor en este tercer domingo del santo Tiempo de Cuaresma.

En septiembre del año pasado, al celebrar nuestro Congreso Eucarístico Nacional (CEN) en Mérida, nos propusimos como obra de caridad, que brota de nuestra unión a Cristo Sacramentado, el uso racional y responsable del agua, evitando desperdiciarla y contaminarla. Es triste, pero son muy pocos los que tomaron en serio esta propuesta. Sabemos del gran problema de la contaminación del agua en nuestro subsuelo de Yucatán. Dice el Papa Francisco en su Encíclica Laudato Si’, sobre el cuidado responsable de la casa común: “Un problema particularmente serio es el de la calidad del agua disponible para los pobres, que provoca muchas muertes todos los días… Las aguas subterráneas en muchos lugares están amenazadas por la contaminación que producen algunas actividades extractivas, agrícolas e industriales” (LS 29).

Algunos datos pueden ilustrar la gravedad del problema del agua en el mundo: Al año mueren más personas por la falta de agua que en las guerras; tres millones quinientos mil personas mueren al año por escasez de agua; un millón ochocientos mil niños menores de cinco años mueren anualmente en el mundo a causa del agua contaminada.

Se oye hablar del gran consumo de agua de algunas empresas en Yucatán, que han hecho escasear el agua que estaba destinada a la agricultura y a distintas formas de consumo humano. Haciendo mi Visita Pastoral, he constatado la gran tristeza de los agricultores de algunos pueblos que siembran bajo el sistema del temporal, por la sequía que han padecido la cual se ha traducido en empobrecimiento.

Dice el Papa Francisco en la Laudato Si’: “Mientras se deteriora constantemente la calidad del agua disponible, en algunos lugares avanza la tendencia a privatizar este recurso escaso, convertido en mercancía que se regula por las leyes del mercado” (LS 30). Además, sobre el consumo de agua de las empresas dice: “Los impactos ambientales podrían afectar a miles de millones de personas, pero es previsible que el control del agua por parte de grandes empresas mundiales se convierta en una de las principales fuentes de conflictos de este siglo” (LS 31).

Con todo lo anterior se refuerza la convicción de que el agua es un elemento vital indispensable para el ser humano. Hoy más que nunca ésta tiene una gran capacidad de significar la vida del espíritu, es por eso que el tema del agua ha estado presente a lo largo de la historia de la salvación en toda la Sagrada Escritura, la cual nos muestra en diferentes pasajes un significado especial de salvación a través del agua.

Por ejemplo, en el Antiguo Testamento: dice el libro del Génesis que “el Espíritu de Dios se cernía sobre las aguas” (Gén1, 2); también el Génesis nos habla del agua del diluvio universal y el arca en la que fue salvado Noé y su familia (Gén 6, 5 – 9, 17); luego en el libro del Éxodo se nos narra que el pueblo de Israel cruzó a pie el mar Rojo en medio de las aguas que les hacían muralla a derecha y a izquierda (cfr. Ex 14); y en el libro de Josué, el pueblo de Israel llega a la tierra prometida cruzando el agua del Río Jordán (Jos 3, 14 – 4, 18).

En el Nuevo Testamento, es ante todo el evangelio según san Juan, el que nos habla del agua como elemento de salvación. Como cuando Jesús convierte el agua en vino en las bodas de Caná (cfr. Jn 2, 1-12), también cuando Jesús, hablando en forma metafórica del Espíritu Santo, utiliza el símbolo del agua diciendo que del corazón del creyente “brotarán de su interior ríos de agua viva” (Jn 7, 38); cuando el soldado romano clava su lanza en el costado de Jesús ya muerto en la cruz, dice el evangelio que “Al instante salió sangre y agua” (Jn 19, 34); del evangelio de san Mateo tenemos el envío que hace Jesús resucitado a sus discípulos para que vayan a cumplir la misión de evangelizar por todo el mundo: “Vayan… bautizándolos (con agua) en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28, 19).

Ya los hombres habían encontrado en el agua un símbolo de la búsqueda de su purificación espiritual. El bautismo era practicado por Juan el Bautista, así como por algunos otros predicadores. Por eso Jesús tomó ese mismo signo del agua bautismal para asociarlo a la salvación en su redención. Es como si una cuenta bancaria estuviera antes sin fondos, y luego alguien depositara suficientes recursos para respaldar a todos. Así, el Bautismo cristiano tiene todo el poder de la cruz y la resurrección de nuestro Señor Jesucristo.

La Cuaresma es el tiempo litúrgico en el que, con las prácticas de ayuno, oración, limosna, confesión, ejercicios espirituales, viacrucis, meditación de la Palabra, junto con los demás ejercicios piadosos y sacramentales, los cristianos nos preparamos para renovar nuestro Bautismo en la próxima Pascua.

Hoy la primera lectura, tomada del Libro del Éxodo, nos narra la rebelión del pueblo de Israel en el desierto, al pensar que iban a morir de sed, desconfiando así del poder de Yahvé. Entonces Dios obró el milagro de hacer brotar agua de una roca, con la que sació la sed del pueblo. San Pablo, refiriéndose a ese pasaje del Éxodo, en su Primera Carta a los Corintios, comenta: “Y todos bebieron de la misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que los acompañaba, y esa roca era el Mesías” (1 Cor 10, 4).

Al igual que el pueblo de Israel, la Iglesia diariamente recuerda, con el salmo 94 que hoy proclamamos en la Eucaristía, una advertencia referida a la rebelión del pueblo en el desierto, con las siguientes palabras: “Hagámosle caso al Señor, que nos dice: ‘No endurezcan su corazón, como el día de la rebelión en el desierto, cuando sus padres dudaron de mí, aunque habían visto mis obras”. La Cuaresma es un tiempo litúrgico que nos llama a hacerle caso al Señor.

En el santo evangelio de hoy, según san Juan, Jesús trata con mucho respeto a una mujer rechazada por el pueblo. Él llegó sediento al mediodía a un pueblo de Samaria, y pidió de beber a una mujer que llegó al pozo donde él se encontraba para sacar agua. Fue grande la sorpresa de la mujer, pues los judíos y samaritanos no se hablaban, sin embargo, Jesús está más allá de esas divisiones humanas. De todos modos, Jesús le confirma a aquella mujer que la salvación viene por los judíos.

A propósito de esto, también los católicos podemos estar totalmente seguros de que nuestra Iglesia, Una, Santa, Católica y Apostólica, es la que fundó nuestro Señor Jesucristo, pues en ella se conserva la sucesión apostólica. El Papa Francisco es el sucesor de Pedro y nosotros los obispos somos los sucesores de los Apóstoles. Por ello debemos entender lo que Jesús dijo a la mujer samaritana, “que los que quieran dar un culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y en verdad” (Jn 4, 23).

Sin caer en el relativismo religioso de los que dicen que “cualquier religión es buena”, sepamos con humildad que entre los otros cristianos y entre los no cristianos, incluso hasta entre los ateos, hay gente que, obedeciendo a su conciencia, sin saberlo, adoran a Dios en espíritu y verdad al llevar una vida de justicia y caridad. Esto lo puede ilustrar el capítulo 25 del evangelio de san Mateo que nos habla del juicio final basado en las obras de misericordia (cfr. Mt 25, 31-46). Tratemos con respeto y caridad a la gente de cualquier credo.

Cuidemos responsablemente el don precioso del agua, que alcance para todos, también para las futuras generaciones y para que sea totalmente potable. Cuidemos el Agua que recibimos en nuestro Bautismo viviendo de acuerdo con nuestra condición de cristianos. Busquemos el agua bendita no como un fetiche ni como amuleto de buena suerte, sino para recordarnos a nosotros mismos nuestra condición de bautizados, y así pedirle al Señor el ser constantemente purificados por su misericordia.

Que tengan todos una feliz semana. ¡Sea alabado Jesucristo!

 

+ Gustavo Rodríguez Vega
Arzobispo de Yucatán

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