Homilía Arzobispo de Yucatán – I Domingo de Cuaresma, Ciclo A

HOMILÍA
I DOMINGO DE CUARESMA
Ciclo A
Gn 2, 7-9; 3, 1-7; Rm 5, 12-19; Mt 4, 1-11.

“Pasó cuarenta días y cuarenta noches sin comer” (Mt 4, 2).

 

In láake’ex ka t’aane’ex ich maaya, kin tsikike’ex yéetel ki’imak óolal. Bejla’e’ táan kiinbensik u yáax domingo’ ti’ u kili’ich kiinilo’ob Cuaresma’, yéetel xan bejla’e’ táan k káasik u kiinilo’ob ti’ Familia. Wa’ le Cuaresma u kili’ich kiinilo’ob tux kexik túukule’ex’, ko’one’ex káasik kexik u túukul k éet otochnaj. Jujun túulilí kabet káat chi’ituba’ ba’ax je’el u pájtal u beetike’ u ti’al u ma’alobkunsik u otochnaj. U náajil kuxtal, yáakunaj yéetel ántaj.

 

Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre y les deseo todo bien en el Señor en este primer domingo del santo Tiempo de la Cuaresma. Hoy iniciamos en Yucatán la Semana de la Familia. El lema para esta Semana de la Familia es: “Familia, ¡vive lo que eres, santuario de vida, amor y servicio!”

Si la Cuaresma es tiempo de conversión, el llamado que incluye el lema de esta semana, “¡vive lo que eres!”, hemos de considerarlo como un llamado para que las familias se conviertan, para que sean lo que deben ser. Pero para esa conversión familiar se requiere la conversión personal de cada uno de sus miembros. Ante esto, cada uno de nosotros puede preguntarse: ¿Qué debo hacer por mi familia?, ¿qué debo aportar para que mi hogar sea un verdadero santuario de vida, amor y servicio?

En tiempos de un exacerbado individualismo, urge fortalecer a la familia, como célula de la sociedad y como iglesia doméstica. Esto requerirá de cosas simples en apariencia, pero de gran trascendencia, como por ejemplo controlar el uso del celular o sentarnos juntos a tomar los alimentos. Recordemos lo que dice la Exhortación Apostólica “Amoris Laetitia” del Papa Francisco: “La familia es el ámbito de socialización primaria, porque es el primer lugar donde se aprende a colocarse frente al otro, a escuchar, a compartir, a soportar, a respetar, a ayudar, a convivir” (AL 276).

El santo evangelio de hoy, según san Mateo, nos habla de cómo el “Espíritu condujo a Jesús al desierto, para ser tentado por el demonio” (Mt 4, 1). Es como el entrenador que lleva a su pupilo al lugar del combate. Ser tentado no significa ser débil. La tentación es parte esencial de la naturaleza humana y es lo que nos da oportunidad de tomar una decisión libre, de realizar uno y mil actos de amor y fidelidad durante el día.

Con san Agustín podemos entender el significado positivo de la tentación cuando él dice: “Nuestra vida no puede verse libre de tentaciones; pues nuestro progreso se realiza por medio de la tentación y nadie puede conocerse a sí mismo si no es tentado, ni puede ser coronado si no ha vencido, ni puede vencer si no ha luchado”. Cristo fue tentado para enseñarnos a vencer la tentación, como lo hace en el pasaje del evangelio este domingo.

Son varios los pasajes del Antiguo Testamento en los que se menciona el número “cuarenta”, como los cuarenta días del Diluvio, los cuarenta años de Israel en el desierto, los cuarenta días de Moisés en el monte Sinaí, o los cuarenta días durante los cuales Elías caminó hacia el monte Horeb. Sin embargo, el principal fundamento de nuestra Cuaresma son los cuarenta días y cuarenta noches que Jesús pasó en el desierto sin comer. Nuestro ayuno y abstinencia cuaresmales evocan, aunque sea muy ligeramente, el hambre que experimentó Jesús con su ayuno. Es por eso entonces que su ayuno y su oración fueron los que lo fortalecieron para el combate contra el demonio. Si nosotros no nos sacrificamos y no nos mortificamos absolutamente en nada, más aún, si no hacemos oración, ¿cómo podremos vencer la tentación?

Los únicos dos días del año en los que la santa madre Iglesia nos manda ayunar son el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo. Lamentablemente hoy en día encontramos fácilmente justificaciones para no hacerlo, como por ejemplo cuando dicen: “Hay que ayunar, pero de hacer críticas”, o también “hay que ayunar de ver las redes sociales”, e incluso “hay que ayunar de cometer injusticias”. Ciertamente son razones que nos suenan muy justas, pero luego ni ayunamos del alimento, ni tampoco dejamos esos comportamientos.

El ayuno es necesario, entre otras cosas, para fortalecernos en la lucha contra la tentación. Es importante también para que nuestra hambre física nos mueva a sentir hambre de Dios, así como para advertir lo que les pasa a tantos hermanos que sufren hambre. Tengamos presente lo que decía el sabio y santo obispo Ambrosio en el siglo IV: “Los otros ayunos son voluntarios; pero los de Cuaresma son de obligación; a los otros nos convidan, pero a estos nos obligan; y no tanto son preceptos de la Iglesia, como del mismo Dios”.

Cuando el demonio tienta a Jesús, se atreve hasta a citar algún texto de la Sagrada Escritura, pero Jesús también le contesta con pasajes de la misma Palabra de Dios debidamente aplicados. Aunque el demonio conoce la Biblia, éste no deja de ser lo que es. Ojalá que todos nosotros estemos familiarizados con la Palabra de Dios, que podamos leerla en la Iglesia con la correcta interpretación, y sobre todo, que nos inspire para el bien en vez de emplearla para juzgar a otros, consintiendo en nosotros mismos el mal con una interpretación a conveniencia. La Cuaresma es un tiempo que nos llama a incrementar la lectura de la Sagrada Escritura, que todo el año nos hace bien. También podemos acercarnos a esta Palabra Divina cuando asistimos a los ejercicios espirituales.

Las tres tentaciones que el demonio le presenta a Jesús, eran para desviar por un rumbo equivocado su misión, que apenas estaba por iniciar. Esas tres tentaciones se nos siguen presentando a nosotros continuamente. Las tentaciones de la carne se representan en la sugerencia de que Jesús convierta las piedras en panes para saciar su hambre, pero Jesús no malgasta su poder en sí mismo dejándonos la enseñanza de que: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4, 4). Quien no aprende a dominar las apetencias de su cuerpo puede hacerse mucho daño y hacer graves daños contra otros.

Las tentaciones del prestigio pueden representarse en la invitación que le hace el demonio a Jesús, de tirarse desde la parte más alta del templo, para que con la ayuda de los ángeles, tenga un descenso espectacular delante de la multitud. Así el demonio lo estaba tentando de vanagloria o soberbia, entonces Jesús deja la enseñanza de la Palabra que dice: “No tentarás al Señor tu Dios” (Mt 4, 7). El Pecado Original de nuestros primeros padres Adán y Eva, fue ante todo una desobediencia movida por la soberbia de pretender ser como dioses “conocedores del bien y del mal”.

La primera lectura del día de hoy, tomada del Libro del Génesis, nos narra la caída de Adán y Eva en el pecado. Si leemos con atención nos daremos cuenta de que nunca se menciona que la fruta que ellos comieron haya sido una manzana. Muchos son los que han querido dar a ese pecado un contenido de orden sexual, sin embargo su pecado fue simplemente el de la desobediencia.

De alguna manera la soberbia siempre está detrás de todo pecado, porque pecar es no aceptar la soberanía de Dios en nuestra vida. Hoy muchas personas llenas de orgullo no aceptan tener ningún pecado en absoluto, y no admiten ser juzgados por nada ni por nadie. Con esa actitud se constituyen “dioses”, ya que según ellos son conocedores del bien y del mal, es decir, son los únicos jueces de sus vidas y las de los demás. En cambio, la humildad nos llevará a reconocer que siempre somos pecadores, y la fraternidad nos ayudará a ser solidarios con los pecados de toda la humanidad, para saber pedir perdón en plural.

La tentación del amor al dinero está muy bien representada en la propuesta que el demonio le hace a Jesús de darle las riquezas del mundo si se postra y lo adora. Jesús le respondió con el pasaje que dice: “Adorarás al Señor, tu Dios y a él sólo servirás” (Mt 4, 10). El amor al dinero y a los bienes materiales en general es una verdadera idolatría. Por eso el Papa Francisco nos ha dicho en repetidas ocasiones, que el dinero está hecho para servir, no para ser servido.

El amor al dinero es fuente de conflictos matrimoniales, termina dividiendo a los hermanos en los asuntos de herencias o también puede acabar con profundas amistades. El amor al dinero provoca grandes injusticias contra los empleados de un negocio, porque su patrón no se sacia con lo que gana. El amor al dinero hace caer en corrupción a los servidores públicos, que no se tientan el corazón ante las grandes necesidades de sus pueblos. Quien pone su confianza en el dinero, aunque realice actos de piedad religiosa, tiene un corazón que se ha vuelto ateo.

Dios nos conceda a todos un corazón libre ante los bienes materiales, para no ambicionar lo que no podemos obtener por caminos de honestidad, de armonía familiar y de buena relación con todos, es decir, no desear nada que nos aleje de Dios.

Que tengan todos una feliz semana. ¡Sea alabado Jesucristo!

 

+ Gustavo Rodríguez Vega
Arzobispo de Yucatán

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