Homilía Arzobispo de Yucatán – XXVII Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo C

HOMILÍA
XXVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Ciclo C
Ha. 1, 2-3; 2, 2-4; 2 Tim. 1, 6-8.13-14; Lc. 17, 5-10.

“Somos siervos inútiles, no hemos hecho más que lo que teníamos que hacer” (Lc, 17,10).

 

Ki’óolal lake’ex ka t’aane’ex ich maya, kin tsik te’ex ki’imak óolal yéetel in puksi’ikal. Tuláakal oksaj óolo’obe’ yaan U máano’ob ti’ ya’ab muk’iaj, ba’ale’ k’áabet máansik yéetel oksaj óol bey xan yéetel alab óol.

 

Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre y les deseo todo bien en el Señor en este domingo vigésimo séptimo del Tiempo Ordinario, primer domingo de octubre.

El pasado martes primero de octubre, en la fiesta de santa Teresita del Niño Jesús, patrona de las misiones, el Papa celebró unas vísperas en las que inauguró un mes extraordinario de las misiones. Ya sabemos que cada mes de octubre es mes de las misiones, pero el Papa nos convoca a un mes de las misiones extraordinario. El Señor sigue llamando y enviando misioneros “ad gentes”, es decir, a naciones lejanas, y a la vez nos recuerda que todos los bautizados estamos llamados y hemos sido enviados a la misión.

Al respecto dice el Santo Padre: “Sí, en este mes el Señor te llama también a ti. Te llama a ti padre y madre de familia; a ti, joven que sueñas con cosas grandes; a ti, que trabajas en una fábrica, en un negocio, en un banco, en un restaurante; a ti, que estás sin trabajo; a ti, que estás en la cama de un hospital… El Señor te pide que te entregues ahí donde estás, así cómo estás, con quien está a tu lado; que no vivas pasivamente la vida, sino que la entregues; que no te compadezcas a ti mismo, sino que te dejes interpelar por las lágrimas del que sufre. (Homilía en las Vísperas para el comienzo del mes misionero, 1 octubre de 2019)” Éste es, pues, su mensaje: Seamos todos misioneros.

Hoy por la noche inicia en el Vaticano el Sínodo de la Amazonía, en el que cardenales y obispos de la región Amazónica, así como los que son invitados de otros lados, reflexionarán sobre la urgencia de proteger la Amazonía de la voracidad de los empresarios que no se detienen en el exterminio del pulmón más grande del planeta. Está claro que las conclusiones de este Sínodo trascenderán para el mundo entero, porque el bienestar de aquella región y de sus habitantes redundará en bien de todos; y también porque llamará a todos a trabajar por la ecología integral de cada región del mundo.

De hecho, del pasado lunes 30 de septiembre al miércoles 2 de octubre, nos reunimos obispos, sacerdotes, religiosas y laicos, representantes de siete de los ocho países de Mesoamérica para fundar la nueva “Red Eclesial de Ecología Mesoamericana (REMAM)”, y así poner en red a todos los grupos de Iglesia que se preocupan por el cuidado de la casa común. Esta red fue un proyecto que nació hace cuatro años, cuando un servidor dirigía el “Departamento de Justicia y Solidaridad (DEJUSOL)” del “Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM)”; después de muchos preparativos finalmente hemos podido establecer la nueva red eclesial de ecología integral a los pies de la Guadalupana.

Tal vez ustedes ya sepan que cada “Congreso Eucarístico Nacional (CEN)” tiene como fruto un compromiso de orden social; nosotros aquí en Yucatán, al terminar el VII CEN, del que fuimos anfitriones, propusimos como obra social el proyecto del cuidado del agua. Urge que todos como compromiso de fe, nos pongamos al servicio del rescate de nuestro planeta, mismo que Dios puso bajo nuestro cuidado y usufructo.

Especialmente desde que el Papa Francisco escribió la Encíclica Laudato Si’, tenemos una muy completa iluminación de nuestros deberes ante una ecología integral, que propone al ser humano como el principal responsable del cuidado de la naturaleza, para preservarla y para lograr que todos y cada uno de los hombres y mujeres de hoy, así como del futuro, podamos seguir usufructuando todos los bienes de la naturaleza.

El nombre de Laudato Si’ es tomado del “Cántico de las criaturas” de san Francisco, que alababa a Dios por todas las criaturas del cielo y de la tierra. Es triste que esta Encíclica ha sido muy bien acogida en el mundo académico, el científico, el ambientalista, aún en círculos ateos, mientras que en la Iglesia poco se ha leído y ni siquiera muchos sacerdotes se han preocupado por conocerla y difundirla.

En el santo evangelio de hoy, según san Lucas, los Apóstoles le piden a Jesús que les aumente la fe. Y tú, ¿le pedirías a Jesús que te aumente la fe?, ¿O crees que ya tienes suficiente? ¿Cómo podrías medir la fe que tienes? Hay gente que cree tener fe, aunque lo que tiene es optimismo de que le debe ir bien. Muchas veces he escuchado que ante un problema o enfermedad hay gente que dice: “Me tiene que ir bien, Diosito es muy bueno”, pero la verdad es que si no nos va bien, si continuamos enfermos, Dios continúa siendo bueno.

El que tiene verdadera fe no es quien confía en que Dios le resuelva sus problemas, sino el que confía en que, pase lo que pase, Dios permanece junto a él, aún en los peores momentos. El hombre y la mujer de fe son los que se abandonan en las manos de Dios nuestro Padre, y rezan siempre pidiendo como Jesús en el Huerto de los Olivos: “Mas no se haga según mi voluntad, sino la tuya”. Quien tiene fe reza el Padre nuestro en serio creyendo cada palabra que dice: “Hágase, Señor tu voluntad”.

Además quien tiene fe es el que implica su vida en aquel en quien cree: en Jesús. Como los Apóstoles que por creer en Jesús, lo habían dejado todo para ir detrás de él; luego su fe fue madurando hasta que cada uno de ellos, a su tiempo y a su manera, sufrieron el martirio a causa de la fe y murieron; sólo entonces tuvieron una fe plena en Jesús. Así es que, más que los conocimientos, más que los sentimientos, la fe es lo que se muestra en las obras, como decía el Apóstol Santiago: “Muéstrame tu fe sin obras, que yo por mis obras te mostraré mi fe (St 2, 18)”.

En la primera lectura, el profeta Habacuc pregunta al Señor hasta cuándo lo escuchará, hasta cuándo denunciará a gritos la violencia que reina, sin que venga a salvarlo el Señor. La fe implica muchas veces caminar en la oscuridad, sin ver con claridad el sentido de la vida y el sentido de la fidelidad al Señor. En algunos momentos el Señor alienta nuestra fe con circunstancias muy positivas, como por ejemplo, todo lo que vivimos recientemente en el VII Congreso Eucarístico llenos de gozo y amor a Jesús en la Eucaristía, mientras que en cambio, durante el camino de preparación se presentaban tantos obstáculos e incertidumbres.

El hombre y la mujer de fe, al igual que Habacuc, continúan su vida adelante, aunque tantas veces no puedan entender lo que Dios permite que les suceda, pero vamos adelante con la convicción de lo que el Señor le reveló al profeta: “El malvado sucumbirá sin remedio; pero el justo, en cambio, vivirá por la fe” (Ha 2, 4).

Las personas de fe día con día van arrancándose del lugar de sus seguridades, para ir a plantarse en el mar de la voluntad de Dios, cuyas aguas no sabemos a dónde nos llevarán. Hay quienes, cuando hacen algo bueno, esperan de inmediato una recompensa de Dios o de alguien más, sin embargo Jesús en el evangelio de hoy enseña a sus discípulos, que en la actualidad somos cada uno de nosotros, que cuando hagamos algo bueno pensemos y digamos con toda convicción y seguridad: “No somos más que siervos, sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer” (Lc 17, 10). Estímulos… el Señor nos los dará de vez en cuando; recompensa verdadera… cuando culminemos nuestra misión y lleguemos junto a Él.

A todos nos sirve escuchar la exhortación que le hace san Pablo al joven obispo Timoteo, en la segunda lectura que hoy escuchamos: “Te recomiendo que reavives el don que recibiste cuando te impuse las manos” (2 Tim 1, 6). A todos nosotros nos impuso las manos el obispo el día de nuestra Confirmación: por lo tanto, reaviva tu don, no lo dejes dormir. Pablo le dice y nos dice también algo que nos viene muy bien, sobre todo en este mes extraordinario de las misiones: “No te avergüences, pues, de dar testimonio de nuestro Señor” (2 Tim 1, 8). Sobre la enseñanza cristiana que todos hemos recibido, quien más, quien menos, en alguna parte de nuestra vida podemos recibir este mensaje de san Pablo: “Guarda este tesoro con la ayuda del Espíritu Santo” (2 Tim 1, 14).

Que tengan todos una feliz semana. ¡Sea alabado Jesucristo!

 

+ Gustavo Rodríguez Vega
Arzobispo de Yucatán

 

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