Homilía Arzobispo de Yucatán – XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A

homilia arzobispo de yucatan XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A

HOMILÍA
XXXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Ciclo A
IV JORNADA MUNDIAL DE LOS POBRES
Prov 31, 10-13. 19-20. 30-31; 1 Tes 5, 1-6; Mt 25, 14-30.

“Al que tienen poco, se le quitará aun ese poco que tiene” (Mt 25, 29).

 

In láak’e’ex ka t’aane’ex ich maaya kin tsikike’ex yéetel ki’imak óolal. Bejla’e’ k’iinbejsik u kanp’éel meyaj óotsilil yóok’ol kab. U t’aanil Papa Francisco u ti’al le k’iinbejsaja’ ku ya’alik beya’ “Tich’ab kab ti’e óotsilo”. Bejla’e’ u t’aan Yúum Kué ku ya’alik to’on yo’olaj bix le ma’alób ko’ole’lo’; yeetel beyxan yo’olaj le xíibó ku beetiko’ob jach máalob le ba’ax ts’aaba’an ti’ob tumen Yuumtsil. Ku ya’alik xan ti’ tu láakal to’one’: Ma’ k wenele’ex yéetel píil a wiche’ex men táank páajtik Ki’ichkelen Yuum.

 

Muy queridos hermanos y hermanas, los saludo con el afecto de siempre y les deseo todo bien en el Señor, en este trigésimo tercer domingo del Tiempo Ordinario, penúltimo domingo de este tiempo litúrgico. Hoy celebramos además, la “IV Jornada Mundial de los Pobres”.

Hablemos en primer lugar de esta Jornada. El mensaje del Santo Padre, el Papa Francisco para este IV Jornada, lleva un título con palabras tomadas de un versículo del libro del Sirácide, que dice: “Tiende la mano al Pobre” (cfr. Sir 7, 32). El mensaje es precioso, y les recomiendo la lectura de sus cinco páginas, que pueden encontrar en el sitio web del Vaticano. Aquí les presento como muestra dos de sus párrafos.

El primer pasaje está tomado del número dos del mensaje que habla de la relación con Dios y la relación con los pobres: “La oración a Dios y la solidaridad con los pobres y los que sufren son inseparables. Para celebrar un culto que sea agradable al Señor, es necesario reconocer que toda persona, incluso la más indigente y despreciada, lleva impresa en sí la imagen de Dios. De tal atención deriva el don de la bendición divina, atraída por la generosidad que se practica hacia el pobre. Por lo tanto, el tiempo que se dedica a la oración nunca puede convertirse en una coartada para descuidar al prójimo necesitado; sino todo lo contrario: la bendición del Señor desciende sobre nosotros y la oración logra su propósito cuando va acompañada del servicio a los pobres”.

El segundo pasaje es tomado del número seis del mensaje y se refiere a las muestras concretas de cómo muchas personas han sabido tender la mano a los pobres durante esta pandemia. Dice el texto: “Tender la mano es un signo: un signo que recuerda inmediatamente la proximidad, la solidaridad, el amor. En estos meses, en los que el mundo entero ha estado como abrumado por un virus que ha traído dolor y muerte, desaliento y desconcierto, ¡cuántas manos tendidas hemos podido ver! La mano tendida del médico que se preocupa por cada paciente tratando de encontrar el remedio adecuado. La mano tendida de la enfermera y del enfermero que, mucho más allá de sus horas de trabajo, permanecen para cuidar a los enfermos. La mano tendida del que trabaja en la administración y proporciona los medios para salvar el mayor número posible de vidas. La mano tendida del farmacéutico, quién está expuesto a tantas peticiones en un contacto arriesgado con la gente. La mano tendida del sacerdote que bendice con el corazón desgarrado. La mano tendida del voluntario que socorre a los que viven en la calle y a los que, a pesar de tener un techo, no tienen comida. La mano tendida de hombres y mujeres que trabajan para proporcionar servicios esenciales y seguridad. Y otras manos tendidas que podríamos describir hasta componer una letanía de buenas obras. Todas estas manos han desafiado el contagio y el miedo para dar apoyo y Consuelo”.

Todo lo que el Papa Francisco describe en estos dos párrafos, los yucatecos lo entienden muy bien, pues han demostrado que no separan el amor a Dios de su amor al prójimo necesitado. Además, todas las manos tendidas mencionadas por el sucesor de Pedro las hemos visto igualmente tendidas aquí entre nosotros. Hemos tenido situaciones extraordinarias que han puesto a miles de hermanos en necesidad, a causa de las tormentas del mes de junio, que inundaron el sur del Estado, tanto como los huracanes del pasado mes de octubre, que causaron tanto daño a al oriente del Estado. Ante estos fenómenos, los yucatecos a través de las autoridades, a través de la Iglesia o de otros organismos, respondieron y están todavía respondiendo con su generosidad para tender la mano a sus hermanos en necesidad.

Esta IV Jornada Mundial de los Pobres nos encuentra tendiendo la mano, y no hay mejor manera de celebrarla. De todas maneras, participemos en esta jornada con las charlas, con la Hora Santa o con el retiro espiritual; cualquiera de estas tres cosas que nos puedan ofrecer desde nuestras parroquias respectivas, en forma de asistencia presencial o en línea durante las próximas semanas.

Hablemos ahora de la Palabra de Dios para este domingo. Si el santo evangelio nos menciona en una parábola la responsabilidad de algunos hombres, entonces la primera lectura, tomada del Libro de los Proverbios, nos propone cuál es la mujer ideal. Tendríamos que distinguir entre la mujer ideal del mundo y la mujer ideal desde el punto de vista de Dios.

El mundo puede tener dos ideales de la mujer: uno que se refiere a su belleza y otro que se refiere al carácter de la mujer. La belleza como criterio ideal no sólo es asunto de hombres que califican a la mujer, sino también el ideal de la vanidad femenina que quiere agradar al hombre y competir contra otras mujeres. El otro ideal del carácter, se refiere a su independencia total con respecto del hombre, tal como lo expresa el feminismo.

Ahora bien, estos criterios deforman el ideal divino sobre la mujer, porque hacen a un lado la espiritualidad femenina, tanto como su capacidad oblativa, su capacidad de darse generosamente en un proyecto de matrimonio-maternidad o de cualquier otra forma de vida que le permita ser un don para Dios y un don para los demás. Dice el texto del libro de los Proverbios: “Son engañosos los encantos y vana la hermosura; merece alabanza la mujer que teme al Señor”. Con toda dignidad, la mujer que tiene a Dios en su corazón, puede vivir la libertad interior en la generosidad de su entrega.

El Antiguo Testamento transcurre dentro de una cultura que no acepta la posibilidad de considerar por separado al hombre y a la mujer, sino siempre juntos. Por eso el ideal de la mujer se presenta en su papel de esposa. Dice el Texto: “Dichoso el hombre que encuentra una mujer hacendosa… Su marido confía en ella y, con su ayuda, él se enriquecerá” (Prov 31, 10-13) . La mujer “hacendosa” no es lo mismo que la mujer que cae en el activismo. La mujer hacendosa es aquella que, movida por el amor a Dios, a su esposo y a sus hijos, trabaja sin parar, y lo hace con mucho gusto.

Después de Cristo, podemos considerar como creyentes, el proyecto de las mujeres y de los hombres que no se casan, pero que no lo hacen por repudiar la vida matrimonial, ni por buscar una forma de vida individualista, sino por amor al Reino de los Cielos. Así queremos encontrar hoy en la Iglesia, mujeres y hombres hacendosos, aunque no estén casados, en su vida de soltería cristiana, en su vida religiosa o en su vida sacerdotal, y que son hacendosos con el motor del amor.

Desde esta reflexión pasemos a la parábola del Evangelio en la que Jesús cuenta la historia del hombre que, al salir de viaje, deja bajo encomienda distintas cantidades a sus servidores: a uno cinco millones, a otro dos, y a otro uno. Luego, al regresar, llama a cuentas a sus servidores y el que recibió cinco millones, le entrega a cambio diez millones; el que recibió dos, le devuelve cuatro; pero el que recibió un millón le devuelve el mismo millón que había recibido. Claro que esta parábola se refiere a los dones que Dios le da a cada ser humano, y de las cuentas que le vamos a dar al Señor al término de nuestra vida.

Es por eso que, a los dos primeros, su amo les responde: “Te felicito, siervo bueno y fiel. Puesto que has sido fiel en cosas de poco valor, te confiaré cosas de mucho valor. Entra a tomar parte en la alegría de tu señor” (Mt 25, 21). Las mujeres y los hombres hacendosos movidos por el amor podrán escuchar al final de su vida, al encontrarse con el Señor, palabras semejantes de parte de Dios, que les recibirá en el cielo con los brazos abiertos, por haber correspondido espléndidamente a los dones recibidos de Dios.

Al siervo que no entregó más que lo que había recibido, y que no generó nada, se le quita el millón, porque, dice Jesús: “Pues al que tiene se le dará y le sobrará; pero al que tiene poco, se le quitará aun eso poco que tiene” (Mt 25, 29). Los hombres y mujeres que tienen poco, son los que tenían, quizá, poder ante el mundo, pero que no fueron movidos por el amor, y que vivieron para sí mismos. Ante Dios, los hombres y mujeres que tienen, son aquellos que abundan en obras hechas por amor a Dios y a su prójimo. ¿Qué nos mueve a nosotros?

Concluyamos con el mensaje de hoy de san Pablo a los tesalonicenses: “Por lo tanto, no vivamos dormidos, como los malos; antes bien, mantengámonos despiertos y vivamos sobriamente” (1 Tes 5, 6). Vivamos, pues, hacendosamente, movidos siempre por el amor. Recordemos que el amor a los pobres es la prueba más contundente de nuestro amor a Dios.

Que tengan todos una feliz semana. ¡Sea alabado Jesucristo!

 

+ Gustavo Rodríguez Vega
Arzobispo de Yucatán

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