Homilía Arzobispo de Yucatán – XXV Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A

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HOMILÍA
XXV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Ciclo A
Is 55, 6-9; Flp 1, 20-24. 27; Mt 20, 1-16.

“Vayan también ustedes a mi viña” (Mt 20, 4).

 

 

Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con afecto de siempre y les deseo todo bien en el Señor, en este domingo vigésimo quinto del Tiempo Ordinario.

Hace seis meses nos vimos forzados a cerrar nuestros templos, como medida preventiva indispensable contra el COVID-19; y hoy, bendito sea Dios, es el primer domingo en el cual celebramos la Eucaristía a puertas abiertas y con participación del pueblo. Debemos recordar que a las personas enfermas, en cualquier forma vulnerables o más propensas a contraer esta enfermedad, no les obliga el precepto dominical. Todos los demás recuerden que la santa misa transmitida en redes sociales, televisión o radio es sólo un consuelo para quienes no pueden asistir a misa, pero no una manera de cumplir con el precepto.

Hoy iniciamos, en la segunda lectura, con la carta que escribió san Pablo a los Filipenses, una comunidad cristiana muy querida para el Apóstol y una de las pocas a las que les recibía ayuda económica. En este pasaje Pablo les presenta un dilema que él tiene entre dos deseos muy fuertes para él: Por una parte, el deseo de morir para partir de este mundo y estar ya con Cristo; por otra parte, el deseo de continuar su trabajo apostólico para fortalecerlos en la fe.

¿Quién de nosotros podría compartir con san Pablo el primer deseo de partir para estar ya con Cristo? Si tuviéramos una fe plena, absoluta y total, al estilo de santa Teresa de Ávila, podríamos decir como ella: “Vivo sin vivir en mí y tan alta dicha espero que muero porque no muero”. El Apóstol afirma que este deseo es el mejor, pero mientras el Señor le da la vida, él la cuida para servir a la causa del Evangelio.

El Señor nos ha dado un fuerte instinto de conservación que nos hace amar la vida nuestra y la de los demás, cuidándola hasta donde sea posible. Quien le quita o desea quitarle la vida a otra persona posee un grave desorden moral, pues todos deberíamos tener un enorme respeto por la vida ajena. Quien se quita la vida o atenta contra sí mismo, tiene también un grave desorden en su mente, pero sólo Dios puede juzgar a unos y a otros. En cambio, desear partir de este mundo para estar ya con el Señor, es un deseo propio de quienes han llegado a la plenitud de la fe, de la esperanza y del amor.

Dice el Apóstol: “Porque para mí, la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia” (Flp 1, 21). Este testimonio, así como el de tantos mártires y santos, debería iluminarnos y animarnos para que al menos no tengamos tanto miedo a la muerte, y crezcamos en fortaleza para despedir a nuestros seres queridos que nos dejan.

La primera lectura, tomada del libro del profeta Isaías, nos prepara y dispone muy bien para escuchar el evangelio de hoy. A través del profeta, Dios nos dice: “Mis pensamientos no son los pensamientos de ustedes, sus caminos no son mis caminos” (Is 55, 8). La justicia del hombre es siempre punitiva, siempre vindicativa; si un criminal se arrepiente, de todos modos se le castiga. Cuando en lo personal nos hacen algo malo, existe un impulso de venganza, que a veces creemos justificado.

Nuestra justicia muchas veces resulta verdaderamente injusta. Esta semana un hombre asesinó a otro que presuntamente había abusado de su hija, pero resulta que asesinó a un hombre inocente. Sea la justicia personal o la institucional, con frecuencia suele equivocarse por ser simplemente humana.

En cambio, ante el Señor, basta el arrepentimiento sincero para que todo quede absolutamente perdonado, sin importar el tamaño o cantidad de los pecados. Dice también el texto: “Que el malvado abandone su camino, y el criminal sus planes; que regrese al Señor, y él tendrá piedad; a nuestro Dios, que es rico en perdón” (Is 55, 7). Dios que nos creó a su imagen y semejanza, nos puede ayudar si nos lo proponemos, para que nuestros pensamientos y caminos sean semejantes a los de Él.

El evangelio según san Mateo nos trae hoy la hermosa parábola de los trabajadores de la viña. Se trata de un propietario que sale un día al amanecer e invita a algunos hombres para que vayan a trabajar a su viña, acordando con ellos pagarles un denario por día, lo cual debe equivaler a un salario mínimo. Luego sale a media mañana y encuentra a otros que estaban ociosos y también los envía a su viña; igual salió a medio día y a media tarde e hizo lo mismo mandando gente a su viña. Por último, sale al atardecer y se encuentra con otros a los que igualmente contrata.

Al terminar la jornada inicia el pago de los trabajadores comenzando por los últimos, a quienes les paga un denario, lo cual hace pensar a los primeros que ellos recibirían algo más. Pero no fue así, sino que ellos recibieron también un denario y se pusieron muy molestos. El propietario que, por supuesto, representa a Dios, les hace ver que no les ha cometido ninguna injusticia, porque les ha pagado lo convenido, y que él tiene derecho a ser generoso.

Los criterios para ganar el Reino de los cielos son muy distintos a los criterios laborales de una empresa, por más justa que ésta sea en el trato con sus empleados. La justicia humana está muy lejos de la justicia divina, por lo que hemos de esforzarnos por conocer y tratar de imitar la justicia de Dios desde hoy.

Creo que esta parábola la podemos entender mejor si pensamos en el caso de un hombre o una mujer que toda la vida han sido buenos sirviendo a Dios, y también el caso del ladrón arrepentido que estaba en la cruz junto a Jesús, a quien Jesús le prometió: “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23, 43). Ante estas situaciones, Jesús nos enseñó con claridad cuál es el criterio de Dios: La misericordia. A nosotros nos toca alegrarnos con el Señor por todos aquellos que se arrepienten y cambian de vida.

Otro ejemplo lo tenemos en el caso de que alguien se haya portado mal con nosotros durante años y en un buen momento reconoce su mal, se arrepiente, nos pide perdón y cambia de actitud; la justicia humana nos diría: “Ojo por ojo y diente por diente” (Mt 5, 38; Ex 21, 24; Dt 19, 21), “ahora te toca a ti corresponderle por todo lo que te hizo”. Sin embargo la justicia divina te invita al perdón y a tener una buena relación.

Dios tiene derecho a ser generoso, nosotros tenemos derecho y deber de imitarlo, pues nos conviene.

Que tengan todos una muy feliz semana. ¡Sea alabado Jesucristo!

 

+ Gustavo Rodríguez Vega
Arzobispo de Yucatán

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