Homilía Arzobispo de Yucatán – XXIX Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo C

HOMILÍA
XXIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
DOMINGO MUNDIAL DE LAS MISIONES (DOMUND)
Ciclo C
Ex 17, 8-13; 2 Tim 3, 14 – 4, 2; o bien, Rm 10, 9-18; Lc 18, 1-8.

“Cuando venga el Hijo del hombre, ¿creen que encontrará fe sobre la tierra?” (Lc 18, 8).

 

Ki’óolal lake’ex ka t’aane’ex ich maya, kin tsik te’ex ki’imak óolal yéetel in puksi’ikal. Bejla’e’ u T’aan Yuum Kué, ku k’asikto’on sáansamal k’áabet payalchi’ yéetel betik ku tasik jach ma’alob ba’alo’ob. Te domingo’ ti’ misiones Papa Francisco’ ku k’asik to’one’ k misión le yaakunajo’.

 

Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre y les deseo todo bien en el Señor en este domingo vigésimo noveno del Tiempo Ordinario, día del DOMUND, es decir, el Domingo Mundial de las Misiones.

El Papa Francisco en su mensaje para este DOMUND, nos presentó el lema para este año 2019 que dice así: “Bautizados y enviados: la Iglesia de Cristo en misión en el mundo”.

Este mensaje se refiere en primer lugar a la misión de cada bautizado, es decir, de cada uno de nosotros, y lo hace con las siguientes palabras referentes al mandato de Cristo de ir por todo el mundo predicando la buena nueva. Dice el Papa: “Es un mandato que nos toca de cerca: yo soy siempre una misión; tú eres siempre una misión; todo bautizado y bautizada es una misión. Quien ama se pone en movimiento, sale de sí mismo, es atraído y atrae, se da al otro y teje relaciones que generan vida. Para el amor de Dios nadie es inútil e insignificante. Cada uno de nosotros es una misión en el mundo porque es fruto del amor de Dios. […] Así, nuestra misión radica en la paternidad de Dios y en la maternidad de la Iglesia, porque el envío manifestado por Jesús en el mandato pascual es inherente al bautismo: como el Padre me ha enviado así también os envío yo, llenos del Espíritu Santo para la reconciliación del mundo (cf. Jn 20,19-23; Mt 28,16-20)”. (Francisco, Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 2019).

En otras palabras, tú y yo somos responsables de transmitir y hacer sentir a los demás la paternidad de Dios y la maternidad de la Iglesia, pues somos hijos de Dios y miembros de la Iglesia de Cristo, por lo que podemos y debemos transmitir el amor a nuestros hermanos que nos rodean. Esa es nuestra misión. Como bautizado maduro, no te quejes de que has recibido poco amor en tu vida, sino que saliendo de ti mismo, piensa en los demás, sírvelos y encontrarás el gozo en esa salida misionera.

Posteriormente en el mismo mensaje, el Papa reafirma, tanto la vocación como el envío, de aquellos y aquellas que van a otras naciones a llevar el Evangelio que Cristo nos trajo. Dice el Sumo Pontífice: “También hoy la Iglesia sigue necesitando hombres y mujeres que, en virtud de su bautismo, respondan generosamente a la llamada a salir de su propia casa, su propia familia, su propia patria, su propia lengua, su propia Iglesia local. Ellos son enviados a las gentes en el mundo que aún no está transfigurado por los sacramentos de Jesucristo y de su santa Iglesia. Anunciando la Palabra de Dios, testimoniando el Evangelio y celebrando la vida del Espíritu llaman a la conversión, bautizan y ofrecen la salvación cristiana en el respeto de la libertad personal de cada uno, en diálogo con las culturas y las religiones de los pueblos donde son enviados. La missio ad gentes, siempre necesaria en la Iglesia, contribuye así de manera fundamental al proceso de conversión permanente de todos los cristianos”.

En el santo evangelio de hoy según san Lucas, Jesús pregunta a sus discípulos: “Cuando venga el Hijo del hombre, ¿creen que encontrará fe sobre la tierra?” (Lc 18, 8). No hubo ni un “sí”, ni un “no” como respuesta a Jesús. Recordemos que la Palabra de Dios es viva, por lo tanto hoy Jesús nos hace esa misma pregunta a todos y cada uno de nosotros; más que una respuesta hablada, el Señor espera un compromiso misionero para continuar con su obra hoy, como se ha hecho durante estos dos mil años que han pasado.

Hace unos días apareció en Zacatecas un movimiento llamado “Apostasía de la fe”, el cual convoca a todos los católicos que lo deseen a manifestar su voluntad de apartarse formalmente de la Iglesia, que acudan a solicitar su acta de bautismo para ser cancelados como miembros de la Iglesia. Es de esperarse que este grupo vaya a aparecer en otros lugares de México y del mundo, pues no ha de ser la ocurrencia de una persona sino una acción orquestada que pretende hacer desaparecer la Iglesia. Creo que debe haber un número significativo de católicos que hayan ya apostatado de su fe en su mente, en su corazón o en su práctica cotidiana, y que quien se encuentre en esta situación es bueno que se defina formalmente. Este puede ser un tiempo oportuno para las definiciones, para saber quién es quién.

Sin embargo los creyentes en Cristo no hemos de temer, pues él dijo: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mt 16, 18). Más bien nuestra respuesta a Jesús ha de ser aceptar su llamado y envío para hacer de nuestra vida una misión de amor.

Antes de hacerles aquella pregunta, Jesús les narró la parábola de la pobre viuda que acudía con frecuencia ante un juez inicuo, pidiéndole que le hiciera justicia contra su adversario. Las viudas en Israel y luego en el mundo judío constituían una minoría social, pues ordinariamente eran pobres, sin las oportunidades que sólo los hombres tenían.

La enseñanza de Jesús fue la perseverancia de la viuda en su apelación, tanto, que el juez se fastidió de ella y le hizo justicia, no porque le importara la viuda, sino para quitársela de encima. Así como ella perseveró, así debemos perseverar nosotros en nuestra oración ante Dios. Si el juez inicuo obró en favor de esta mujer, con mayor razón Dios hará justicia a sus elegidos.

En la primera lectura, tomada del Libro del Éxodo, el ejército de Israel conducido por Josué, entró en una gran batalla contra los amalecitas, mientras Moisés en lo alto de un monte y con las manos extendidas oraba en favor de su pueblo. Cuando Moisés se cansaba y bajaba sus manos, el ejército de Israel comenzaba a retroceder. Al notarlo, Aarón y Jur sentaron a Moisés en una piedra y se colocaron cada uno a su lado sosteniéndole los brazos para que perseverara en la oración, y así venciera Josué con su ejército. Este pasaje encierra el mensaje de la necesidad de perseverar en la oración durante toda nuestra vida, pues ésta, mientras dura, es una verdadera lucha contra el enemigo.

De igual modo, este texto encierra el mensaje del valor intercesor de la oración. Todos los días el Papa pide a cada grupo o multitud, que oren por él. Ahora trato de imitarlo en esta solicitud humilde, así como en mis visitas pastorales, cuando voy de parroquia en parroquia, de municipio en municipio, y de comisaría en comisaría, pido a la gente que ore por mí. De la misma manera yo también me comprometo a orar por cada grupo de personas. Todos los creyentes suelen pedirnos oración a los sacerdotes confiando en nuestro poder intercesor, pero todos los bautizados tienen el poder de intercesión, por la gracia del Espíritu Santo y desde nuestro Bautismo. Así que no dejemos de interceder continuamente unos por otros.

Puede ser que en algunas iglesias hoy escuchen la lectura de la Segunda Carta del Apóstol san Pablo a Timoteo, que hemos venido siguiendo en los domingos anteriores. Ahora en este pasaje, san Pablo le recomienda al joven obispo Timoteo que persevere en todo lo que aprendió desde niño en su familia, la cual le transmitió el conocimiento de la Sagrada Escritura. Yo me pregunto, ¿hoy cuántas familias acostumbran a los niños en el uso y conocimiento de la Sagrada Escritura? No dejemos toda la tarea a los catequistas, pues la familia debe ser la primera educadora de la fe. También le dice Pablo a Timoteo que la Escritura es inspirada por Dios “y es útil para enseñar, para reprender, para corregir y para educar en la virtud” (2 Tim 3, 16). Estos cuatro verbos son para educar en las familias, y para que los evangelizadores los pongamos en práctica en la obra de evangelización.

En otras iglesias tal vez se proclame la lectura propia del día del DOMUND de cada año, tomada de la carta de san Pablo a los Romanos, en la que el Apóstol afirma categóricamente: “La fe viene de la predicación y la predicación consiste en anunciar la palabra de Cristo” (Rm 10, 17). Esto nos recuerda a todos los sacerdotes y diáconos que, los diez o quince minutos que dure nuestra predicación dominical, debe ser un servicio a la Palabra de Dios, el cual es un tiempo valiosísimo que no podemos perder tocando otros temas, a menos que sean inspirados en la misma Palabra.

Que tengan todos una feliz semana. ¡Sea alabado Jesucristo!

 

+ Gustavo Rodríguez Vega
Arzobispo de Yucatán

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