Homilía Arzobispo de Yucatán – XVII Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A

HOMILÍA
XVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Ciclo A
1 Re 3, 5-13; Rom 8, 28-30; Mt 13, 44-52.

“Vende cuanto tiene y compra aquel campo” (Mt 13, 44).

 

In láak’e’ex ka t’aane’ex ich maaya, kin tsikeke’ex yéetel ki’ikmak óolal. U T’aan Yúum Kue’ ku yéesik to’on u ma’alob kíinil anchaj ti’ le xíipal ajawil Salomón u ti’al u k’áatik ti’ Yúum Kue’ le ba’ax u k’áaté; yéetel xan ku ya’alik to’on le ma’alob túukul k’áabet ti’ juntúul papatsilil utial páajtal u bisik ti máalob béel u wotoch.

 

Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre y les deseo todo bien en el Señor, en este décimo séptimo domingo del Tiempo Ordinario.

Todos conocemos el famoso cuento de “La Lámpara de Aladino”, y se han contado muchos chistes sobre personas que se encuentran una lámpara de la que se aparece un genio que ofrece cumplirle a la persona uno, dos o tres deseos. Lo de hoy no es un cuento, sino que es historia auténtica tomada de la Palabra de Dios, de lo que sucedió con el rey Salomón, así como de lo que sucede en la historia de cada uno de nosotros.

Es la primera lectura, tomada del Primer Libro de los Reyes, la que en este pasaje nos narra una aparición del Señor en sueños, al joven rey Salomón, en la cual el Señor le ofrece a Salomón concederle lo que le pida. Le dice: “Salomón, pídeme lo que quieras, que yo te lo daré” (1 Re 3, 5). ¿Tú qué hubieras respondido?, ¿qué le hubieras pedido a Dios? Muchos, quizá, podrían pedir tonterías, pero la mayor parte de la gente es sensata y sencilla, y los he escuchado decir que les basta tener salud. Tal vez muchos hoy le pedirían al Señor que ya se termine esta pandemia.

Pues Salomón no pidió riqueza, ni tampoco más poder, ni siquiera salud, sino que, lo que pidió, fue en favor de su pueblo. Pidió sabiduría para saber gobernar a su pueblo, para distinguir entre el bien y el mal. Si todos nuestros gobernantes pidieran humildemente al Señor este magnífico regalo de la sabiduría, para poder distinguir entre el bien y el mal, Dios se los otorgaría y este mundo sería maravilloso.

Puede ser que algunos gobernantes pidan este don sinceramente en el silencio de su corazón. Puede ser que otros no lo pidan, que ni siquiera se acuerden de Dios, y que su único objetivo sea conservar el poder o el de su partido, y poder escalar al siguiente peldaño de gobierno. No nos toca juzgar quien sí y quien no se pone bajo la mirada de Dios para gobernar a su pueblo; pero lo que sí nos corresponde es orar por quienes nos gobiernan para que no les falte la sabiduría que viene de lo alto, para que, evitando toda forma de corrupción y de manipulación ideológica, distingan claramente entre el bien y el mal, optando siempre por el primero.

Oremos, pues, por nuestros gobernantes, que siempre necesitan de nuestra oración, pero especialmente ahora en tiempos tan difíciles como éste de la pandemia. En cuanto a la sabiduría, todos la necesitamos para gobernar nuestra vida personal, para saber elegir el bien y rechazar el mal. Sólo un hombre sabio permite ser gobernado y guarda respeto a todas las autoridades. La sabiduría es un don urgente para todos los educadores, pero especialmente la necesitan los padres de familia para conducir su hogar.

En el santo evangelio de hoy, según san Mateo, se nos presentan las últimas tres parábolas del capítulo 13. Además, al final, a manera de conclusión, Jesús se refiere a la sabiduría de un jefe de familia, el cual, a semejanza de un escriba instruido en las cosas del Reino, va sacando de su tesoro cosas antiguas y cosas nuevas.

El escriba es aquel conocedor de la revelación del Antiguo Testamento, que, si se abre al Evangelio del Reino, sabrá sacar riqueza espiritual del Viejo Testamento combinándola con las novedades del Reino; y el padre de familia, por tanto, deberá conservar en su hogar los valores permanentes, abriéndose a las realidades actuales, bajo la guía del don de la Sabiduría que procede del Espíritu Santo.

Las primeras dos parábolas de hoy tienen la misma explicación y mensaje; la primera es la parábola del “Tesoro escondido”, y la segunda es la de una “Perla de gran valor”. En ambos casos, quien encuentra el tesoro o la perla, va y vende todo lo que tiene para luego poder comprar ese terreno o esa perla. Eso es el Reino de los cielos. Una realidad que cuando alguien la descubre en su grandeza y con fe, dedica todo su ser a conseguirlo.

Este “negocio” implica toda la vida, no basta con un poco de nuestro tiempo; y no se trata de dinero, sino de empeñar todas las áreas de vida: Nuestro cuerpo, consagrado al Señor como templo del Espíritu; nuestras relaciones interpersonales, como el matrimonio, el noviazgo, las amistades, el compañerismo, la vecindad; nuestros estudios; nuestro trabajo; nuestras actividades sociales, políticas o económicas; nuestra diversión. De tal modo que nada quede fuera de la mirada y agrado del Señor y de la construcción del Reino. Esto es vender todo lo que tenemos para “comprar” nuestro lugar en el Reino de los cielos.

La tercera parábola se refiere al fin del mundo. Jesús lo representa con la red que los pescadores traen a la playa, para sentarse y separar los peces buenos poniéndolos en canastos, y en cambio los peces malos simplemente tirarlos. Esta parábola nos enseña que mientras el mundo sea mundo, nos tocará convivir a todos con todos, y sólo al final será el juicio que sólo corresponde a Dios. Claro que, al morir, a cada uno le va tocando su juicio particular, pero habrá un juicio final, cuando todo esto que vemos acabe.

Hay una enseñanza muy importante en la segunda lectura, tomada de la Carta a los Romanos. Dice san Pablo que: “Todo contribuye para bien de los que aman a Dios” (Rom 8, 28). Quienes queremos comprar ese tesoro escondido, quienes queremos comprar esa perla preciosa, todo, absolutamente todo lo que tengamos o dejemos de tener, todo lo que nos suceda triste o alegre, todo éxito o fracaso, enfermedad o salud, conociendo el amor de Dios, todo será para bien.

Hay un tema sobre la predestinación que aparece en este pasaje de la Carta a los Romanos, mismo que debemos interpretar con claridad. En la forma en la que muchos entienden la predestinación, se trata de una fatalidad, pues suponen que hagas lo que hagas tu destino ya está marcado. Quienes piensan así, no se pierden la lectura de los horóscopos, e incluso si pueden, acuden a que alguna persona les lea las cartas o les adivine su futuro de alguna manera. Hay quienes gastan toda una fortuna por saber lo que les pasará. Por supuesto que estas prácticas son totalmente contrarias a nuestra fe cristiana, y que una persona de fe auténtica nunca buscará estos recursos, sino que se abandonará en los brazos del Señor lleno confianza.

Si yo estoy en lo alto de un monte y allá abajo corre una carretera, si veo que vienen dos automóviles acercándose a una curva, que uno rebasa y va a chocar contra el que viene, los autos chocan por la imprudencia de uno de los conductores, pero no chocan porque yo lo haya visto desde antes. Así es el conocimiento de Dios, Él sabe todo de todos y cada uno de nosotros. Él conoce presente, pasado y futuro de todo cuanto existe. Pero su conocimiento no condiciona nuestra libre actuación y elección en cada decisión. No somos títeres en las manos de Dios, pues el más precioso don que con amor nos ha dado es la libertad.

Es en este sentido y contexto que se debe entender el mensaje de san Pablo, que dice: “A quienes predestina, los llama; a quienes llama, los justifica; y a quienes justifica, los glorifica” (Rom 8, 30). ¿Quieres saber si tú eres predestinado por Dios? Compórtate como predestinado.

¡Sea alabado Jesucristo!

 

+ Gustavo Rodríguez Vega
Arzobispo de Yucatán

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