Homilía Arzobispo de Yucatán – XV Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A

HOMILÍA
XV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

“PEREGRINACIÓN DIOCESANA ANUAL
AL SANTURIO GUADALUPANO”

Ciclo A
Is 55, 10-11; Rom 8, 18-23; Mt 13, 1-23.

“Escuchen, pues, ustedes, lo que significa la parábola del sembrador” (Mt 13, 18).

 

In láak’e’ex ka t’aane’ex ich Maaya, kin tsikike’ex yéetel ki’imak óolal. Bejla’é u kíinil te’ ja’aba’ k-bíin xíimbal Mamáa kichpan kolebil María ti’ Guadalupe u laklo’on Yucatecos te’ Basílica, chen ba’ale’ bejhora ma’ pajchaj k-bíini’ le beetike’ betik yéetel pixán, yéetel le kili’ilich Misa táank kiimbensik te’ tu Kulnaji’ Guadalupe te’ Jó¡

 

Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre y les deseo todo bien en el Señor, en este decimo quinto domingo del Tiempo Ordinario, día 12 de julio, fecha en la que tradicionalmente hemos realizado la peregrinación de esta Arquidiócesis a la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, desde hace ochenta y seis años.

Desde el año pasado creíamos que, porque este año la fecha caería en domingo, no podrían asistir sacerdotes a nuestra peregrinación. Al iniciar la pandemia, nos dimos cuenta de que no se podrían organizar las peregrinaciones parroquiales, pero pensamos que quizá algunas personas asistirían por su cuenta, y que al menos un servidor podría viajar a México. Cuando nos dimos cuenta de que esta pandemia no nos ha dado tregua, decidimos invitarlos a todos ustedes a hacer esta “peregrinación virtual” a nuestro Santuario de Guadalupe en el barrio de San Cristóbal, y juntos, desde aquí, peregrinar espiritualmente a la casita del Tepeyac.

Algo semejante pasó el último sábado de mayo, cuando correspondía la peregrinación al Santuario de Nuestra Señora de Izamal. Mons. Pedro Mena, Obispo Auxiliar de Yucatán, el padre Candelario Jiménez, Vicario General de esta Arquidiócesis y un servidor, acudimos en nombre de todo el Pueblo Católico a celebrar la Eucaristía a los pies de nuestra Señora. Hoy igualmente, ellos mismos me acompañan como peregrinos en nombre de todos y cada uno de ustedes a este rincón Guadalupano de Yucatán.

Durante esta pandemia, nos hemos enterado de muchas y muy tristes historias de los enfermos contagiados del COVID-19, a veces por medio de los noticieros, y a veces lamentablemente, nos hemos enterado que la enfermedad ha caído sobre algún familiar o un amigo nuestro. Hay historias verdaderamente trágicas a nivel mundial, nacional y local.

También ha sido triste el modo como gente inconsciente ha ofendido o maltratado de algún modo al personal médico o de enfermería. Aquí en Yucatán se sumaron las tragedias de las inundaciones que provocaron dos tormentas recientes, haciendo que muchos perdieran sus cosechas. Lo peor de todo es que no vemos la fecha en que todo esto termine y nos dé la oportunidad de regresar a retomar un poco al menos nuestra vida ordinaria.

Pero, ¿dónde está Dios en todo esto? Está junto a cada enfermo fortaleciéndolo en la fe y la esperanza, lo mismo que a sus seres queridos. Está en el corazón generoso de cada médico, enfermero o enfermera, que arriesga su vida. Está dentro de muchos corazones que se han movido a la generosidad. Está en la Iglesia, que día a día anima la fe, la esperanza y la generosidad de todos; y está en los sacerdotes que hemos sido “pontífices”, palabra que significa “puentes”, entre Dios y los hombres, entre la generosidad de unos y la necesidad de otros.

La Palabra de Dios es viva y eficaz, y está actuando en su Iglesia, en todos los hombres y mujeres de buena voluntad. De esta eficacia de la Palabra nos habla hoy el Señor por medio del profeta Isaías, el cual compara la Palabra con la lluvia, que baja del cielo para fecundar la tierra cumpliendo así con su misión. Dice Dios por medio del profeta: “Así será la palabra que sale de mi boca, no volverá a mí sin resultado, sino que hará mi voluntad y cumplirá su misión” (Is 55, 11).

La vida en el mundo no es para ser felices, como pregonan muchos hoy en día, sino para vivirla como se presenta, en el amor de Dios y de nuestros hermanos. El dolor y todo el sufrimiento tienen sentido a la luz de la fe y la esperanza. Hoy dice san Pablo en la segunda lectura, tomada de la Carta a los Romanos: “Considero que los sufrimientos de esta vida no se pueden comparar con la gloria que un día se manifestará en nosotros” (Rom 8, 18).

Ahora que hemos estado guardados en casa, la naturaleza ha descansado de los abusos de los seres humanos, y se ha sanado a sí misma curando en parte sus heridas. Ahora todos hemos de tomar conciencia de que la tierra está enferma. Pandemias ha habido muchas en la historia, pero las dimensiones de la presente pandemia a nivel mundial, en gran parte se deben a la ineptitud de algunos gobernantes, y a la desobediencia de muchos particulares que, aunque el gobernante trate de conducirlos, se han comportado irresponsablemente contagiándose y contagiando a otros.

Por eso viene muy bien al caso otro pasaje de la misma Carta a los Romanos, donde san Pablo nos dice: “La creación está ahora sometida al desorden, no por su querer, sino por voluntad de aquel que la sometió. Pero dándole al mismo tiempo esta esperanza: que también ella misma, va a ser liberada de la esclavitud de la corrupción, para compartir la gloriosa libertad de los hijos de Dios” (Rom 8, 20). Dios quiera que esta experiencia nos haga a todos más responsables en el cuidado de nuestra Casa Común.

Al igual que en la lectura del libro de Isaías, Jesús, en el santo evangelio, según san Mateo, nos habla del poder de su Palabra, y se presenta a sí mismo como sembrador de esta semilla en el corazón de los hombres, que son la tierra donde cae la semilla. San Mateo reúne en el capítulo 13 de su evangelio, una serie de parábolas dichas por Jesús, seguramente en diversos momentos de su ministerio, y abre este capítulo precisamente con la Parábola del Sembrador.

Nosotros decimos que “cada cabeza es un mundo”, y Jesús puede reunir los diferentes mundos de acuerdo a la receptibilidad que las personas tienen de su Palabra. Él nos menciona pues, cuatro tipos de terrenos, que representan a todas las personas: la tierra del camino, el terreno pedregoso, el terreno lleno de espinas y la tierra buena.

Dice Jesús que los que son tierra del camino, son aquellos que escuchan la Palabra como quien va de paso, sin entenderla ni esforzarse en absoluto por escucharla. Creo que muchos que ocasionalmente llegan a escuchar la Palabra en una misa de matrimonio, de quinceañera o en un bautismo, viendo el reloj, consultando el celular o pensando en cualquier otra cosa, seguramente son tierra de camino. De ellos dice Jesús: “A todo hombre que oye la palabra del Reino y no la entiende, le llega el diablo y le arrebata lo sembrado en su corazón” (Mt 13, 19.

El terreno pedregoso es el de aquellos que escuchan la Palabra con entusiasmo, pero sin perseverancia. Dice Jesús que en esta categoría se refiere: “Al que oye la palabra y la acepta inmediatamente con alegría; pero, como es inconstante, no la deja echar raíces, y apenas le viene una tribulación o una persecución por causa de la palabra, sucumbe” (Mt 13, 20-21). La Palabra hay que escucharla una y otra vez, meditarla, orar con ella y tomar el propósito de llevarla a la práctica. De otro modo podemos ser, como dicen en algunos pueblos de México: “Llamarada de petate”.

Un terreno espinoso puede ser el de aquella persona que continúa entre las espinas de ciertas compañías, sin alejarse de ciertos ambientes, y que fácilmente puede dejarse influir por su afán de dinero. Jesús dice con pocas y sencillas palabras, que el terreno entre espinas es: “Aquel que oye la palabra, pero las preocupaciones de la vida y la seducción de las riquezas la sofocan y queda sin fruto” (Mt 13, 22).

Finalmente vienen los que son tierra buena porque reciben la Palabra, la entienden y dan fruto, aunque unos dan más que otros. Yo tengo la esperanza de que este tiempo de Pandemia nos esté sirviendo para limpiar nuestro terreno de piedras y de espinas, para recibir así en buena tierra la semilla del Sembrador, que es Jesús. Este tiempo bendito puede servir a nuestro beneficio espiritual, para recibir la Palabra del Sembrador, para unir a las familias, para comprometernos con nuestra comunidad y para crecer como miembros de la Iglesia.

¡Que, bajo el amparo de Santa María de Guadalupe, todo sea para bien!

¡Sea alabado Jesucristo!

 

+ Gustavo Rodríguez Vega
Arzobispo de Yucatán

Descargar (PDF, 169KB)

error: