Homilía Arzobispo de Yucatán – El Cuerpo y La Sangre de Cristo (Corpus Christi), Ciclo A

HOMILÍA
EL CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO
(CORPUS CHRISTI)
Ciclo A
Deut 8, 2-3. 14-16; 1 Cor 10, 16-17; Jn 6, 51-58.

“Mi carne es verdadera comida  y mi sangre es verdadera bebida” (Jn 6, 55).

 

In láak’e’ex ka t’aane’ex ich Maaya, kin tsikike’ex yéetel ya’abach ki’imak óolal. Bejla’e’ k’iimbensik u Wíinkilil yéetel u K’i’ik’el Cristo, Leti’e tu yaayantaj u p’áatal ichilo’on chúumuk u Kiili’ich Waajil yáakunal.

 

Muy queridos hermanos y hermanas todos en Cristo nuestro Señor. Hoy celebramos la solemnidad del “Cuerpo y la Sangre de Cristo”, conocida por su nombre en latín como fiesta de “Corpus Christi”. Lo que celebramos cada jueves santo es un doble misterio, una doble institución, del sacerdocio y de la Eucaristía. Desde hace siglos, la Iglesia ha sacado este doble misterio y doble institución fuera del contexto de la Pascua, para celebrarlos una vez más por separado. Y así el jueves pasado celebramos a Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote, encomendando a todos los ministros del altar; y ahora celebramos su Cuerpo y su Sangre, presencia viva y constante de Cristo en medio de nosotros, y alimento para el camino.

El año pasado fuimos la sede nacional del VII Congreso Eucarístico Nacional 2019 (CEN); ahí nuestro himno se inspiró en la experiencia del profeta Elías, que era perseguido a muerte y se había desmayado ya sin fuerzas. Pero el ángel del Señor le despertó en dos ocasiones para alimentarlo con un pan y darle de beber; por lo que con aquel alimento y bebida, tuvo fuerza para llegar hasta el Horeb, el monte del Señor (cfr. 1 Re 19, 7). Nosotros hoy seguimos cantando ese hermoso himno: “Pueblo de Dios, levántate y come, el camino es largo, mas contigo estoy; Pueblo de Dios, levántate y come, el camino es largo, mi Eucaristía te doy”.

Muchos buenos y santos cristianos hoy se están santificando por el deseo de recibir la Eucaristía sin poder hacerlo. Les está tocando probar lo que viven millones de hermanos y hermanas que están lejos de un sacerdote o que su situación no les permite acercarse al Sacramento. Ahora todos pueden comprobar que con el deseo se acrecienta la fe y la gracia, para luego volver a recibir con mayor fruto el Sacramento que ninguno de nosotros merecemos recibir.

Hay otros varios pasajes más del Antiguo Testamento que ya profetizaban el gran misterio que un día tendría el nuevo Pueblo de Dios. La primera lectura de hoy, tomada del Libro del Éxodo, nos habla de una de las grandes imágenes del Antiguo Testamento, que presagiaba tan gran sacramento. Se trata del maná que comieron los israelitas en el desierto. Esta palabra viene de la expresión de asombro en hebreo “manú”, que significa: “¿qué es esto?”. Si los Israelitas se admiraban ante este polvo que caía del cielo con lo que podían hacer su pan, cuánto más hemos de admirarnos nosotros ante el verdadero Pan del cielo.

Recordemos también como siglos antes del maná, antes de que existiera el pueblo de Israel, en tiempos en los cuales los pueblos tenían sacerdotes que ofrecían sacrificios humanos o de animales, con cuya sangre querían granjearse a sus dioses, hubo un episodio sumamente insólito. Nuestro padre Abraham regresaba victorioso de una batalla, saliendo a su encuentro un rey que era también sacerdote, de nombre Melquisedec, sacerdote del Dios altísimo, el cual en acción de gracias por su victoria ofreció pan y vino. Dice el Génesis: “Entonces Melquisedec, rey de Salem, presentó pan y vino, pues era sacerdote del Dios Altísimo” (Gn 14, 18).

¡Qué precioso pasaje profético!, mismo que luego se aplica al Mesías en el Salmo 109, 4 (y en otras biblias es el salmo 110) que dice: “Tú eres sacerdote para siempre según el rito de Melquisedec”. ¡Qué maravilla encontrar este sacerdote del Dios altísimo, sin ascendencia ni descendencia, ofreciendo pan y vino! Esta profecía es confirmada y ratificada ampliamente, una vez más en el Nuevo Testamento, por la Carta a los Hebreos (cfr. Hb 4, 15 – 5, 10; cfr. Hb 7).

También es hermoso el versículo del Libro de los Proverbios, donde la Sabiduría invita a un banquete y dice: “Vengan y coman de mi pan, beban del vino que he mezclado” (Prov 9, 5).

En el Libro de los Hechos de los Apóstoles encontramos al apóstol san Pablo celebrando la Eucaristía con los cristianos de Éfeso, y lo hace en el domingo, tal como hoy lo hacemos (Hch 20, 7). Además él nos deja grandes enseñanzas sobre la Eucaristía en su Primera Carta a los Corintios, pues les enseña en el capítulo 10 que no pueden participar en banquetes de la carne dedicada a los ídolos, los que luego participan del Cuerpo y la Sangre de Cristo en la Eucaristía; y en el capítulo 11 recuerda del orden que debe haber en las asambleas eucarísticas y el respeto que merecen los pobres; resaltando además, las palabras de Cristo en la Institución de la Eucaristía durante la Última Cena.

El breve pasaje de hoy, tomado del capítulo 10 de esta Primera Carta a los Corintios, nos enseña una verdad fundamental diciendo: “El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque todos comemos del mismo pan” (1 Cor 10, 17).

Durante el tiempo de Pascua que recientemente terminamos, leímos y meditamos por entero el capítulo 6 del evangelio de san Juan, dedicado casi en su totalidad a una catequesis en labios de Jesús, anunciando que daría su cuerpo y su sangre como alimento y bebida a cuantos creyeran en él. Hoy tenemos los últimos versículos de este capítulo, en los que Jesús afirma categóricamente la realidad de lo que está prometiendo, al decir: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él” (Jn 6, 55-56).

La Eucaristía, tal como la realizaban los apóstoles, la celebraban los primeros cristianos y también la celebramos nosotros hoy. San Justino, quien fue un filósofo cristiano, el cual murió mártir en el año 165, nos transmite un testimonio de cómo se participaba en la Eucaristía.

Dice san Justino al respecto: “En el día que se llama del Sol (es decir, domingo) se celebra una reunión de los que viven en las ciudades y en los campos y allí se leen, cuanto el tiempo permite, las Memorias de los Apóstoles o los escritos de los profetas. Apenas el lector termina, el presidente hace una exhortación e invitación para que imitemos tan bellos ejemplos. Levantémonos, entonces, y elevemos en conjunto nuestras preces, después de las cuales se ofrecen pan, vino y agua, como ya dijimos. El presidente también, en la medida de su capacidad, hace elevar a Dios sus preces y acciones de gracias, respondiendo todo el pueblo ‘Amén’. Se sigue la distribución a cada uno, de los alimentos consagrados por la acción de gracias, y su envío a los enfermos, por medio de los diáconos. Los que tienen, y quieren, dan lo que les parece, conforme su libre determinación, siendo la colecta entregada al presidente, que así auxilia a los huérfanos y viudas, los enfermos, los pobres, los encarcelados, los forasteros, constituyéndose, en una palabra, el proveedor de cuantos se encuentran en necesidades”.

Son en realidad pocos, y no de trascendencia, los detalles en los que ha cambiado la liturgia eucarística a través de los siglos, pues en esencia la conservamos intacta. En la descripción de san Justino aparece lo que hoy es tan actual, en la colecta que hacemos en favor de todos los más afectados por la falta de trabajo durante esta pandemia o a causa las tormentas: Eucaristía es amor. Vivamos en el amor quienes participamos de este sacramento.

¡En los cielos y en la tierra sea para siempre alabado, el corazón amoroso de Jesús Sacramentado!

 

+ Gustavo Rodríguez Vega
Arzobispo de Yucatán

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