Mensaje Episcopal con Motivo de la Pascua 2026

MENSAJE EPISCOPAL PARA LA
PASCUA 2026

Año Jubilar de San Francisco de Asís,
mensajero de la paz.

 

“¡Que la paz de Dios habite en sus corazones!”

 

Hermanos todos en Cristo resucitado:

 

Con esta certeza de la presencia constante de Dios envío a todos ustedes, miembros de la Iglesia de Yucatán, sacerdotes, diáconos, hermanos y hermanas de la vida consagrada, seminaristas y laicos todos, saludos orantes con motivo de la Pascua de este año 2026.

¡Que la paz de Dios habite en sus corazones!
«¿Buscan a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí, ha resucitado» (Mc 16, 6). Así dijo el mensajero de Dios, vestido de blanco, a las mujeres que buscaban el cuerpo de Jesús en el sepulcro. Lo mismo nos dice también a nosotros el evangelista: Jesús no es un personaje del pasado. Él vive y, como ser viviente, camina delante de nosotros; nos llama a seguirlo a Él, el Viviente, y a encontrar así también nosotros el camino de la vida.

«Ha resucitado…, no está aquí». Cuando Jesús habló por primera vez a los discípulos sobre la cruz y la resurrección, ellos, mientras bajaban del monte Tabor, se preguntaban qué querría decir eso de «resucitar de entre los muertos» (Mc 9, 10). Habiendo celebrado la Pascua nos alegramos porque Cristo no quedó en el sepulcro, su cuerpo no se corrompió porque pertenece al mundo de los vivos, no al de los muertos.

 

¿Qué significa resucitar?
Sin embargo, nosotros vemos la resurrección tan fuera de nuestro horizonte de vida, que, entrando en nosotros mismos, nos preguntamos: ¿En qué consiste propiamente eso de «resucitar»? ¿Qué significa para nosotros? ¿De qué modo debería afectarnos? La resurrección de Cristo es precisamente algo totalmente fuera de nuestras experiencias de vida. Es el mayor «cambio», el salto más decisivo en absoluto hacia una dimensión totalmente nueva, que se haya producido jamás en la larga historia de la vida y de sus desarrollos: un salto de un orden completamente nuevo, que nos afecta.

Los discípulos se preguntaron: ¿Qué fue lo que sucedió allí? Jesús ya no está en el sepulcro. Está en una vida nueva del todo. Pero ¿cómo pudo ocurrir eso? ¿Qué fuerzas intervinieron? El Papa Benedicto XVI lo explicó así: “Jesús se encontraba, por así decir, en un mismo abrazo con Aquél que es la vida misma -Dios Padre- un abrazo que abarcaba y penetraba su ser. Su propia vida no era solamente suya, era una comunión existencial con Dios y un estar insertado en Dios. Él pudo dejarse matar por amor, pero justamente así destruyó el carácter definitivo de la muerte, porque en Él estaba presente el carácter definitivo de la vida. Él era una sola cosa con la vida indestructible, de manera que ésta brotó de nuevo a través de la muerte” (Benedicto XVI, Homilía del 15 de abril de 2006).

La muerte de Jesús fue un acto de amor. Entonces la resurrección fue como un estallido de luz, una explosión del amor que desató el vínculo hasta entonces indisoluble del «morir» (cfr. Benedicto XVI, Homilía del 15 de abril de 2006).

Pero ¿cómo ocurre esto? ¿Cómo puede llegar efectivamente este acontecimiento hasta mí y atraer mi vida hacia Él y hacia lo alto? La respuesta, en un primer momento quizás sorprendente pero completamente real, es la siguiente: dicho acontecimiento me llega mediante la fe y el Bautismo. El Bautismo significa precisamente que no es un asunto del pasado, sino un salto cualitativo de la historia universal que llega hasta mí, tomándome para atraerme. El Bautismo es algo muy diverso de un acto de purificación y embellecimiento del alma. Es realmente muerte y resurrección, renacimiento, transformación en una nueva vida. Como lo describió san Pablo: «Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí» (Gal 2, 20). Vivo, pero ya no soy yo. El yo mismo, la identidad esencial del hombre –de este hombre, llamado Pablo– cambió (cfr. Benedicto XVI, Homilía del 15 de abril de 2006).

Pero ¿qué sucede entonces con nosotros? Ustedes han llegado a ser uno en Cristo, responde san Pablo (cfr. Gal 3, 28). No sólo una cosa, sino un único sujeto nuevo. Esta liberación de nuestro yo de su aislamiento, este encontrarse en un nuevo sujeto es un encontrarse en la inmensidad de Dios y ser trasladados a una vida que ha salido ahora ya del contexto del «morir». El gran estallido de la resurrección nos ha alcanzado en el Bautismo para atraernos.

Al Señor resucitado, nos sujetamos, y sabemos que también Él nos sostiene firmemente cuando nuestras manos se debilitan. Nos agarramos de su mano, y así nos damos la mano unos a otros. Así, llenos de gozo, podemos cantar con la Iglesia: «Exulten por fin los coros de los ángeles… Goce también la tierra». Porque la resurrección es un acontecimiento que comprende cielo y tierra, y asocia el uno con la otra. «Cristo, resucitado… brilla sereno para el linaje humano, y vive y reina glorioso por los siglos de los siglos» (Pregón Pascual, Liturgia de la Vigilia Pascual).

 

¡Roguemos por la paz!
Hermanos, «Cristo es nuestra paz» (Ef 2, 14). Eso significa que Jesús reconcilió a la humanidad con Dios y derribó las barreras de odio entre las personas, creando un solo pueblo nuevo a través de su sacrificio en la cruz. Él pone fin a la enemistad y trae paz espiritual y social, siendo la base de la unidad cristiana. La presencia de Cristo resucitado, su don, su victoria resplandecen en la perseverancia de muchos testigos, por medio de los cuales la obra de Dios continúa en el mundo (cfr. León XIV, Mensaje para la Jornada de la Paz 2026).

«¡La paz esté con ustedes!» (Jn 20, 19 .21) es la palabra de Jesús, que no sólo desea, sino que realiza un cambio definitivo en quien la recibe. Ver la luz y creer en ella es necesario para no hundirse en la oscuridad. Se trata de una exigencia que los discípulos de Jesús están llamados a vivir de modo único y privilegiado, pero que, por muchos caminos, sabe abrirse paso en el corazón de cada ser humano.

La paz existe, quiere habitar en nosotros, tiene el suave poder de iluminar y ensanchar la inteligencia, resiste a la violencia y la vence. La paz tiene el aliento de lo eterno, afirmó el Papa León XIV (cfr. León XIV, Mensaje para la Jornada de la Paz 2026). ¡Abrámonos a la paz! Acojámosla y reconozcámosla, en vez de considerarla lejana e imposible. Antes de ser una meta, la paz es un camino y debemos recorrerlo todos.

En unión con el Santo Padre León oremos fervientemente por la paz. Han muerto miles de hermanos nuestros por causa de los conflictos bélicos entre Rusia y Ucrania, y en la guerra en el Medio Oriente. El luto ha llenado de lágrimas a miles de familias que han roto la esperanza en sus corazones. Hermanos: la búsqueda de una paz duradera para toda la familia humana es una tarea urgente.

Cuidemos la paz en Yucatán, pues la paz, que es un don de Dios, también es conquista de cada uno y de todos en conjunto. Trabajemos para que haya paz en cada corazón, en cada familia, en cada barrio, en cada escuela y en cada espacio social. Colaboremos para fortalecer el tejido social, recordando la promesa de la recompensa que nos espera: “Dichosos los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5, 9).

 

275 años del Seminario Diocesano
Por otra parte, nuestro Seminario, hermanos, está cumpliendo en esta ocasión 275 años de su fundación. Esta institución eclesiástica tiene una rica historia en el álbum del recuerdo porque desde su inicio ha engendrado sacerdotes de muy alto nivel pastoral dedicados a vivir -como san Pablo- a un ministerio entregado para gastarse y desgastarse libremente por las almas de los fieles. Todavía viven muchos sacerdotes en nuestra diócesis que recuerdan el trabajo incansable del Rector Mons. Juan Arjona Correa, a quien debemos el edificio que hoy cobija.

Toda vocación, hermanos, surge de la conciencia y la experiencia de un Dios que es Amor (cfr. 1 Jn 4,16). Él nos conoce profundamente, ha contado los cabellos de nuestra cabeza (cfr. Mt 10, 30) y ha pensado un camino único de santidad y de servicio para cada uno. Pero este conocimiento debe ser siempre mutuo; estamos llamados a conocer a Dios por medio de la oración, de la escucha de la Palabra, de los Sacramentos, de la vida de la Iglesia y de la entrega a los hermanos y a las hermanas.

Como el joven Samuel que, durante la noche, quizá de manera inesperada, oyó la voz del Señor y aprendió a reconocerla con la ayuda del sacerdote Elí (cfr. 1 Sam 3,1-10), así también nosotros debemos crear espacios de silencio interior para intuir lo que el Señor tiene en su corazón para nuestra felicidad. No se trata de un saber intelectual abstracto o de un conocimiento teórico, sino de un encuentro personal que transforma la vida. Dios habita en nuestro corazón; la vocación es un diálogo íntimo con Él, que nos llama -a pesar del ruido ensordecedor del mundo- y nos invita a responder con verdadera alegría y generosidad.

A los actuales seminaristas los animo a cultivar su relación personal con Dios a través de la oración cotidiana y la meditación de la Palabra. Deténganse, escuchen, confíen; de ese modo, el don de su vocación madurará, los hará felices y dará frutos abundantes para la Iglesia y para Yucatán. Si buscan la santidad en todas las acciones y momentos dentro y fuera del Seminario, sabrán conservar su vocación.  “Señor danos sacerdotes; Señor, danos muchos sacerdotes; Señor, danos muchos y muy santos sacerdotes”.

Agradezco y animo a todos los monaguillos de Yucatán por la oración que hacen al final de cada misa, pidiendo por los sacerdotes y ofreciendo su vida al Señor. Que San José Sanchez del Río y San Carlo Acutios los sigan inspirando durante su vida.

 

Conclusión
Hermanos, como Rey de la paz, Jesús resucitado quiere reconciliarnos y derribar todos los muros que nos separan de Dios y del prójimo, porque Él «es nuestra paz» (Ef 2,14). En su último grito dirigido a Dios Padre escuchamos el llanto de quienes están abatidos, de quienes carecen de esperanza, de quienes están enfermos, de quienes están solos.

“Santa María, Madre de Dios, danos la certeza de que, la muerte ya no tendrá poder sobre nosotros. Que los días de las injusticias están contados. Que los sufrimientos de los pobres han llegado a sus últimos estertores. […] Y que, por fin, las lágrimas de todas las víctimas de la violencia y el dolor pronto se secarán, como la escarcha bajo el sol de la primavera” (León XIV, Homilía del domingo 29 de marzo 2026).

Que el Espíritu Santo descienda sobre todos nosotros y haga fecunda nuestra vida en el servicio al Señor.

Dado en el Arzobispado de Yucatán, a los 05 días del mes de abril, del Año Jubilar de san Francisco de Asís, Año del Señor 2026.

 

+ Gustavo Rodríguez Vega
Arzobispo de Yucatán

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