CARTA PASTORAL
SOBRE EL AGUA
“¿Cuánto cuesta beber un vaso de agua?”
A todo el Pueblo de Dios que peregrina en Yucatán, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad: Pax!
1. En este tiempo de Cuaresma escuchamos textos de la Sagrada Escritura, como el momento en el que el Señor hace brotar agua de una roca para los israelitas en el desierto, que reniegan por su sed contra Moisés por haberlos sacado de Egipto (cfr. Ex 17, 1-7; Núm 20, 1-13); como cuando en el evangelio de Juan, Jesús le pide agua a una mujer samaritana diciéndole: “Mujer, dame de beber” (Jn 4, 7-14).
He querido iniciar esta breve carta pastoral con la pregunta: “¿Cuánto cuesta actualmente, beber un vaso de agua?” El costo no es solamente monetario sino socio-medioambiental. Nos decía el Papa Francisco: “No hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socio-ambiental” (LS #139). Aún en medio de la zozobra y la espiral de violencia que se vive en el ámbito internacional, al igual que en nuestro territorio nacional, como pastor de esta iglesia arquidiocesana, comparto igualmente la preocupación de quienes habitamos este vasto y privilegiado territorio mayense.
La pregunta parece sencilla, pero no lo es tanto. ¿Cuánto le cuesta ese mismo vaso de agua a una familia de escasos recursos, a una familia de mediana situación, o a una familia pudiente? El costo no es igual, ni su accesibilidad. Hay que preocuparse también de la calidad del agua que estamos bebiendo, no solo en el Península, sino en todo el país.
Insisto, la cuestión no es solamente monetaria, sino también tiene implicaciones medioambientales y sociales. El Papa Francisco nos recordaba: “El agua potable y limpia representa una cuestión de primera importancia, porque es indispensable para la vida humana y para sustentar los ecosistemas terrestres y acuáticos” (LS #28); y en los números 29 y 48 de la misma encíclica, insiste el Papa: “un problema particularmente serio es el de la calidad del agua disponible para los pobres, que provoca muchas muertes todos los días”.
2. Este 22 de marzo, Día Mundial del Agua, como cada año, la Organización de las Naciones Unidas hace un llamado a tomar mayor conciencia del cuidado de los mantos freáticos y del agua en general. Aquí en nuestra amada Arquidiócesis, desde el inicio de mi servicio pastoral, me propuse acompañar esta situación a través de distintas acciones como el “Congreso sobre el agua”, el “Decálogo sobre la Sagrada Agua” y algunas otras cartas pastorales con el mismo fin: fortalecer nuestro compromiso medioambiental desde nuestra fe cristiana y compromiso social.
El cuidado y protección de nuestra cuenca maya no debería ser solo una preocupación local o de cada estado, sino una oportunidad para estrechar lazos de organización y colaboración para abordar de manera integral un problema común. Dichas acciones y compromisos deben de llegar también a las familias, escuelas, empresas, iglesias y todos quienes vivimos en esta hermosa región del país.
3. La experiencia eclesial en defensa de espacios territoriales comunes no es algo nuevo en la Iglesia Católica; pero hace unos años surgieron redes eclesiales territoriales en Latinoamérica, destacando la REPAM (Red Panamazónica de Ecología Integral); la REMAM (Red Mesoamericana de Ecología Integral) misma que a un servidor le toca acompañar; la Cuenca del Gran Chaco; y el Acuífero Guaraní. También, en ocasión a la realización de la COP 30, la Iglesia del Sur Global hizo un vehemente llamado a tejer alianzas frente a una crisis climática cada vez más avasallante.
4. Nuestra realidad maya peninsular no está fragmentada o dividida por entidades estatales, sino que compartimos su origen y destino. Lo que acontece positiva o negativamente, tanto en Campeche como en Tabasco, por poner un ejemplo, repercute de alguna manera u otra en todo el territorio peninsular. Es verdad que hay problemas focales que deben atenderse como tal, pero también es cierto que hay situaciones comunes que son una oportunidad para la integración y cooperación de toda la sociedad.
Los ciclos hidrológicos en toda la cuenca maya están siendo cada vez más amenazados: la imparable deforestación de los montes en toda la Península; el cambio de uso de suelos por quemas intencionadas; las empresas altamente contaminantes del subsuelo y del primer manto freático; el persistente uso de agroquímicos y pesticidas que sigue llegando a la población campesina con apoyos o subvenciones oficiales; la enorme contaminación de ríos, aguadas y cenotes; el lucrativo negocio de inmobiliarias y su imparable carrera por construir casas y fraccionamientos; los malos hábitos con la incapacidad de reciclar nuestros deshechos orgánicos vertiéndolos en el subsuelo; la paulatina desaparición de los humedales y manglares costeros; la llegada de megaempresas que hacen uso de infinidad de metros cúbicos de agua dulce; la composición cárstica de nuestros suelos; en fin, una serie de situaciones y condiciones que se entretejen y que nos colocan frente a un panorama de riesgo.
Resulta muy alentador que en este territorio existan múltiples iniciativas para el cuidado, buen uso y la regeneración de ecosistemas que favorecen la purificación del agua. Por distintos lugares se ven esfuerzos por defender sus territorios, sus suelos, biodiversidad, la restauración de humedales, prácticas agroecológicas que conlleva un uso racional del agua. Hay un buen número de investigadores que contribuyen a mantener en las mesas de diálogo, el tema del cuidado de nuestra cuenca hidrológica. Aunque es alentador, sin embargo, hace falta voluntad y políticas públicas que nos lleven a reconocer el acceso al agua potable como un derecho y no una simple concesión. ¿Cómo priorizar dichas normas en beneficio de las personas más vulnerables? Es muy importante que la sociedad en general sume esfuerzos y podamos dejar un territorio más cuidado y por ende más sustentable.
5. Para un futuro no lejano, se prevé una escasez de agua por el aumento de la producción de alimentos y diversos productos que requieren del agua; la privatización de la misma; la crisis climática y las variaciones de los ciclos hidrológicos, entre otros factores.
La ciencia nos lo señala irrefutablemente: el cuerpo humano de un adulto tiene el 60% aproximadamente de agua, y en el caso de los infantes llega incluso al 80%. Con toda propiedad podemos decir que somos agua. Así mismo lo planteó el Papa Francisco en la Encíclica Laduato Si’ cuando dice que “nuestro propio cuerpo está constituido por los elementos del planeta, su aire es el que nos da el aliento y su agua nos vivifica y restaura” (LS #2).
No olvidemos “que los seres humanos que destruyan la diversidad biológica… degraden la integridad de la tierra y contribuyan al cambio climático, desnudando la tierra de sus bosques naturales o destruyendo las zonas húmedas; que los seres humanos contaminen las agua, el suelo, el aire. Todos son pecados… contra la naturaleza… contra nosotros mismos y un pecado contra Dios” (LS #8). ¡Qué importante resultan estas palabras del Papa Francisco, sobre todo para nuestras prácticas cuaresmales!
6. Al final de este mensaje, hago un vehemente llamado a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, a seguir creando las condiciones para que la “hermana agua” esté limpia y pura para las siguientes generaciones, y desde luego, que sea suficiente.
Saludo con respeto a aquellos grupos de la sociedad civil que desde hace mucho tiempo defienden el territorio maya peninsular y sus distintos ecosistemas. Invito a todos los jóvenes de la Península, sin importar su confesión religiosa, a mostrarse interesados frente a esta grave situación del agua en nuestro territorio. A todas las parroquias, centros de formación, casas religiosas, les pido sumo cuidado en torno a este vital líquido y que promuevan procesos catequéticos y de educación ambiental inspirados en la Doctrina Social de la Iglesia, particularmente en la Encíclica Laudato Si’ y la Exhortación Laudate Deum. Frente a las amenazas que ciernen sobre la sagrada agua ¡que ningún católico sea indiferente!
Que el costo por beber un vaso de agua limpia y pura en unos cinco o diez años, sea el resultado del esfuerzo y la decisión por mejorar las condiciones de vida hoy; así como del cuidado que podamos realizar ahora por nuestros ecosistemas.
¡Alabado seas, mi Señor,
por la hermana agua,
que es muy útil y humilde
y preciosa y casta!
(San Francisco de Asís).
Dado en el Arzobispado de Yucatán, a los 21 días del mes de marzo, del Año Jubilar de san Francisco de Asís, Año del Señor 2026.
+ Gustavo Rodríguez Vega
Arzobispo de Yucatán
