HOMILÍA
V DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Ciclo A
Is 58, 7-10; 1Cor 2, 1-5; Mt 5, 13-16.
“Ustedes son la sal de la tierra. Ustedes son la luz del mundo” (Mt 5, 13-14).
In la’ak’e’ex ka t’ane’ex ich maaya, kin tsikike’ex yéetel kíimaak óolal. Bejlae’ tu lu’umil Yucatane,’ taan kaasik u k’imbesajil “Semana de la Familia”. Ek ojel ya’ab familiaso’ob ti yano’ob ich lo’obile’, yaan palal tan u mu’yajtiko’ob: mina’an wa juntuul ti u tataobi’, wa mix juntuul. Ko’one’ex uts’kintik le familiaso’obo’, bey ku tal le jts’ o’ol ti lek lu’uma’. Tu yo’olal ek familias ko’one’ex beetik je’e bix ku kansik ti to’on Jesús ti le Evangelioa’: “to’one’ex u taap’il yéetel u julil le yo’ok’olkaba”.
Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre y les deseo todo bien en el Señor en este quinto domingo del Tiempo Ordinario.
En algún tiempo se puso de moda dentro de la Iglesia el discutir sobre qué cosa es primero, si la justicia o la caridad; algunos afirmaban que no se podía hablar de caridad mientras no se estableciera la justicia. Creo que ahora nos ha vuelto a quedar claro, que mientras el mundo sea mundo, siempre habrá injusticias. Sólo en el cielo se acabarán las injusticias, porque la injusticia es una de las manifestaciones y consecuencias del pecado.
Tomar la justicia en nuestras manos siempre implica riesgos, así como manifestaciones de injusticias peores de lo que se quiere corregir. Cuando, indebidamente, las multitudes han buscado linchar a algún delincuente, en ocasiones han llegado a ejecutar personas totalmente inocentes.
Nosotros como cristianos que somos, hemos de aceptar que la única, verdadera y definitiva justicia está solamente en las manos de Dios, y que aquí en la tierra son las autoridades que nos gobiernan quienes deben ejercer la justicia. En lo personal lo que nos toca a cada uno, es una tarea doble: no cometer injusticias y hacer obras de caridad.
Esto es lo que el Señor nos dice desde tiempos antes de Cristo a través del profeta Isaías, en el pasaje que hoy escuchamos como primera lectura: “Cuando renuncies a oprimir a los demás y destierres el gesto amenazador y la palabra ofensiva; cuando compartas tu pan con el hambriento y sacies la necesidad del humillado” (Is 58, 9-10), entonces brillará tu luz. En el mismo sentido se expresa el salmo 111, que hoy proclamamos, diciendo que son justos “quienes, compadecidos, prestan y llevan su negocio honradamente… y quien al pobre da limosna y obra siempre conforme a la justicia”.
Por lo tanto, el llamado que Jesús hace hoy a sus discípulos para “ser sal de la tierra y luz del mundo” (Mt 5, 13-14), está en perfecta sintonía y continuidad con el llamado que los profetas hacían al pueblo de Israel de practicar la justicia y la caridad. No es primero la justicia y luego la caridad, ni al revés, sino de manera simultánea. Es más, el amor es primero, si por amor cumplimos con lo que la justicia exige, pues los cristianos hemos de evitar la injusticia, no por miedo al castigo de las autoridades, sino por amor a nuestro prójimo. Por ejemplo, poner a un trabajador en el seguro social y pagarle el salario justo, lo hemos de hacer no por miedo a las multas y recargos, sino por caridad cristiana. Es contradictorio que un cristiano falte gravemente a la justicia y luego ande haciendo obras de caridad.
Jesús nos llama a ser sal de la tierra, es decir, nos llama a darle sabor cristiano a nuestra ciudad, estado y nación, en una palabra, a nuestra sociedad. Si hacemos un sincero examen de conciencia de todas nuestras actividades, negocios y forma de trabajar, podremos concluir si le estamos dando al mundo un sabor cristiano o pagano.
También Jesús nos llama a ser luz del mundo, es decir, a vivir de tal manera que nuestra conducta ilumine a otros orientándolos sobre lo que es correcto. Hay tantas cosas malas que se hacen “en lo oscurito”, en lo escondido. En cambio, lo bueno no debe presumirse, aunque tampoco debe esconderse, ya que es muy conveniente que propongamos a los niños y jóvenes los muchos ejemplos de personas honradas y buenas, que a lo mejor nadie ha tomado en cuenta en los libros de historia, pero que son verdaderos héroes. Las vidas luminosas las encontramos en nuestras familias, y desde luego, en la Iglesia, no sólo en los santos canonizados. Hay que poner en alto todos los buenos ejemplos.
Pasando a la segunda lectura, tomada de la Primera Carta a los Corintios, san Pablo da testimonio de lo nervioso que estaba al llegar a predicarle a esa comunidad, porque ellos conocían la elocuencia y sabiduría de sus grandes filósofos y hombres ilustres. De todos modos, san Pablo no quiso competir contra aquellos sabios, sino que se propuso predicar el Evangelio “por medio del Espíritu y el poder de Dios” (1Cor, 2, 4) y no por medio de la sabiduría humana. Tengamos mucho cuidado de que todo lo que hemos leído o estudiado no se nos vaya a subir a la cabeza, porque nada hay más sabio que el contenido del Evangelio, así como las buenas enseñanzas de nuestros padres y demás antepasados.
En este día damos comienzo en Yucatán a la tradicional Semana de la Familia que este año lleva por título: “Reconstruir la Familia para Construir la Paz”. La institución familiar ha sido dañada de múltiples maneras en los últimos tiempos. Los niños que crecen en ambientes familiares violentos, así como los que sufren el abandono de uno de sus progenitores o de ambos, tienen grandes posibilidades de que al crecer no les importe reproducir la violencia en contra de cualquier persona. Hay mucho qué hacer por las familias. Definimos que reconstruir las familias dañadas por la violencia y por las ideologías de moda, ayuda mucho a construir la paz.
Pidamos a la Sagrada Familia, constituida por Jesús, María y José, por todas las familias de Yucatán. Ayudemos en cuanto podamos, a reconstruir las familias, lo cual significa construir la paz.
Que tengan todos una feliz semana. ¡Sea alabado Jesucristo!
+ Gustavo Rodríguez Vega
Arzobispo de Yucatán
