HOMILÍA
SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS
INICIO DEL NUEVO AÑO 2026
Ciclo A
Nm 6, 22-27; Gál 4, 4-7; Lc 2, 16-21.
“María guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón” (Lc 2, 19).
In láak’e’ex ka t’aane’ex ich maaya kin tsikike’ex yéetel ki’imak óolal, le yáax k’iin te’ tumbel ja’aba, kin k’áat óoltik junp’éel ja’ab chuup yéetel Kili’ich toj óolal, u yaabila’ Yuumtsil yéetel a ch’i’ibale’ex, yanak ichile’ex ya’abach toj óolal. Bejla’e’ k’iinbejsik Kili’ich María u Maama’ Yuumtsil, bey xan k’iinbejsik u ki’inil yóok’ol kab Jets’ óolal.
Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre, hoy en el primer día del año; también recordamos el día en el que el Niño fue circuncidado y recibió el nombre de Jesús; y es además la fiesta de Santa María, Madre de Dios, junto con la 59º Jornada Mundial de la Paz.
Ha terminado el Año Jubilar, “Peregrinos de la Esperanza”. Conservemos y hagamos crecer todas las gracias que el Señor nos concedió en este Jubileo. Sigamos caminando en este novenario de años hacia la celebración del quinto centenario de las apariciones de nuestra Señora de Guadalupe en el 2031; y también caminemos hacia el “Jubileo de la Redención”, en el 2033, cuando se cumplirán dos mil años de la redención de nuestro Señor Jesucristo.
El texto del mensaje de la 59º Jornada Mundial de la Paz del Papa León XIV, lleva por título: “Hacia una paz desarmada y desarmante”. Dice el Papa que: “Esta es la paz de Cristo resucitado, una paz desarmada y una paz desarmante, humilde y perseverante. Proviene de Dios, Dios que nos ama a todos incondicionalmente”.
Continúa el Santo Padre, diciendo: “Ya sea que tengamos el don de la fe, o que nos parezca que no lo tenemos, queridos hermanos y hermanas, ¡abrámonos a la paz! Acojámosla y reconozcámosla, en vez de considerarla lejana e imposible. Antes de ser una meta, la paz es una presencia y un camino”.
“El camino de Jesús sigue siendo motivo de turbación y de temor. Y Él repite con firmeza a quien quisiera defenderlo: ‘Envaina tu espada’ (Jn 18, 11; cfr. Mt 26, 52). La paz de Jesús resucitado es desarmada, porque desarmada fue su lucha, dentro de circunstancias históricas, políticas y sociales precisas”.
“La bondad es desarmante. Quizás por eso Dios se hizo niño. El misterio de la Encarnación, que tiene su punto de mayor abajamiento en el descenso a los infiernos, comienza en el vientre de una joven madre y se manifiesta en el pesebre de Belén. ‘Paz en la tierra’ cantan los ángeles, anunciando la presencia de un Dios sin defensas, del que la humanidad puede descubrirse amada solo cuidándolo (cfr. Lc 2,13-14)”.
Luego en el mensaje, hace referencia al Papa san Juan XXXIII, que escribió en el año 1963 su Encíclica sobre la paz. San Juan XXIII introdujo por primera vez la perspectiva de un desarme integral, que sólo puede afirmarse mediante la renovación del corazón y de la inteligencia. Así escribía en la Pacem in Terris: “Todos deben, sin embargo, convencerse que ni el cese en la carrera de armamentos, ni la reducción de las armas, ni, lo que es fundamental, el desarme general son posibles si este desarme no es absolutamente completo y llega hasta las mismas conciencias; es decir, si no se esfuerzan todos por colaborar cordial y sinceramente en eliminar de los corazones el temor y la angustiosa perspectiva de la guerra”.
(Mensaje de SS León XIV por la 59º Jornada Mundial de la Paz)
https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/messages/peace/documents/20251208-messaggio-pace.html#_ftn1
Pasando a las lecturas de hoy, el texto del Libro de los Números nos trae la instrucción de Dios a Moisés, sobre el modo en el que los sacerdotes deben bendecir a su pueblo. El mensaje para nosotros es que Dios toma la iniciativa para bendecirnos, y que podemos acercarnos con confianza a sus ministros, al Papa, a los Obispos y a los Sacerdotes y Diáconos para recibir la bendición de Dios, que obra por el poder de Dios y la fe de los creyentes. Es muy oportuno este pasaje en este momento en que nos disponemos a iniciar un nuevo año. Así lo pedimos hoy con el Salmo 66: “Ten piedad de nosotros, Señor, y bendícenos”.
El texto de la Carta a los Gálatas, en la segunda lectura, trae la afirmación de que Dios nos envió a su Hijo, “nacido de una Mujer”. Hoy celebramos a María como Madre de Dios. Quien diga que María no es madre de Dios, sino sólo del hombre Jesús, está cayendo en una clara y tremenda herejía contra nuestra fe en la encarnación del Hijo de Dios. Porque si Dios Hijo se encarnó, fue él mismo quien nació de la Santa Virgen, ya que en él hay solamente una persona de naturaleza divina, y al encarnarse y nacer de María, sumó a su persona la naturaleza humana.
Durante el primer siglo del cristianismo los discípulos se dedicaron a “digerir” el Misterio de la Encarnación de Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Fue a partir del siglo II cuando los obispos y los Santos Padres de la Iglesia comenzaron a descifrar el misterio realizado en María Virgen y Madre, y en el Concilio de Éfeso (431) quedó finalmente definido el dogma de la “Maternidad Divina de María”, en el que ya creía el pueblo santo de Dios.
El evangelio de hoy, según san Lucas, inicia con la adoración de los pastores al Niño Dios, y el compartir a María y José su experiencia del anuncio que recibieron por parte de los ángeles del Señor, pero también compartieron su experiencia a muchas personas más, y dice el texto que “cuantos los oían quedaban maravillados” (Lc 2, 18).
María y José humanamente no podían alcanzar a asimilar estas cosas, por eso María “guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón”. Si los niños no logran entender tantas cosas a los adultos, ¿cómo queremos nosotros entender todo lo que Dios nos dice a cada paso de nuestra vida? Por eso, aprendamos de María a guardar todo lo que no entendamos para meditarlo en nuestro corazón. El tiempo, con la gracia de Dios, nos traerá la comprensión de lo que hoy no entendemos.
“Los pastores se volvieron a sus campos, alabando y glorificando a Dios por todo cuanto habían visto y oído, según lo que se les había anunciado” (Lc 2, 20), y seguramente toda la vida recordaron aquella noche santa, noche de paz, cuando vieron aquel niño, y también es seguro que transmitieron su experiencia a sus hijos y nietos. El Evangelio vivo se transmitió primero oralmente, y luego los evangelistas recogieron estas tradiciones que circulaban, y san Lucas las complementó con el testimonio directo de María Santísima.
Hoy se cierra la Octava de la Navidad, hoy se cumplen ocho días y el pasaje evangélico nos dice que: “Cumplidos los ocho días, circuncidaron al niño y le pusieron el nombre de Jesús” (Lc 2, 21). Así María y José cumplieron la ley de Moisés al unir a su Hijo al pueblo judío mediante aquel rito; además cumplieron con la orden que Dios les dio a través del ángel de ponerle al niño el nombre de Jesús, que significa “Yavhéh salva”. Muchos hombres y mujeres antes y después de Cristo han llevado ese nombre, pero sólo en él ese nombre cumple plenamente su significado.
Muchos bautizados hoy en día, llevan nombres poco dignos de su condición de discípulos de Jesús. Puede ser que algunos tengan un nombre con un significado bello y provocador para una vida digna, sin embargo, todos los bautizados llevamos el nombre de cristianos, y ese nombre nos compromete a vivir tal y como él nos enseñó.
En nombre de Dios y de su santa Madre, iniciemos este nuevo año 2026.
¡Sea alabado Jesucristo!
+ Gustavo Rodríguez Vega
Arzobispo de Yucatán
