Homilía Arzobispo de Yucatán – XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A

HOMILÍA
XXXIII DOMINGO ORDINARIO
Ciclo A
I JORNADA MUNDIAL DE LOS POBRES
Prov 31, 10-13, 19-20, 30-31; 1Tes 5, 1-6; Mt 25, 14-30.

“Entra a tomar parte
de la alegría de tu Señor” (Mt 25, 21).

 

Ki’ olal lake’ex ka t’ane’ex ich maya kin tsik te’ex ki’imak óolal yéetel in puksi’ikal. Bejla’e’ kiimbesik le Jornada Mundial ti’ o’tsilo’obo, túux Ku ya’alik to’ on Papa Francisco, ka mach u ba’akel Cristo ti le otsilo’obo’.

 

Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre y les deseo todo bien en el Señor. Hoy celebramos la primera “Jornada Mundial de los Pobres” a la que nos convocó el Papa Francisco. No se trata de hacer una colecta en favor de los pobres, sino una jornada en la que todos salgamos beneficiados, porque tocar la carne del pobre es tocar la carne de Cristo.

Esta jornada nos llama a “tender la mano a los pobres, a encontrarlos, a mirarlos a los ojos, a abrazarlos, para hacerles sentir el calor del amor que rompe el círculo de soledad” (Mensaje del Papa Francisco por la “I Jornada Mundial de los Pobres” n. 3). Los invito para que alarguemos esta jornada a toda la semana, para que lleguemos a la solemnidad de Cristo Rey enriquecidos por este encuentro con Cristo en la persona de los pobres.

Nick Vujicic es un hombre con capacidades diferentes que no tiene brazos ni piernas, y no sólo aprendió a valerse por sí mismo, sino que es un famoso conferencista, gran motivador de todos los que le escuchan. Así como él, hay muchas más personas que son un ejemplo asombroso de cómo a pesar de tener limitaciones físicas, económicas o académicas, no dependen de la lástima o de la auto compasión, sino que viven alegres aceptando su realidad y buscando salir adelante en sus necesidades y hasta incluso ayudando a otros. Algunas de estas personas son famosas, aunque seguramente cada uno de nosotros conocerá gente ejemplares que queda en el anonimato dando testimonio a los más cercanos.

Por el contrario, existen muchas personas que desperdician los recursos con los que nacen: aquellos que por pereza, vicios o torpeza malgastan y acaban con la fortuna que heredaron y que costó mucho trabajo de sus padres y abuelos; aquellos que nacieron saludables pero que luego abusan en el comer, en el beber o en uso de estimulantes y van minando su salud en forma suicida; jóvenes que no aprovechan sus oportunidades de estudio y fracasan en su intento o pasan de manera corrupta; personas que teniendo un trabajo lo pierden por sus faltas y negligencias, etcétera.

La Palabra de Dios en la primera lectura de este domingo, tomada del Libro de los Proverbios, exalta la gran calidad humana de una mujer que como esposa y madre, trabaja incansablemente para que no falte nada a los suyos, y se da espacio en su corazón y en su actividad para atender las necesidades de los pobres y desvalidos. Dice el texto: “Son engañosos los encantos y la vana hermosura; merece alabanza la mujer que teme al Señor. Es digna de gozar del fruto de sus trabajos y de ser alabada por todos” (Prov 31, 30-31).

Seguramente habrá muchos feministas que no gusten de este pasaje y que piensen que el trabajo del hogar es denigrante para la mujer, sin embargo la Palabra de Dios no se equivoca y aunque los tiempos han cambiado, y muchas mujeres trabajan en distintos espacios del campo laboral, lo hacen con igual o más calidad que los varones. Aunque muchos esposos justamente colaboran hoy con los quehaceres del hogar, sigue habiendo mujeres incluso profesionistas, que han optado por permanecer en casa atendiendo todas las labores domésticas, realizándolas con alegría y amor sin sentirse esclavas, por el contrario, sintiéndose plenamente realizadas y felices ya que no querrían confiarle a nadie el cuidado de su casa y de los suyos.

Lo importante es hacer las cosas con nuestro mejor empeño y valorar todos los trabajos, no en razón del salario pues en el hogar no hay sueldo, además que los salarios suelen ser insuficientes y no correspondientes al esfuerzo y calidad de nuestro trabajo, sino en razón de la oportunidad que nos dan para realizarnos como personas sirviendo a los demás y alabando al Señor con nuestras labores. Mucha gente no sabe que el trabajo es lugar para nuestra santificación.

Es en el trabajo del hogar, de la escuela, del taller, de la fábrica, de la oficina o de la evangelización, donde cada persona tiene la oportunidad de aplicar toda su inteligencia, su fuerza física y sus capacidades, sirviendo al prójimo lo mejor posible, buscando el pan de cada día, alabando a Dios e imitando al Hijo del carpintero que también trabajó con sus propias manos.

En español la palabra “talento” significa la habilidad para cantar, bailar, pintar, administrar o para cualquier otra actividad humana. Pero en el Evangelio, talento se refiere a una medida económica que existía en el mundo hebreo del tiempo de Cristo y que tenía un valor total de veintiún mil gramos de plata. Tengamos en cuenta que un “denario” equivalía a sólo cuatro gramos de plata y que un jornalero ganaba un denario diario. Así que hoy en día podríamos decir que recibir un talento equivaldría a recibir 5,250 días de salario mínimo.

Esto nos ayuda a entender la parábola del evangelio de hoy, en la cual se nos habla de un señor que antes de salir de viaje, repartió a tres de sus servidores alguna cantidad de talentos: cinco talentos a uno, dos talentos otro y un talento al tercero, de los cuales les pidió cuentas a su regreso (cfr. Mt 25, 14-30). El que recibió cinco talentos, le entregó otros cinco conseguidos con su trabajo; el que recibió dos, le entregó otros dos ganados con su trabajo; pero el que recibió uno se lo devolvió tal cual sin ganancia alguna, y además se disculpó acusando a su señor diciéndole: “Señor, yo sabía que eres un hombre duro, que quieres cosechar lo que no has plantado y recoger lo que no has sembrado”.

Todos nosotros hemos recibido de Dios por lo menos el talento de la vida, y cada uno podrá juzgar cuántos talentos más habrá recibido junto con la existencia: una familia, la salud, cualidades de variados tipos además de todos los talentos que nos vienen junto con la fe. ¿Qué cuentas le daremos al Señor al final de nuestra vida? No es necesario esperar al final de los tiempos. A simple vista miramos a quienes se la pasan quejándose de lo que no tienen o envidiando lo que otros tienen; también nos encontramos con quienes culpan a Dios por no tener lo que quisieran.

Pongamos pues todo nuestro empeño en aprovechar y sacarle brillo a los talentos que hemos recibido. Estemos cada día preparados para darle cuentas al Señor de la administración de nuestra vida, como dice san Pablo hoy en su Carta a los Tesalonicenses, afirmando que la segunda venida de Cristo no tomará por sorpresa a los hijos de la luz, porque ellos se mantienen despiertos y viviendo sobriamente. Sólo así cada día y al final de nuestra vida escucharemos la invitación: “Entra a tomar parte de la alegría de tu Señor” (Mt 25, 21).

Feliz semana a todos. ¡Sea alabado Jesucristo!

+ Gustavo Rodríguez Vega
Arzobispo de Yucatán

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