Homilía Arzobispo de Yucatán – XXX Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo B

HOMILÍA
XXX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Ciclo B
Jer 31, 7-9; Heb 5, 1-6; Mc 10, 46-52.

“Recobró la vista y comenzó a seguirlo por el camino.” (Mc 10, 52)

 

Ki’óolal lake’ex ka t’aane’ex ich maya, kin tsik te’ex ki’imak óolal yéetel in puksi’ikal. U T’aan Yuumtsil bejla’e, ku ya’alike’ Jesús tu beeta’ u páajtal u páakat le ch’óopo’, le kaj dso’ok u wustal u páakate’ ka bíin tu paach Jesús ki’imak u yóol.

 

Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre y les deseo todo bien en el Señor en este trigésimo domingo del Tiempo Ordinario.

En estos últimos días hemos seguido en las noticias la dramática caminata de tres grupos multitudinarios de hondureños, que más que seguir el llamado “sueño americano”, van huyendo de la pesadilla hondureña. Desde hace al menos diez años la proporción de migrantes hondureños ha superado el porcentaje de migrantes salvadoreños, guatemaltecos y mexicanos, lo cual pude comprobar siendo obispo de Nuevo Laredo. Es evidente la manipulación política de quienes están detrás de la organización de estas marchas y no tiene justificación esta perversidad, que así lucra con los pobres desesperados.

Al mismo tiempo, son maravillosos los gestos humanitarios de solidaridad que se dan entre los peregrinos, así como las caridades que van surgiendo en el camino de parte de las Iglesias, de las asociaciones y de las personas en particular. Oremos por todos y cada uno de los migrantes; pidamos por los jefes de las naciones involucradas, para que tomen las decisiones y acciones más cristianas en favor de todos ellos.

También nos hemos enterado de todos los daños causados por distintos fenómenos meteorológicos en varios lugares de México. Aquí en nuestra Iglesia de Yucatán estamos organizando una recolección de víveres en cada una de nuestras parroquias, para luego enviar nuestra ayuda a la diócesis de San Andrés Tuxtla, que entre los damnificados es el lugar necesitado más cercano a nosotros. Igualmente harán otras diócesis que enviarán sus ayudas a los necesitados más cercanos, así como las diócesis de paso de los migrantes se dedicarán a auxiliar a estos hermanos. Este es un tiempo extraordinario para la caridad: llevemos nuestras ayudas a la propia parroquia.

La primera lectura de hoy tomada del profeta Jeremías, presenta el anuncio del regreso del pueblo de Israel del destierro en Babilonia a su propia tierra. El mismo profeta que les anunciaba el castigo del próximo destierro, ahora les anunciaba que habrá luego un retorno. Regresará un pueblo de hombres y mujeres pobres, disminuidos, entre los que vendrá el ciego, el cojo, la mujer encinta y la que acaba de dar a luz; una multitud que viene llorando, pero que será consolada por su Señor. Esto es una figura de nuestra vida de destierro en “este valle de lágrimas”, de un pueblo creyente que va camino a la casa del Padre, nuestra patria eterna.

Esta profecía mesiánica se cumple en el evangelio de hoy según san Marcos, en el cual leemos que Jesús le devuelve la vista a un ciego de nacimiento, y éste una vez recuperado, le sigue gozoso por el camino. El ciego se encontraba sentado al borde del camino y luego termina siguiendo a Jesús, dando saltos de júbilo. Esta palabrita, “camino”, es una clave teológica pues significa la vida cristiana, la cual no puede consistir en estar establecidos fijamente. Creer en Cristo implica no estar fijo en las propias ideas y costumbres, sino el dinamismo de quien va descubriendo en el camino de seguimiento a Jesús, nuevos retos y desafíos de justicia y caridad.

Como dice nuestro dicho: “No hay peor ciego que el que no quiere ver”. El que quiera recibir la luz de Cristo, podrá ver la vida de un modo totalmente nuevo. Este ciego antes pedía limosna junto al camino; pongamos atención para no pasar la vida pidiendo limosna a la suerte, al destino o una persona de la que dependamos en cualquier forma. Seamos ricos en un amor correspondido al cien por ciento, como nadie jamás nos va a corresponder: el amor de Cristo; seamos libres, no deseando otra cosa que hacer la voluntad del Señor; tengamos paz, sabiendo ya con seguridad cuál es nuestro destino: la casa del Padre.

El ciego le gritaba a Jesús Nazareno diciendo: “Jesús, hijo de David, ten compasión de mí” (Mc 10, 47). Lo cual significa una confesión de fe en que Jesús es el Mesías esperado, capaz de curarlo, tal como lo anunciaban las profecías. La gente reprendía al ciego porque le molestaban sus gritos. También nosotros podemos encontrar en la vida quien quiera acallar nuestra voz que clama buscando al Señor; por eso necesitamos perseverar como el ciego aquel y superar los deseos humanos que quieren frenar nuestra búsqueda.

Jesús pide que llamen al ciego y algunos lo hacen. Tal vez tu tarea, si ya ves con la luz de Cristo, sea ir a llamar a otros para que vengan a su encuentro, y decirle a esos otros: “¡Ánimo! Levántate, porque él te llama”. No queramos ocupar el lugar de Jesús, llevemos a nuestros hermanos hacia él.

La segunda lectura de hoy continúa con la Carta a los Hebreos, que describe las enormes diferencias entre el sacerdocio de Cristo y el del Antiguo Testamento. Los sacerdotes en Israel tenían que ofrecer sacrificios, primero por sus propios pecados, luego otros sacrificios por los pecados del pueblo. Jesús, sumo y eterno sacerdote, quien no conoció pecado, con un sólo sacrificio realizó la salvación de la humanidad de todos los tiempos.

Los sacerdotes del Nuevo Testamento, tan pecadores o tan santos como los del Antiguo Testamento, recibimos el sacerdocio no por descendencia, sino por un llamado de Dios. Nuestro “sacrificio único” es el mismo sacrificio único de Cristo, ofrecido simultáneamente por nuestros pecados y los del mundo entero. El sacerdote “es un hombre escogido entre los hombres”; por eso cualquier sacerdote como hombre que es, puede caer en graves pecados. Puesto que no somos ángeles, tenemos que cuidar nuestra vida cristiana para no caer en tentación; y también los fieles tienen que orar por sus sacerdotes para que nos conservemos puros, castos y fieles, llenos de caridad en el servicio de nuestros hermanos.

Ahora estamos siendo testigos de muy tristes experiencias de sacerdotes que han cometido pecados abominables en contra de menores de edad, así como gravísimos errores de obispos en la forma de abordar estas situaciones. Esto que hoy vivimos debe ser una auténtica purificación de la Iglesia y al final del día una gran bendición para todos. Por eso aunque termine el mes de octubre, sigamos con el rezo del santo Rosario, con la oración “Bajo tu amparo” y con la invocación a san Miguel Arcángel, para que así podamos vencer las asechanzas del enemigo. La santidad de nuestro sumo y eterno Sacerdote, Jesucristo nuestro Señor, destruirá los pecados de la Iglesia y del mundo, salvando a cuantos lo acepten.

Cambiando de tema, durante esta semana tendremos las grandes celebraciones de la “Solemnidad de todos los Santos”, y la “conmemoración de todos los fieles difuntos”. Por fin pude ver hace poco la famosísima película llamada “Coco” (2017) que tanto ha gustado y tantos aplausos ha ganado. Es una película muy bien realizada como todas las de la empresa Disney, pero el mensaje que encierra es totalmente anticristiano, pues su afirmación y tesis de principio a fin es esta: los muertos viven mientras se les recuerda.

Ese pensamiento es totalmente pagano. Los romanos antes de Cristo reflejaban esas ideas en sus monumentos dedicados a grandes personajes, con la leyenda “ad perpetuam rei memoriam”, es decir, “para que siempre sea recordado”; pues decían que mientras la gente viera los monumentos, esos muertos iban a ser recordados y por lo tanto vivirían. Nuestra fe cristiana nos dice que los muertos que hicieron el bien, viven en la presencia de Dios, independientemente de nuestra memoria. Nosotros no recordamos a nuestros fieles difuntos y a nuestros santos para que vivan, sino precisamente, porque viven, los recordamos.

Esperemos que como cristianos, nos vayamos apartando de esas modas televisivas y de cine del absurdo de los muertos vivientes, así como de esas tradiciones paganas del Halloween. Valoremos en cambio nuestro “Hanal Pixán”, con el fervor de quien sabe que sus difuntos viven en la Casa del Padre. Celebremos nuestro 2 de noviembre, sin descuidar en el 1º de noviembre, la fiesta de todos los santos; pues nuestros difuntos, si creyeron y esperaron en Dios, tarde o temprano formarán parte de esa multitud celestial que nadie puede contar (cfr. Ap 7, 9).

Que tengan todos una muy feliz semana. ¡Sea alabado Jesucristo!

 

+ Gustavo Rodríguez Vega
Arzobispo de Yucatán

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