Homilía Arzobispo de Yucatán – XXVII Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A

HOMILÍA
XXVII DOMINGO ORDINARIO
Ciclo A
Is 5, 1-7; Flp 4, 6-9; Mt 21, 33-43.

“La viña del Señor es la casa de Israel” (Is 5, 7).

 

Ki’ olal lake’ex ka t’ane’ex ich maya kin tsik te’ex ki’imak óolal yéetel in puksi’ikal. Te domingoa táan kasik u kiinil familia te’ tu lu’umil Yucatán. Yuumtsil p’áatak ichi tuláakal familia.

 

Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre y les deseo todo bien en el Señor.

Hoy quiero enviar un saludo particular a todos los religiosos y religiosas de nuestra Arquidiócesis, especialmente a quienes se encuentran reunidos para su retiro mensual; saludo a las jóvenes reunidas hoy en el Círculo Vocacional para la Vida Consagrada; saludo a los muchachos que desde ayer están reunidos en el Seminario Mayor para su primer Círculo Vocacional; y finalmente saludo todas y cada una de las familias de Yucatán, hoy que iniciamos la “Semana de la Familia”. Ojalá que muchos de ustedes puedan participar en las reflexiones propias de esta semana y nos digan a nosotros sus pastores, sus obispos y sacerdotes de Yucatán, lo que necesitan de nosotros; así como su opinión, por dónde debe caminar la evangelización aquí y ahora. En este domingo nuestras Eucaristías son ofrecidas por la unidad de nuestras familias y su salud física y espiritual.

Seguramente todos ustedes al igual que un servidor, estarán impactados por el terrible atentado en las Vegas, Nevada, el pasado 1º de octubre, en el que un solo francotirador dio muerte a 58 personas e hirió a más de quinientas, siendo este el más siniestro de todos los tiroteos en la historia de Estados Unidos y del mundo. Es increíble además que en estos primeros diecisiete años del tercer milenio ya se hayan cometido un total de 273 atentados de esta naturaleza, donde una persona dispara contra gente inocente sin ningún motivo aparente. Si queremos encontrar un porqué de todo esto, más allá de los trastornos que muchos norteamericanos sufren por haber participado en distintas guerras, debemos advertir que en posesión de los ciudadanos del vecino país se calculan alrededor de 270 millones de armas, y que cualquier ciudadano de 21 años en adelante tiene derecho de adquirirlas. Lo más grave es que tiroteos de estos animan a muchos más a conseguir armas para su autodefensa.

Las fábricas de armamento en Estados Unidos han surtido de armas a los indios y al ejército, al Norte y al Sur; y en otros países como el nuestro, han surtido a conservadores y liberales, a revolucionarios y a federales, a bandas del narco y a nuestras autoridades… a todos cuantos se enfrentan entre sí. Por supuesto que se fabrican armas en diferentes países del mundo, pero el derecho de los ciudadanos americanos para armarse deja enormes ganancias a los fabricantes, lo mismo que cualquier otra guerra donde los únicos ganadores son los dueños de estas empresas. El enriquecimiento de unos cuantos prevalece sobre el respeto a la vida de miles y miles de personas en el mundo entero. El Papa Francisco lo ha dicho en varias ocasiones, el dinero está hecho para servir, no para ser servido.

¿Cómo es que alguien que se enriquece fabricando y vendiendo armas puede a la vez leer la Sagrada Escritura e ir a la Iglesia los domingos? Cada persona, cada cristiano, cada comunidad cristiana, es como una viña que en lugar de dar frutos dulces, puede producir uvas amargas. No cabe duda que el ser humano es el ser más contradictorio y el misterio más difícil de interpretar por el mal uso que le da a su libertad. Yo creo que más criminal que alguien que enloquece y dispara, es el que lucra a costa de la vida humana fabricando armas o fabricando guerras. Si añadimos la riqueza que genera la venta de drogas y de alcohol, tenemos otro elemento que empuja a la violencia y que establece una combinación perversa con las armas. En esto sigue estando también como último factor la búsqueda frenética del enriquecimiento de unos cuantos.

Las plantas que dan como fruto las uvas y el vino, las viñas, eran cultivadas por el pueblo de Israel desde la antigüedad y formaban parte de su cultura, como para nosotros lo es el maíz. En la poesía hebrea la viña era símbolo de la mujer amada. Esto es muy importante para comprender y dimensionar el mensaje del evangelio de hoy según san Mateo, así como de la primera lectura tomada del Profeta Isaías.

Es por eso que Isaías inicia su pasaje de hoy refiriéndose a Dios como a un enamorado y dice: “Voy a cantar, en nombre de mi amado, una canción para su viña” (Is 5, 1). Y luego describe lo que hizo con su viña, cómo le preparó el terreno y cuidó de ella, depositando en ella su esperanza para que le diera buenas uvas, pero… he ahí que la viña le dio uvas amargas. El Señor se queja por esa gran decepción amorosa diciendo: “¿Qué más pude hacer por mi viña, que yo no lo hiciera?” (Is 5, 4). Luego vienen una serie de castigos o consecuencias que se derivan del mal comportamiento de esa viña, y con toda claridad se dice lo que recitamos al salmodiar el salmo 79: “La viña del Señor es la casa de Israel”.

Dice el profeta Isaías que “El Señor esperaba de ellos que obraran rectamente y ellos, en cambio, cometieron iniquidades; Él esperaba justicia y sólo se oyen reclamaciones” (Is 5, 7). Hoy en día nuestro Padre celestial continúa esperando obras de rectitud y de justicia, pero sigue encontrando entre nosotros corrupción y todo tipo de injusticias. Muchos son los que le reclaman a Dios por todas las cosas feas que suceden, criminalidad, violencia, maldad e injusticia; cuando en realidad todo esto viene de manos humanas, que también son responsables del calentamiento global por la falta de respeto a nuestra madre tierra, sobreexplotada para enriquecimiento de unos cuantos. Nuestra tierra maltratada nos trae por eso más frecuentes y más tremendos huracanes, terremotos e inundaciones que no deberían ocurrir, al menos no con esa frecuencia e intensidad. Estas cosas no son castigo de Dios, sino consecuencia de nuestras acciones o de nuestra pasividad.

Jesús en el evangelio de hoy, dirige una parábola a los sacerdotes y a los ancianos del pueblo, en la que compara al pueblo de Dios con un viñedo cuyo viñador es el Señor. El viñador con mucho amor levantó su viña, que luego alquiló a unos viñadores y se fue de viaje. Mas luego estos viñadores no querían pagar la renta de la viña y maltrataban a los enviados del viñador, quien finalmente les envía a su propio Hijo pensando que a Él sí lo respetarían, pero no fue así, sino que mataron al hijo del viñador. Con esta parábola Jesús resumía la historia del pueblo de Israel, la viña amada de Dios, cuyos responsables eran los sacerdotes y ancianos del pueblo, los cuales no respetaron a los profetas enviados, así como no estaban respetando al Hijo a quien luego conducirían a la muerte.

Pero no se trata sólo de una historia del pasado, sino de una historia que continúa en la cual Dios sigue esperando que los viñadores, el Papa, los obispos, sacerdotes, diáconos y demás evangelizadores, no nos comportemos como los dueños de la viña que es la Iglesia, sino como servidores de Dios y de los fieles miembros de nuestras comunidades eclesiales. Dios nos habla a todos, ya que tampoco quienes nos gobiernan son dueños de los pueblos, sino por el contrario, son hombres y mujeres que están para servirnos.

Quien se aproveche de su autoridad para cometer injusticia y corrupción, puede ser que se escape de la justicia humana, pero no podrá esquivar la justicia divina. Tampoco los padres de familia son dueños de sus hijos, y cómo cuesta respetar la libertad de los hijos cuando ellos justamente y con la edad suficiente, toman decisiones que quizá no convencen a sus progenitores. Nadie es dueño de nadie, pero la verdad es que la mayoría no se da cuenta de la esclavitud que existe en nuestro tiempo y de la trata de personas tan extendida por el mundo entero.

Con todo, hay que afirmar con fe y honor a la verdad, que es más lo bueno que lo malo, y aceptar la invitación que nos hace hoy san Pablo en la segunda lectura, tomada de la Carta a los Filipenses: “Aprecien todo lo que es verdadero y noble, cuanto hay de justo y puro, todo lo que es amable y honroso, todo lo que es virtud y merezca elogio” (Flp 4, 8).

Una Iglesia en salida misionera debe ir a enfrentar todas estas realidades actuales, y en esta “Semana de la Familia” tomemos conciencia mediante el lema: “¡Con Familias que comparten su fe, hagamos una Iglesia Misionera!”.

Que tengan una feliz semana. ¡Sea alabado Jesucristo!

 

+ Gustavo Rodríguez Vega
Arzobispo de Yucatán

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