Homilía Arzobispo de Yucatán – XXI Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo B

HOMILÍA
XXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Ciclo B
Jos 24, 1-2. 15-17. 18; Ef 5, 21-32; Jn 6, 55. 60-69.

“¿Señor, ¿a quién iremos?” (Jn 6, 68).

 

Ki’óolal lake’ex ka t’aane’ex ich maya, kin tsik te’ex ki’imak óolal yéetel un puksi’ikal. U ma’alo’ob T’aan Yuumtsil bejla’e ku ya’alike’ tu chaj u bíin tuláakal le muuch máako’obo’ mina’an yóolol ti leti’, kaj p’atak cheen yéetel le lajun ka’a túul aj kanbalo’obo’, le máaxo’ob ku oksaj óoltiko’obo’, tumen cheen ti’ leti’ yaan u yóolo’ob ti u T’aan mina’an u xuul.

 

Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre y les deseo todo bien en el Señor, en este domingo vigésimo primero del Tiempo Ordinario.

El Pasado lunes 20 de agosto, el Papa Francisco publicó una “Carta al Pueblo de Dios”, en la cual invita a todos los miembros de nuestra Iglesia a compartir el dolor y la vergüenza a causa del gran número de abusos de menores por parte de miembros del clero, así como a ser solidarios en la oración y el ayuno para erradicar estos gravísimos pecados.

Dice el Papa en esta carta:

“Es imprescindible que como Iglesia podamos reconocer y condenar con dolor y vergüenza las atrocidades cometidas por personas consagradas, clérigos e incluso por todos aquellos que tenían la misión de velar y cuidar a los más vulnerables. Pidamos perdón por los pecados propios y ajenos. La conciencia de pecado nos ayuda a reconocer los errores, los delitos y las heridas generadas en el pasado y nos permite abrirnos y comprometernos más con el presente en un camino de renovada conversión”.

A parte de lo que cada uno en particular ore y ayune, ya buscaremos el momento y el modo en que podamos quizá tener una manifestación comunitaria de esta solidaridad que pide el Santo Padre.
Cfr. http://w2.vatican.va/content/francesco/es/letters/2018/documents/papa-francesco_20180820_lettera-popolo-didio.html

Este día oremos muy especialmente al Señor por todas las familias. Del pasado martes 22 de agosto hasta el día de hoy, se ha llevado a cabo en Dublín el IX Encuentro Mundial de las Familias, bajo el lema “El Evangelio de la familia, alegría del mundo”. En verdad, la buena nueva del Evangelio de la familia debe traer gozo para todo el mundo. No se trata de negar las múltiples realidades que vive la familia de hoy, las cuales hay que respetar, sino que la intención es seguir anunciando el plan original de Dios para la familia. Así cada joven cristiano, muchacho o muchacha, que tenga el proyecto de realizar este plan, si Dios lo llamara a la vida matrimonial, a fundar una familia, confiando en Él y poniendo todo de su de su parte, con ayuda de la Iglesia, sabrá que lo puede realizar.
Cfr. https://www.worldmeeting2018.ie/es/

Estos encuentros mundiales ayudan para conocer la realidad que vive la familia cristiana en la actualidad, lo mismo que la de la mayoría de las familias del mundo, así como también para buscar los caminos que lleven a proteger esta santa institución, para bien de todos, especialmente de los más pequeños. En este encuentro no se buscará una nueva doctrina de la Iglesia sobre la familia, sino la pastoral necesaria que hoy en día se requiere para acompañar a las familias. A la luz de la Exhortación Pastoral “Amoris laetitia”, hay que mirar con amor a cada familia, para acercarla desde su realidad al Señor y a la Iglesia.

En la segunda lectura, tomada de la Carta de san Pablo a los Efesios, el apóstol defiende la institución matrimonial con las mismas palabras del libro del Génesis, que utilizó el mismo Cristo en el evangelio de san Mateo para defender el matrimonio, las cuales dicen: “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne” (Gn 2, 24; Mt 19, 15). Incluso antes de estas palabras, el Apóstol habla de la relación entre los esposos en unos términos que seguramente muchos no aceptarían hoy, especialmente los del movimiento feminista, pues san Pablo dice que la mujer debe respetar a su marido; pero consideremos por una parte que la Palabra de Dios no podemos cambiarla, y por otra parte, que el tiempo y la cultura en la que san Pablo escribió su carta eran de un absoluto machismo, sobre todo entre los judíos.

Se supone que en nuestro tiempo las cosas han cambiado mucho y que vivimos en una cultura de igualdad entre hombre y mujer, lo cual dista mucho de ser cierto. Todavía hay mujeres que son educadas para servir al hombre, desde el servicio a sus hermanos hasta el de sus esposos. La verdad es que muchas mujeres todavía son maltratadas por sus esposos; aún hay muchos hombres en todas las clases sociales, que creen que tienen derecho de oprimir a su mujer a su antojo. Estas actitudes del varón suelen provenir, más que de su educación, de sus propios complejos, por lo que sólo demostrando prepotencia y violencia contra su mujer, se sobrepone a las humillaciones que aguanta por todos lados, especialmente en su trabajo.

La cultura antigua, el machismo de hoy y las nuevas costumbres que buscan la igualdad entre el hombre y la mujer, requieren de la luz del misterio cristiano para poder vivirse con otro espíritu muy diverso. San Pablo les decía: “Respétense unos a otros por reverencia a Cristo: que las mujeres respeten a sus maridos como si se tratara del Señor, […] como la Iglesia es dócil a Cristo, así las mujeres sean dóciles a sus maridos en todo” (Ef 5, 21-24). Si pareciera que es mucho lo que el Apóstol pide a las mujeres cristianas, no es nada comparado con lo que pide a los esposos cristianos: “Maridos, amen a sus esposas, como Cristo amó a su Iglesia y se entregó por ella, para santificarla” (Ef 5, 25-26).

La igualdad entre los esposos cristianos hoy en día, supone un diálogo de calidad entre ellos en el que se comuniquen todo con mucho respeto, haciendo a un lado la intención de convencer y de prevalecer sobre el otro, sobre todo tratando de conocer y valorar los sentimientos que están afectando a su cónyuge. Así es que no se trata de inteligencia y argumentos para convencer y vencer, sino de amor, sensibilidad y la intención de llegar juntos a la verdad que les conviene a ambos junto con sus hijos.

Se trata de una experiencia de fe que los haga poner a Cristo en medio de ellos, pues su matrimonio no es de dos, sino de tres, ya que se unieron por Cristo, con él y en él. Para dialogar a diario, sobre todo cuando haya que tomar decisiones importantes, tómense de las manos, inicien con una oración y terminen también con una oración. Verán que todo cambia. El machismo sin Cristo es un infierno en el hogar; al igual que el pensamiento moderno de igualdad, sin Cristo, se torna en un combate continuo que termina por quebrar la unidad matrimonial y familiar.

El cristianismo supone un verdadero radicalismo, para estar con Dios o para estar contra Él; pues como dice el libro del Apocalipsis, a los tibios los vomita el Señor (cfr. Ap 3, 15-19). En la primera lectura de este domingo, tomada del libro de Josué, éste guía de Israel pone las dos alternativas a todo el pueblo, para que si no quieren servir al Señor, manifiesten con quién quieren estar, si con los dioses que sirvieron sus antepasados o con los dioses a los que sirven los amorreos. Ante esto Josué dijo: “En cuanto a mí toca, mi familia y yo serviremos al Señor” (Jos 24, 15). Qué dolor tienen hoy en día muchos padres de familia que no pueden decir lo mismo, pues ven a sus hijos alejarse de su fe y de sus valores. Tengan paciencia y tarde que temprano verán volver a sus hijos a la fe en la que los educaron, cuando ellos tengan experiencia personal de Dios.

Hoy concluye la lectura del capítulo 6 del evangelio de san Juan que hemos venido siguiendo durante algunos domingos. Ahora vemos cómo aquellos que en la multitud antes querían hacerlo rey, ahora ante la promesa de Jesús de darles a comer su carne y a beber su sangre, se echan para atrás y ya no lo siguen. Dentro de aquella multitud había también algunos discípulos de Jesús, que desde entonces dejaron de seguirlo, y Jesús no trata de detener a nadie, pues quien lo siga debe confiar plenamente en él.

Más aún, cuando se queda solo con los doce, los reta también a ellos diciéndoles: “¿También ustedes quieren dejarme?”, como si les dijera que no va a cambiar la doctrina que les acababa de exponer. Pedro, en nombre de sus compañeros responde: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el santo de Dios” (Jn 6, 68-69). Es una respuesta de verdadera fe, una respuesta valiente y contundente, de quienes han seguido a Jesús y están decididos a seguirlo siempre.

Ojalá que nuestra respuesta personal y familiar sea igual de fuerte y contundente. Como los niños pequeños que no entienden a sus papás pero confiando en ellos se comen lo que les dan y tomados de sus manos nunca se sienten perdidos. No andemos con medias tazas, ni seamos como aquellos esnobistas que andan probando aquí y allá a ver qué encuentran. Más bien fortalezcamos nuestra fe mediante la oración, la frecuencia a los sacramentos, la lectura de la palabra de Dios, el estudio de nuestro catecismo y la asistencia a los grupos de Iglesia donde podemos perseverar y crecer en nuestra fe.

Que tengan una feliz semana. ¡Sea alabado Jesucristo!

 

+ Gustavo Rodríguez Vega
Arzobispo de Yucatán

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