Homilía Arzobispo de Yucatán – XIX Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A

HOMILÍA
XIX DOMINGO ORDINARIO
Ciclo A  

1 Re 19, 9.11-13; Rm 9, 1-5; Mt 14, 22-33.

“Tranquilícense y no teman. Soy yo” (Mt 14, 27).

Ki’olal lake’ex ka t’ane’ex ich maya kin tsik te’ex ki’imak óolal yéetel in puksikal. Te’ u ki’ilich Ma’alob Peeksil le domingoa, Jesús ku yésik u Ki’ilich Muk’ ti’ u aj kambalo’ob le kaj xíimbanaji yóokol le ja’obo’.

Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre y les deseo todo bien en el Señor. El domingo pasado celebramos la Transfiguración del Señor y por eso nos saltamos el evangelio que correspondía a ese día; ahí se narraba que Jesús recibió la noticia de que Juan el Bautista había sido decapitado en la cárcel por mandato del rey Herodes. Por este motivo Jesús cruzó el lago en busca de soledad para la oración, tal vez con ganas de llorar a solas, de reflexionar sobre su futuro propio, todo para fortalecer su alma en la presencia de su Padre. Pero la multitud lo siguió por tierra y lo esperaba al desembarcar. Jesús sintió misericordia de aquella gente y no sólo les predicó e hizo curaciones, sino que alimentó a la multitud multiplicando los panes (cf. Mt 14, 13-21).

¡Cuántas veces sentimos verdadera necesidad de la oración! ¡Cuántas veces sentimos verdadera necesidad de alejarnos de todos! Sin embargo, Jesús nos enseña que no hay justificación para dejar de atender a quien nos necesita y que dando a los demás recibimos mucho de lo que buscamos en la soledad. También la multiplicación de los panes y los peces fue muestra de su divinidad y anuncio profético del pan eucarístico que entregaría en la última cena para que no nos faltara en el futuro y los Apóstoles y sus sucesores recibiéramos su mandato: “Denles ustedes de comer”.

En el evangelio de este domingo Jesús por fin despide a los apóstoles, enviándolos en una barca por delante de Él, quien se queda terminando de despedir a la gente, para luego finalmente encontrar la soledad para su oración. Ya de madrugada Jesús viene al encuentro de sus discípulos caminando sobre las aguas, y ellos que navegaban con dificultad, pues el viento les era contrario, al ver a Jesús gritan espantados creyendo ver un fantasma. Pero Jesús les dice: “Tranquilícense y no teman. Soy yo”.

Gracias a Dios, la tormenta tropical que acaba de atravesar nuestra península no dejó graves daños, y sé que la gente de esta tierra ha pasado por verdaderas angustias ante los huracanes que los han golpeado a lo largo de su historia. Yo estoy seguro de que en esos momentos no ha faltado la oración por parte de los creyentes, aunque a veces la imagen del Señor suele desfigurarse en medio de las grandes angustias y dificultades y nos es difícil verlo con claridad. No obstante, como creyentes sabemos que el Señor siempre estará con nosotros aún en los peores momentos personales, familiares o comunitarios. Hoy como ayer, Jesús nos dice: “Tranquilícense y no teman. Soy yo”. Recordemos que en hebreo “Yo soy” se dice “Yahvéh”, así es que es una forma clara en la que Jesús afirma su divinidad, como luego lo hizo en un ambiente sereno, alegre y festivo mediante su transfiguración cuando mostró su realidad divina ante Pedro, Santiago y Juan.

Es admirable la confianza que Pedro tiene en Jesús, al grado de decirle que si es realmente él, que lo mande ir caminando sobre las aguas a su encuentro, y al recibir su llamado baja de la barca y comienza a caminar hacia Jesús. Cuando Pedro siente la fuerza del viento, le entra miedo y comienza a hundirse, por lo que grita a Jesús pidiendo que lo salve. Desde luego que Jesús le da la mano y lo salva, pero le hace el dulce reproche: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?” Poniéndome yo en lugar de Pedro, hasta se me hace injusto el reproche de Jesús, pues me parece que Pedro mostró una gran fe al pedirle a Jesús que lo mandara ir a él y al decidirse a bajar de la barca. Pero desde luego que Jesús no es injusto, sino más bien nos pide una fe absoluta e incondicional para nuestro propio bien. Tal vez tú y yo decimos que somos creyentes, pero ¿hasta qué grado lo somos?, ¿hubiéramos bajado de la barca, para ir al encuentro de Jesús? Tal vez nuestra fe no sea tan grande como lo suponemos.

Ya en la barca, los discípulos se postraron ante Jesús diciendo: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”. La misma convicción se fue apoderando de ellos al ver todas las maravillas que Jesús realizaba, y sin duda alguna Pedro, Santiago y Juan reforzaron su convicción el día de la Transfiguración.

Todos nosotros hemos sido testigos directos o indirectos de las maravillas que el Señor hoy sigue obrando con su poder. Pero lo que realmente importa es que aprendamos a descubrir la presencia del Señor en la cotidianidad de nuestras vidas y en los signos más simples y comunes. Elías, el profeta, en la primera lectura de hoy descubrió que el Señor no estaba ni en el viento huracanado, ni en el terremoto, ni en el fuego, sino en el murmullo de una suave brisa. Cuando creemos, aprendemos a ver lo maravilloso como algo ordinario y lo ordinario como algo maravilloso, pues Dios se manifiesta continuamente en la naturaleza y en los acontecimientos de la vida diaria. Hay algunos “caza milagros” que andan en busca de las manifestaciones extraordinarias del Señor, de nuestra Madre santísima o de cualquier santo, y esto yo lo considero ocioso, pues lo que vale es ver al Señor que nos sale al encuentro a cada paso.   

La segunda lectura de hoy tomada de la Carta de san Pablo a los Romanos, que vamos leyendo actualmente domingo a domingo, es como para hacernos pensar en qué tanto se preocupa cada uno de nosotros por la salvación de los demás. El individualismo tan marcado en el pensamiento actual se manifiesta también en lo religioso, cuando veo mi relación con Dios como algo totalmente personal y no veo más allá de mí mismo o de mi familia.

Ya sabemos que en la primitiva comunidad cristiana, todos sus miembros eran judíos o israelitas, como la virgen María, los Apóstoles y todos los discípulos, o al menos eran prosélitos, es decir, practicantes del judaísmo pertenecientes a otras naciones. Aunque muchos judíos e incluso sacerdotes, escribas y fariseos se bautizaron haciéndose cristianos, el pueblo israelita en masa se quedó fuera de la Iglesia. San Pablo que tanto predicó a los paganos y logró muchísimas conversiones, siempre llevaba como una espina clavada en el alma, por el dolor de que los de su pueblo israelita no se hubieran convertido. Él decía: “Tengo una infinita tristeza y un dolor incesante tortura mi corazón. Hasta aceptaría verme separado de Cristo, si esto fuera para bien de mis hermanos, de los de mi raza y de mi sangre, los israelitas…”.

Es muy fuerte esta afirmación de san Pablo, porque verse separado de Cristo significaría su condenación eterna. Pero a ese grado es su amor por su pueblo de Israel y la importancia que él le da a su conversión. Esto recuerda la actitud pastoral heroica que tuvo igualmente Moisés, cuando Dios amenazó con aniquilar a su pueblo por sus pecados y desobediencias, mientras que a él le prometía darle un nuevo pueblo. Moisés le dijo al Señor que si no perdonaba a su pueblo lo borrara de su libro (cfr. Ex 32, 32).

Y nosotros, ¿qué tanto sentido comunitario tenemos de nuestra fe?, ¿qué estaríamos dispuestos a hacer por nuestra Iglesia?; más aún ¿qué estaríamos dispuestos a hacer por nuestros hermanos mexicanos? La celebración comunitaria de los sacramentos del Bautismo, de la primera Comunión y el Matrimonio realizados en los templos de la comunidad, no es más que una expresión mínima del sentido comunitario de nuestra fe, que para algunos, incluyendo a pocos sacerdotes, significa una norma incomprensible y sin sentido, precisamente porque estamos fuertemente tocados por el individualismo aún en la vivencia de nuestra fe. Dios nos conceda a todos avanzar en el sentido comunitario de fe, creciendo en nuestro interés por la salvación de todos y en nuestro compromiso por llevar a nuestra Patria adelante.

Que tengan todos una feliz semana. ¡Sea alabado Jesucristo!

+Gustavo Rodríguez Vega
Arzobispo de Yucatán

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