Homilía Arzobispo de Yucatán – XI Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A

HOMILÍA
XI DOMINGO ORDINARIO
Ciclo A
Ex 19, 2-6; Rm 5, 6-11; Mt 9, 36-10, 8.

“Al ver Jesús a las multitudes, se compadecía de ellas” (Mt 9, 36).

Ki’olal lake’ex ka t’ane’ex ich maya kin tsik te’ex ki’imak óolal yéetel in puksik’al. Bejlae u kiinil taatasilo’ob. Kin tuuxtite’ex jun p’éeel nojoch me’ek waa taaj-me’ek. Ki’ichkelen Yuum p’atak ta wéetele’ex.

 

Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre y les deseo todo bien en el Señor.

Ante todo quiero enviar un afectuoso saludo y un fuerte abrazo a todos los papás, hoy en su día. En nuestra época se celebran días de muchas cosas, celebraciones que tocan hasta lo ridículo; pero si alguna celebración tiene sentido es una como ésta, dedicada a los hombres que han formado una familia o que en cualquier modo se han hecho responsables de los hijos que por su medio, Dios ha traído al mundo.

Un padre que provee el pan de cada día a sus hijos, es un buen signo que prefigura a Dios Padre providente. Un padre de familia que escucha a sus hijos, les aconseja, corrige y convive con ellos, es un complemento insustituible en la educación de los hijos, a la que la madre suele estar más cercana. En cuanto a los hijos varones, los papás son fundamentales para que con cariño y mucha convivencia, puedan ayudar a sus hijos a identificarse más y con más seguridad en su rol varonil.

El futuro de la sociedad depende en gran parte de que los jóvenes de hoy consideren la importancia que tienen los papás en la vida de la familia. Ojalá que los muchachos miren más allá de sus enamoramientos y de sus proyectos académicos y laborales y quieran aceptar desde ahora la vocación de la paternidad, con todo el coraje que esto requiere. Ojalá que los muchachos tengan en mente el modelo de padre que quieren ser para sus hijos cuando los tengan y puedan “encaminarse” desde hoy preparándose para asumir semejante rol, tan trascendente en la vida de los hijos, en la vida de las familias y en la vida de la sociedad.

Es bueno tomar en cuenta el buen ejemplo del papá, del abuelo o de un buen tío, pero no olvidemos que el modelo perfecto de paternidad es sólo nuestro Padre Dios y Él ha de inspirar nuestro ser y quehacer. Desde el punto de vista religioso, ahí donde tenemos un papá bien formado en la fe y que practica su fe de una manera congruente, los hijos crecen en más convicción de su fe, que cuando sólo la madre impulsa la práctica religiosa. Al pensarse a sí mismos como futuros papás, seguramente los jóvenes tendrían más cuidado de cultivar su propia fe, su acercamiento a la Palabra y a la vida sacramental, su oración personal y comunitaria, su relación con Dios y con su Iglesia.

Pasando a comentar el evangelio de hoy según san Mateo, Jesús siente compasión de las multitudes porque estaban extenuadas y desamparadas como ovejas sin pastor. ¿Y cómo vemos nosotros a las multitudes hoy en día? En una sociedad de consumo, las multitudes son vistas como un objeto manipulable que se puede conducir a los intereses de la oferta de las empresas. También las multitudes pueden ser motín de políticos que las quieren atraer para conseguir sus votos. El Papa Francisco ha denunciado claramente la colonización ideológica de las personas y grupos que invierten dinero, ciencia y tecnología para difundir modos de pensar y estilos de vida, que hoy están por todos lados, sin darnos cuenta que en realidad, son ajenos a nosotros.

Evidentemente que hay personas que buscan auténticamente el bien de la comunidad y del mundo, y que aún sin ser creyentes, tienen la inspiración natural de prestar un servicio social. Pero todo cristiano, si tiene una fe auténtica, debería ver más allá de sí mismo y más allá de su familia, y mantener una actitud abierta al bien común y la disposición de servir en cuanto le sea posible. En teoría ese debería ser el sentido del servicio social de los estudiantes, mucho más que un simple servicio gratuito a empresas. En Europa muchos jóvenes salen de sus países a otros muy necesitados para prestar un año de servicio. En la Iglesia hay jóvenes que brindan un año o más de servicios misioneros en poblaciones muy necesitadas de México o del extranjero.

Jesús como buen Pastor siente compasión por las multitudes, sin dejar de atender a cada persona en particular. La verdadera compasión por las multitudes debe saber aterrizarse en los individuos necesitados. Jesús compara a la multitud con la mies, afirmando que es mucha y que los operarios son pocos, e invita a sus discípulos a pedir al dueño de la mies, que envíe operarios. Ya sabemos que el “dueño” es Dios nuestro Señor y que los operarios son pastores que sientan compasión por la multitud.

Luego Jesús llama a los doce y les da poder para atender a sus hermanos necesitados. Son doce los apóstoles elegidos. Se trata de un número simbólico, que recuerda a los doce patriarcas del pueblo de Israel. La Iglesia es el nuevo Israel que continúa pidiendo diariamente al dueño de la mies que envíe operarios. Tal vez tengamos una idea equivocada de lo que significa sentir compasión, y nos parezca algo así como la lástima con la que podemos distanciarnos de quién nos produce ese sentimiento desagradable. Pero compasión significa com-padecer, padecer con, compartir sentimientos, sean de alegría, sean de tristeza o de cualquier otra naturaleza; significa comprometerse con la necesidad del prójimo.

Claro que la necesidad que Jesús detecta es la más profunda del ser humano: la necesidad de Dios, porque sólo Dios puede dar al ser humano todo el amor y seguridad que necesita. Es la necesidad espiritual, dicho de una forma más genérica, que todos tenemos, aunque no todos la identifiquemos y la aceptemos, y nos queramos ocupar de atenderla. Por eso la multitud en torno a Jesús se olvida del cansancio y del hambre, porque tienen una necesidad superior que están satisfaciendo al escuchar al Maestro y al ver las obras que realiza.

¡Quién puede sentir naturalmente más compasión y compartir mejor los sentimientos de otro, si no son los mismos padres de familia! Los padres son los pastores naturales de sus hijos, llamados a atender sus necesidades materiales y espirituales. Los obispos, sucesores de los apóstoles, y nuestros colaboradores, que son los presbíteros, somos llamados “padres”, por todos los creyentes porque nos ocupamos de dar a nuestros hermanos y hermanas el alimento espiritual que Jesús pone en nuestras manos para repartirlo a la multitud, como las ocasiones en las que Jesús multiplicó el pan y lo puso en manos de los Apóstoles para que lo repartieran a la multitud.

En cada Eucaristía multiplicamos el pan sagrado de la Palabra de Dios y el pan consagrado del Cuerpo de Cristo, para repartirlos entre todos los fieles y saciar su hambre de Dios. Ya ven que acabamos de celebrar el pasado jueves la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo. También lo hacemos en la celebración de cada sacramento. Cada sacerdote debe además proveer el pan material a quien no lo tenga y organizar la caridad de los fieles, para que a nadie falte lo necesario para el cuerpo en cada comunidad parroquial. En el orden cronológico y de prioridades, primero hay que llenar el estómago para luego poder saciar el espíritu. Aunque el pan espiritual sea superior, este se recibe de buena gana cuando la persona se siente amada y atendida en sus necesidades básicas.

Hermanos sacerdotes, no nos conformemos con imitar a cualquier padre de familia. Nuestro modelo es Dios Padre por lo que toda ternura y respeto por los hijos de Dios será siempre poca. Alimentemos a nuestros hermanos y hermanas como si fueran nuestros propios hijos. Pero alimentémonos primero nosotros mismos del Señor, para que luego podamos darlo a los demás con alegría, entusiasmo, amor y calidad sacerdotal. Nadie hable de otra cosa en sus homilías que no sea de la Palabra de Dios.

¡Jóvenes acérquense a Jesús!, sáciense de él y luego tal vez no sólo experimenten el llamado para ser padres de familia en una iglesia doméstica, sino que pudieran experimentar el llamado para ser padres en la Iglesia que necesita tantos sacerdotes. Es una vocación que vale la pena y que da a quien la vive con entrega y generosidad, grandes satisfacciones y realización en plenitud.

Hermanos y hermanas todos, pidamos al dueño de la mies que envíe operarios a sus campos. Que por intercesión de María santísima tengamos muchos y muy santos sacerdotes, y también con la intercesión del señor san José tengamos muchos padres de familia responsables y llenos de Dios, para conducir a sus hijos en medio de los retos del mundo actual.

Que tengan una feliz semana. ¡Sea alabado Jesucristo!

+ Gustavo Rodríguez Vega
Arzobispo de Yucatán

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