Homilía Arzobispo de Yucatán – VII Domingo de Pascua 2017, Ciclo A

HOMILÍA
VII DOMINGO DE PASCUA, DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR
51º JORNADA MUNDIAL DE LAS COMUNICACIONES SOCIALES
Ciclo A  
Hch 1, 1-11; Ef 1, 17-23; Mt 28, 16-20.

“Vayan y enseñen… yo estaré con ustedes todos los días” (Mt 18, 19-20).

Ki’olal lake’ex ka t’ane’ex ich maya, kin tsik te’ex ki’imak óolal yéetel in puksik’al. Te’ domingoa kiinbesik u náakal Yuumtsil te’ ka’ano’.

 

Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre deseándoles todo bien en el Señor.

En esta solemnidad de la Ascensión del Señor que hoy celebramos, les comparto una gran alegría: dentro de poco habrá un nuevo sucesor de los Apóstoles entre nosotros, pues el Santo Padre, el Papa Francisco, ha nombrado al padre Pedro Sergio de Jesús Mena Díaz Obispo Auxiliar de Yucatán. Desde ahora el padre Pedro es Obispo Auxiliar Electo y su ordenación episcopal tendrá lugar el próximo 22 de julio de 2017 a las 11 de la mañana.

No cabe duda de que la elección de Mons. Pedro es una gran bendición para nuestra Arquidiócesis y una gran ayuda para que un servidor pueda dar un mejor servicio a nuestra Iglesia, pues además de la grandeza de nuestra población de más de dos millones de personas, y de la extensión territorial de casi cuarenta mil kilómetros cuadrados, un servidor tiene a su cargo el Departamento de Justicia y Solidaridad (DEJUSOL) en la Iglesia a nivel latinoamericano. Con el ministerio episcopal de Mons. Pedro, podremos con más eficacia, servir a toda nuestra Iglesia de Yucatán. ¡Felicidades Mons. Pedro! y felicitémonos todos por semejante regalo que el Buen Pastor nos ha dado.

Por otra parte, hoy celebramos la Peregrinación Diocesana al Santuario de Ntra. Sra. de Izamal, y cientos de fieles de toda la Arquidiócesis se darán cita en aquel lugar para manifestar nuestro amor a la Patrona de nuestra Arquidiócesis, así como para orar por todos los habitantes de estas tierras del Mayab. Con el favor de Dios, allá celebraré la Santa Misa a las 10:00 hrs. acompañado por un grupo de sacerdotes y los cientos de peregrinos; y podremos poner a los pies de nuestra Señora los trabajos de la actualización de nuestro Plan Diocesano de Pastoral, prometiéndole regresar el año siguiente a proclamar dicho Plan Pastoral actualizado. Les invito a todos los que no puedan hoy acudir a este Santuario, a unirse espiritualmente expresando su amor en oración a la Madre de Dios y Madre nuestra.

Después de cuarenta días de su resurrección, Jesucristo vivo se reúne con los discípulos para despedirse e iniciar un modo de presencia distinta en medio de su Iglesia. En el momento en que Jesús se iba a despedir, los discípulos le preguntan: “¿Ahora sí vas a restablecer la soberanía de Israel?” (Hch 1, 6). Aún después de tres años de estar con él y de escucharlo predicar, después de su pasión, muerte y resurrección, los discípulos aún no han entendido el mesianismo de Jesús, pues todavía creen que sólo se limitaría a devolverle a Israel su antigua gloria, librándolo del poder romano. El mesianismo de Jesús va más allá de la solución de mis problemas personales o familiares; va más allá de los problemas sociales y mucho más allá de los asuntos triviales, como los resultados de un partido de fútbol. Jesús vino para establecer el Reino de los Cielos, para eso vino al mundo y para eso murió y resucitó el Señor.

La Iglesia existe para anunciar la venida del Reino de Dios y para acercarlo a los seres humanos anunciándolo, celebrándolo y actuándolo. Predicamos el Reino en la evangelización y la catequesis, celebramos el Reino en cada liturgia sacramental y actuamos el Reino cada vez que acogemos, protegemos, promovemos e integramos a los que son menos a los ojos del mundo.

Ante los ojos de sus discípulos Jesús asciende al cielo, pero antes los envía para que vayan por todo el mundo predicando el Evangelio y Bautizando a los creyentes. La razón de ser de la Iglesia es la predicación del Evangelio. La misión es esencial a la vida de la Iglesia, sin embargo esta misión no es sólo para unos cuantos, sino para todos y cada uno de los bautizados. Aunque no seas sacerdote, diácono, seminarista, religiosa o catequista, o con cualquier otra misión dentro de la Iglesia, tú como laico llevas la misión evangelizadora al mundo, a tu taller, a tu oficina, a tu escuela, a tu barrio, a tu familia, dando buen testimonio de vida cristiana; y aunque no convenga ponerse a hablar de religión en algunos de estos ambientes, sí debes tener el propósito y el valor para “dar las razones de tu esperanza, a quien te las pidiere” (1 Pe 3, 15), como nos decía el apóstol san Pedro en la liturgia del domingo pasado, haciéndolo con respeto, sencillez y con una conciencia en paz.

Cuando los discípulos se quedan mirando al cielo, siguiendo a Jesús que ha desaparecido de su mirada, se les presentan dos varones vestidos de blanco que les dicen: “Galileos, ¿que hacen allí parados, mirando al cielo?” (Hch 1, 11). En esto debemos descubrir un impulso a la misión, pues la religión no ha de significar una evasión de la realidad, sino un verdadero compromiso con las necesidades del mundo. Jesús ha de regresar, pero cuando retorne, quiere encontrarnos cumpliendo con la misión de evangelizar. Vuelvo a decir aquí que un laico comprometido no tiene que estarlo con tareas que se dirigen sólo hacia dentro de la Iglesia, ya que el común de los laicos tiene su misión en el mundo. Como dice el Concilio Vaticano II: “hombres (y mujeres) de Iglesia en el corazón del mundo; hombres (y mujeres) del mundo en el corazón de la Iglesia” (cfr. LG IV y DP 786).

A partir de la Ascensión, los discípulos del Señor tenemos que descubrir su presencia en la comunidad, pues “donde dos o más se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 20); tenemos que descubrir también su presencia en sus ministros, pues “quien a ustedes recibe, a mí me recibe” (Mt 10, 40); “quien a ustedes escucha, a mí me escucha” (Lc 10, 16). Debemos descubrir su presencia en los enfermos, los migrantes, los presos, los forasteros, los hambrientos y sedientos, los pobres que no tienen con qué cubrirse… pues “lo que hicieron a estos hermanos más pequeños, a mí me lo hicieron” (Mt 25, 40). Hay que descubrir su presencia en su Sacramento, pues “quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él” (Jn 6, 56).

Tanto para cumplir con la misión evangelizadora, como para descubrir la presencia real de Jesús en medio de nosotros, contamos con la persona y la obra del Espíritu Santo. A punto de ascender a los cielos, Jesús promete a los discípulos que serán bautizados con el Espíritu Santo. El signo bautismal del agua, signo de vida y de purificación, es eso, un signo, pero la realidad es que tú y yo fuimos bautizados con el Espíritu Santo. Esta promesa aparece en la primera lectura de hoy tomada del libro de los Hechos de los Apóstoles, en la cual también Jesús habla del efecto que produce recibir al Espíritu Santo: “Los llenará de fortaleza y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los últimos rincones de la tierra” (Hch 1, 8). El tuyo, tu rincón, donde tú trabajas y te desenvuelves en sociedad, en tu barrio y tu familia, es el último rincón de la tierra, es donde tienes tu misión.

En días recientes el Papa Francisco recibió en el Vaticano al presidente de los Estados Unidos. En su intercambio el Santo Padre primero valoró los puntos de coincidencia entre el gobierno del primer mandatario norteamericano y la enseñanza de la Iglesia, como lo es el tema de la defensa de los niños no nacidos. Al finalizar, el Romano Pontífice pudo señalar los temas en los que espera un cambio de rumbo, como son el tema de los migrantes y el de construcción de la paz. El Presidente salió con una consigna que él mismo aceptó, la de trabajar por la paz. Independientemente de que se vean buenos resultados de este encuentro en el futuro próximo, el Papa nos dio una gran lección sobre el diálogo, poniendo siempre como base los puntos que tenemos en común, para terminar compartiendo con respeto y claridad los puntos divergentes.

Pidamos que venga sobre nosotros el Espíritu Santo, para que aprendamos a convivir y a dialogar en este mundo tan plural, sin rebajar ni dejar de valorar la fuerza del contenido nuestra fe y de nuestra vida cristiana.

“Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles e infunde en ellos el fuego de tu amor”. Que tengan una feliz semana. Sea alabado Jesucristo.

+ Gustavo Rodríguez Vega
Arzobispo de Yucatán

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