Homilía Arzobispo de Yucatán – V Domingo de Cuaresma, Ciclo A

“Yo soy la resurrección y la vida ” (Jn 11, 25).

Ki’ olal lake’ex ka ta’ane’ex ich maya, kin tzik te’ex kimak woolal yetel in puksikal. U jo’ pe’el domingo Cuaresma, Jesús ku yalito’on leti u kuxta’al mina xu’ul teyel xan kuxtal.

Estimados hermanos y hermanas, los saludo afectuosamente deseándoles que el Señor esté con ustedes.

Aunque los profetas ya lo habían anunciado en forma misteriosa, sólo una parte del pueblo judío creía y esperaba en la resurrección de los muertos. Entre el grupo llamado de los “esenios”, que eran rigurosos cumplidores de la ley, hubo algunos que guardaban el celibato porque querían manifestar su fe firme en que habrían de resucitar de entre los muertos, y que no necesitaban engendrar hijos para prolongarse en la vida, pues ellos mismos tendrían vida eterna para gozar en la presencia del Señor para siempre.

La primera lectura de hoy tomada del profeta Ezequiel presenta una de las profecías que ayudaron al Pueblo de Dios en el Antiguo Testamento a esperar la resurrección de los muertos. Dice en efecto la lectura: “Pueblo mío, yo mismo abriré sus sepulcros, los haré salir de ellos… Entonces les infundiré mi espíritu y vivirán.” (Ez 37, 12. 14).

Caer en el pecado es morir a la gracia de Dios, mientras que ser perdonado por el Señor significa resucitar a la vida de la gracia. Por eso afirmamos que nosotros los cristianos hemos muerto con Cristo en la pila bautismal y ahí mismo hemos resucitado con él. Y si volvemos a pecar, por la gracia bautismal podemos de nuevo renacer a la gracia de la amistad de Dios. Por eso en la Eucaristía de hoy proclamamos con el Salmo 129: “Perdónanos, Señor, y viviremos”.

Es una ley el que todos tengamos que pasar por la experiencia de la muerte; y sólo Dios sabe cómo, cuándo y dónde moriremos. Por eso iniciamos esta Cuaresma recordando que somos polvo y en polvo nos hemos de convertir. Toda persona normal en sus cinco sentidos, ama la vida y quiere conservarla y prolongarla lo más que pueda. Debemos condenar el suicidio pero no podemos condenar al suicida, porque Dios es el único Juez y sólo Él sabe ponderar lo que hay en la mente y en el corazón de todo hombre. El Hijo de Dios hecho hombre, Jesucristo, se hizo en todo semejante a nosotros menos en el pecado. Aceptó la muerte por amor a nosotros y no cualquier muerte, sino una muerte vergonzosa y sumamente dolorosa; porque fue condenado y crucificado en medio de dos ladrones.

San Pablo dice en la segunda lectura tomada de su Carta a los Romanos que ellos no viven una vida desordenada y egoísta que desagrade a Dios, sino una vida conforme al Espíritu. Ojalá que él pueda afirmar lo mismo de todos y cada uno de nosotros, de ustedes y de un servidor. Dice luego textualmente: “Si Cristo vive en ustedes, aunque su cuerpo siga sujeto a la muerte a causa del pecado, su espíritu vive a causa de la actividad salvador de Dios… el Padre, que resucitó a Jesús de entre los muertos, también les dará vida a sus cuerpos mortales” (Rm 8, 10-11).

Aunque Jesús hizo muchos y muy grandes milagros (y los sigue realizando), no cabe duda de que los más significativos fueron los de dar vida a algunas personas: la hija de Jairo (cfr. Mt 9, 18-26), el hijo de la pobre viuda (cfr. Lc 7, 11-17) y a su amigo Lázaro cuyo relato de resurrección escuchamos hoy (cfr. Jn 11, 1-45). Este milagro en el evangelio según san Juan, sigue al discurso de Jesús en el que afirma que “él es la resurrección y la vida”, y es la gota que derrama el vaso en el corazón de los enemigos de Jesús, pues por este motivo toman la resolución de darle muerte. Finalmente, el mayor de todos los milagros de nuestro Señor Jesucristo es su resurrección de entre los muertos, de la cual hubo muchísimos testigos y sin la cual no tendría sentido nuestra fe.

Qué pena que todavía haya algunos bautizados que celebran la muerte de Cristo y con mucho fervor, pero no proclaman su fe en la resurrección. Se quedan en el Viernes Santo y no pasan a nuestra mayor solemnidad, que es la Pascua de Cristo. Mucho más penoso es que haya tantos adoradores de “la Santa Muerte” y que piensen todavía que son cristianos. Hasta creen que todo se arregla poniendo de un lado una imagen de san Judas y del otro una imagen de nuestra Señora de Guadalupe. ¡Qué enorme ofensa para Dios y para la santísima Virgen y san Judas! Ese culto es totalmente contrario a nuestra fe cristiana depositada en el Dios de la vida, el cual resucitó a Jesús y nos resucitará también a nosotros. Ese culto es común entre los que se dedican al crimen organizado y entre todos los que han perdido el respeto a la vida humana; sin embargo aún ellos pueden resucitar a la vida de la gracia de Dios si se arrepienten y cambian sus actitudes.

Tristemente también hay muchos que viven en un ateísmo práctico totalmente apartados de Dios y dedicados a vivir de una manera hedonista, es decir, buscando a como dé lugar dar satisfacción a todos los deseos de su cuerpo, creyendo que en eso consiste la felicidad, no esperando nada más después de la muerte. Algunos jóvenes metidos en el crimen organizado han expresado que prefieren vivir una vida corta, llena de bienes materiales y dando gusto a sus sentidos, que una vida larga de pobreza y sacrificio. En ellos se cumple lo que dice el apóstol Santiago en su carta: “Ambicionan lo que no pueden tener, y terminan asesinando” (Sant 4, 2).

Todos los cristianos estamos llamado a ser servidores de la vida, de los que están por nacer y también de la vida de cada persona, hasta el último momento en su muerte natural. En un mundo sin Dios la gente se cree dueña de su propia vida, y hasta cree que puede tomar la decisión de dejar de vivir. Es una pena que haya quien piense que hasta un menor de edad tiene derecho de tomar semejante decisión. Desde luego que todos somos libres de renunciar al encarnizamiento terapéutico cuando ya no se puede hacer nada más para salvar una vida; pero otra cosa es la práctica de la eutanasia de quienes creen ser dioses para tomar semejante decisión. Nosotros decimos: ¡sólo Dios es el Señor de la vida!

Aunque Lázaro era amigo de Jesús, cuando sus hermanas le mandan avisar que Lázaro está grave, él se entretiene dos días más atendiendo a la gente que lo rodea. Luego, cuándo van a ir a ver a Lázaro los discípulos le recuerdan que allá hay peligro de muerte para él, pues la última vez estuvieron a punto de apedrearlo. Sin embargo Jesús muestra su decisión de ir, aunque les advierte a sus discípulos que Lázaro “se ha dormido” y que él va a despertarlo. Después tuvo que explicarles que en realidad Lázaro ya había muerto y entonces “despertarlo” significaba en realidad “resucitarlo”. A partir de esto entendemos que nuestra muerte será un sueño del que Jesús nos habrá de despertar.

Al llegar Jesús, Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro y Marta, su hermana, saliendo a su encuentro de inmediato le reprocha: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”. Creo que la muerte nos hace experimentar la ausencia de Dios tal como la experimentó Jesús en el Calvario al decir: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Por supuesto que Dios nunca nos abandona y Jesús lo sabía mejor que nadie, pero una cosa es saberlo y otra muy distinta es sentir su lejanía. Marta continuó corrigiendo su reproche: “Pero aún ahora estoy segura que Dios te concederá cuanto le pidas”. Verdaderamente la fe de Marta en Jesús era muy grande, y cuando él afirma de sí mismo que es la resurrección y la vida, Marta lo acepta diciendo: “Sí, Señor, creo firmemente que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo” (Jn 11, 21-27).

Quiero subrayar que Marta hace esta confesión de fe antes de que Jesús resucitara a su hermano Lázaro y aún sin imaginar que lo fuera a hacer. Y esa es la verdadera fe, no la de quien dice: “Diosito tiene que hacernos el milagro”; sino la de quien dice: “Tú lo puedes todo, Señor… ¡Hágase tu santa voluntad!”.

Esta es la recta final antes de la Semana Santa; aprovechemos estos últimos días para prepararnos a la celebración de la Pascua. Especialmente quienes no se confiesen con frecuencia, recuerden que hay un saludable mandamiento de la Iglesia que nos manda confesarnos por lo menos una vez al año. ¡Y qué mejor que estos días de Cuaresma para esta confesión, resucitando así a la vida de la gracia de Dios. También el otro mandamiento de la Iglesia que es muy sano es el de acercarse a comulgar en la Pascua; aunque para asegurar una buena vida cristiana y un camino de santidad, es recomendable confesarse más seguido y comulgar siempre que podamos,  hasta a diario si nos fuera posible.

Que el Señor les conceda una feliz semana. ¡Sea alabado Jesucristo!

+ Gustavo Rodríguez Vega

Arzobispo de Yucatán

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