Homilía Arzobispo de Yucatán – Procesión Anual a la Insigne y Nacional Basílica de Santa María de Guadalupe

HOMILÍA EN LA MISA
POR LA PROCESIÓN ANUAL
DE LA ARQUIDIÓCESIS DE YUCATÁN,
A LA INSIGNE Y NACIONAL BASÍLICA
DE SANTA MARÍA DE GUADALUPE
Miq 5, 1-4; Sal 112; Lc 1, 39-47.

“Bendita tú entre las mujeres y bendito
el fruto de tu vientre” (Lc 1, 42).

 

Ki’ óolal lake’ex ka t’ane’ex ich maya, kin tsikike’ex tak xam kin k’a’amike’ex yéetel ki’imak óolal, waay u lu’umil México, tu nojoch najil ki’ichpam ko’olebil Guadalupe.

 

Sr. Arzobispo Emérito, Sr. Obispo Auxiliar, hermanos sacerdotes, miembros de la Vida Consagrada, hermanos y hermanas todos muy queridos en el corazón de Cristo nuestro Señor.

Aquí está la Arquidiócesis de Yucatán como cada año a los pies de nuestra Madre Santa María de Guadalupe. Los aquí presentes representamos a todos los miembros de nuestra Iglesia Yucateca y muchos nos acompañan desde la Tierra del Mayab celebrando esta misma Liturgia Eucarística.

En el mes de mayo visitamos a nuestra Señora en Izamal y le presentamos nuestro Plan de Pastoral actualizado, comprometiéndonos como Iglesia a vivir en comunión, pero también a ser una Iglesia en salida misionera, que sale al encuentro de los alejados y de los necesitados. Hoy venimos a ver a nuestra misma Madre, pero ahora en la Basílica donde ella convoca a todos los hijos del verdadero Dios por quien se vive, que habitan a lo largo y ancho del territorio mexicano; a sus plantas, al mismo tiempo que reafirmamos nuestro compromiso del Plan de Pastoral, confirmamos nuestra fraternidad con todas las diócesis de México, sumándonos al Proyecto Global que nos encamina a celebrar los 500 años de las apariciones de la Guadalupana, así como a celebrar igualmente los 2000 años de nuestra redención.

Hoy le agradecemos a nuestro Señor el reciente proceso electoral y a nuestra Señora le agradecemos el haber intercedido por todos los mexicanos. Había muchos temores y angustias sobre lo que podría pasar a partir del pasado día 2 de julio. Pedimos perdón al Señor por toda la violencia que hubo en México durante las campañas electorales, especialmente por los ciento cuarenta hermanos que fueron asesinados a causa de diferencias políticas. Al mismo tiempo agradecemos que el domingo primero de julio hubo una enorme afluencia a las urnas y que esa jornada fue casi totalmente pacífica, salvo alguna excepción. Los resultados le dieron al Sr. Presidente electo poco más del cincuenta por ciento de los votantes, mientras que el otro cincuenta porciento de personas que votaron por otros candidatos hasta ahora parece que no ven confirmados sus temores, por lo que muchos comienzan a ver con esperanza el futuro para nuestra nación.

Pidamos a Dios en esta Eucaristía que cada vez más y más puedan desaparecer los temores aumentando en cambio las esperanzas de un futuro para nuestra Patria más lleno de paz, de justicia, de desarrollo integral que alcance a todos y a todas, especialmente a los más pobres y necesitados de nuestro México.

Por lo que respecta a nuestro querido Estado de Yucatán, pidamos para que queden atrás todas las rencillas de tipo político y podamos reconstruir la unidad y fraternidad en cada familia, en cada comisaría, en cada municipio y en todo nuestro Estado. Pidamos por cada uno de los gobernantes electos, para que como creyentes desde hoy se preocupen de los más necesitados de nuestro pueblo, manteniendo la conciencia de que tendrán que rendir cuentas ante Dios de su gobierno.

Quienes nos gobiernan son seres humanos y aunque nos gobiernen con la mejor intención alejándose de veras de toda corrupción, no son superhéroes que puedan solucionarlo todo; siempre será necesaria la participación ciudadana de todos nosotros. Los creyentes hemos de estar conscientes de la dimensión política de nuestra fe, que implica nuestra preocupación y solidaridad efectiva en favor del bien común. Por eso, desde esta Basílica de nuestra Señora de Guadalupe, lugar más simbólico de la unidad mexicana, hago un llamado a todos los católicos de Yucatán, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, para que apartándonos del individualismo egoísta, que nos lleva a preocuparnos sólo del bienestar personal y familiar, tomemos con decisión valiente y generosa la dimensión política nuestro ser, que nos lleve a involucrarnos más en el bien común de Yucatán, de México y del mundo.

“La mies es mucha y los operarios son pocos” (Mt 9, 37). Jesús sigue haciendo resonar en nuestros oídos y en nuestro corazón su mandato apremiante de pedir al dueño de la mies que envíe operarios a sus campos en Yucatán. Todavía hay quienes aspiran a ser atendidos sacramentalmente en servicios individuales y tener un sacerdote a tiempo completo para un pequeño fraccionamiento. Yo invito a todos a levantar la mirada a los campos inmensos de cada parroquia, donde un solo sacerdote tiene que atender a varias colonias, mientras van naciendo nuevos fraccionamientos, así como en las parroquias de los pueblos donde un solo sacerdote debe atender varios municipios llegando hasta veinte o más comisarías.

Mi respeto y preocupación por todos nuestros sacerdotes incansables, Dios les conceda una salud inquebrantable y un espíritu siempre fiel a su ministerio. Yo les pido a todos: velen por sus sacerdotes los cuales como seres humanos que son requieren de su apoyo, su cariño y su colaboración en la pastoral. Oremos para que tengamos muchos y muy santos sacerdotes. Piamos igualmente por nuestro Seminario de Yucatán, por cada seminarista y su perseverancia.

En este año de la juventud, oremos también por nuestros jóvenes para que todos se sientan llamados a la santidad, huyendo de las graves y abundantes tentaciones del mundo actual. Si nos ocupamos de caminar cercanos a nuestros niños, adolescentes y jóvenes podremos ayudarles en su discernimiento vocacional para que, sea cual fuera el camino que elijan, siempre lo hagan en seguimiento de nuestro señor Jesucristo.

Esa es la intención de nuestra Iglesia al establecer el camino catecumenal de los niños que tiene su culmen al recibir la Primera Comunión; es la intención de establecer para los adolescente su camino catecumenal que tiene su culmen al recibir el sacramento de la Confirmación; y es la intención de establecer un camino para los jóvenes desde la preparatoria en adelante, para que conozcan la Doctrina Social de la Iglesia y así se comprometan más con ella, como cristianos en el mundo. Que todos los jóvenes que no sean llamados al sacerdocio o a la vida consagrada, crean en el matrimonio y aspiren a él como una institución sagrada, que puede y debe con la gracia de Dios, perdurar hasta que la muerte los separe, pues se trata también de una vocación a la santidad.

También pedimos al Señor por cada una de las congregaciones religiosas que están en nuestra Arquidiócesis, para que les recompense su labor evangelizadora entre nosotros con abundantes vocaciones que salgan de nuestros pueblos y ciudades.

Al mismo tiempo que agradecemos al Señor la vocación al compromiso laical de tantos y tantos fieles, le pedimos que cada vez más bautizados entre nosotros sean conscientes de su llamado a la santidad, de su compromiso de llevar el Evangelio a todas las realidades de nuestro mundo: laborales, educativas, culturales, sociales y políticas.

Nuestro Plan de Pastoral actualizado nos señala con claridad lo que es central en nuestra obra evangelizadora, esto es llevar a Dios a tantos y tantos espacios de nuestra realidad que han alejado a Dios de sus criterios y de su pensamiento: Cada creyente debe estar atento a la mentalidad relativista que nace del mismo individualismo, que hace pensar que no hay verdades objetivas y universales, lo cual nulifica todo principio ético; cada creyente debe estar atento al pensamiento materialista, que nos hace olvidar los valores espirituales y la dignidad de las personas; cada creyente debe estar atento contra la mentalidad pansexualista, que justifica cualquier pensamiento y comportamiento sexual, olvidando la dignidad de cada ser como templo del Dios vivo; cada creyente debe convertirse en un defensor acérrimo de la vida humana, desde el primer momento de su concepción hasta el último instante de su muerte natural; cada creyente debe ser un defensor de la familia como institución de origen divino, que debe permanecer fiel a su propia vocación de acuerdo al plan de Dios.

La mies es mucha y la tarea es inmensa, pero nuestra Señora de Guadalupe nos quiere acompañar en este caminar de fidelidad a Dios y al ser humano. Por estas intenciones y por las que trae cada uno de nosotros en su corazón digamos todos: “Santa María Madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén”.

Que tengan todos un feliz regreso a casa. ¡Sea alabado Jesucristo!

 

+ Gustavo Rodríguez Vega
Arzobispo de Yucatán

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