Homilía Arzobispo de Yucatán – III Domingo del Tiempo de Cuaresma, Ciclo C

HOMILÍA
III DOMINGO DE CUARESMA
Ciclo C
Ex 3, 1-8. 13-15; 1 Cor 10, 1-6. 10-12; Lc 13, 1-9.

“Si no se convierten, perecerán de manera semejante” (Lc 13, 3).

 

Ki’óolal lake’ex ka t’aane’ex ich maya, kin tsik te’ex ki’imak óolal yéetel in puksi’ikal. Bejla’e le Kili’ich Ma’alob T’aano’ ku ya’alik to’one’ k’aabet kexik kuxtal séeblaki’ yéetel k’aabet ilik tuláakal kiin’ bey jun p’éel ma’alob ba’al u ti’al kexik kuxtal.

 

Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre, y les deseo todo bien en el Señor, en este tercer domingo del tiempo de Cuaresma.

En esta semana estuve en la ciudad de Washington, D.C., participando en un encuentro convocado por la “Red Eclesial Panamazónica (REPAM)”. Esta organización es una red de Iglesia, que agrupa a todas las diócesis de diversos países bañados por las aguas del Río Amazonas, así como a diversos grupos y movimientos eclesiales de aquellos lugares que trabajan por una ecología humana, es decir, una ecología integral que cuida la naturaleza en razón de las personas que la habitan.

En este evento participó gente de Iglesia de los cinco continentes, lo mismos que miembros de pueblos originarios de cada continente. Este encuentro que tuvimos es un evento más en el camino de preparación para la realización del Sínodo de la Amazonía a realizarse en Roma el próximo mes de octubre.

Por inspiración de la Encíclica Laudato Si’ del Papa Francisco, los obispos de la Panamazonia y todo el grupo de la REPAM se propusieron promover una “conversión ecológica” para preservar la Amazonía, desde ahí entonces contagiar para que en todo lugar se vaya dando esa conversión y el planeta pueda salvarse del colapso.

Conversión significa cambio de mentalidad, que provoque tanto actitudes como acciones, nuevas y positivas, de acuerdo a la voluntad de Dios, que benefician en primer lugar, a la propia persona, pero también a otros más.

Nunca nadie, ningún evangelizador, había hablado antes de una “conversión ecológica” como lo ha hecho el Papa Francisco. Analizando lo que significa el término “conversión” en el lenguaje cristiano, “conversión ecológica” es un cambio de mentalidad, de actitudes y de acciones en el uso de los bienes materiales, del agua, el aire, la tierra y el medio ambiente en general, en obediencia a Dios Creador y por amor al prójimo, el actual y el de las futuras generaciones.

Algunos piensan que la conversión se trata de algunos rezos y de recibir algunos sacramentos, sin embargo la auténtica conversión del corazón debe resultar benéfica para los que me rodean y hasta trascender socialmente y a la humanidad en general.

A parte de la conversión individual en el cuidado del medio ambiente, se necesita la conversión empresarial, para que no haya nadie que tenga proyectos de minería, de extracción de gases, petróleo o el uso de cualquier elemento que contamine la tierra, el agua o el aire; que no hayan proyectos que generen grandes riquezas para unos cuantos, pero que pongan en riesgo la supervivencia de la humanidad.

Se necesita de políticos insobornables que no den permisos a cambio de dinero, a quienes solicitan autorización para un proyecto que implica la degradación del medio ambiente. Se necesitan acciones organizadas en la familia, entre vecinos del barrio, en las escuelas, oficinas o centros laborales para cuidar juntos el medio ambiente.

Quien se convierte no es corrupto, ni engaña de ninguna forma en sus negocios. La conversión debe afectar positivamente en todos los campos de la vida donde se desenvuelve el individuo: en la política, en los negocios, en el deporte, en el comercio, en los compromisos escolares, y por supuesto, en la vida familiar tanto como en la amistad.

Toda la vida cristiana, todos los discípulos de Jesús, estamos llamados a una vida de conversión continua. La Cuaresma es un tiempo particularmente insistente en el que el Señor nos llama a convertirnos. Acercarse al sacramento de la Confesión debería implicar una sincera intensión de conversión y nadie debe entenderla como un simple pase para la Comunión.

Aprovechemos la invitación que se nos hará en cada parroquia, cuando se reúnan los padres de todo el Decanato a prestar el servicio de la Confesión. Hagámoslo con la intención de una conversión auténtica.

En el evangelio de hoy, algunos hombres se le acercan a Jesús para contarle que Pilato había mandado matar a unos galileos mientras estaban ofreciendo sus sacrificios. Tal vez ellos esperaban que Jesús comentara que aquellos galileos se lo merecían, pero Jesús les indica que esos hombres no eran más pecadores que los demás galileos. También les habla de un accidente en el que la torre de Siloé se derrumbó y mató a dieciocho personas, quienes tampoco eran más pecadores que el resto de los habitantes de Jerusalén.

Sin embargo, el comentario más punzante y retador Jesús se los repite en cada ejemplo diciendo: “Si ustedes no se arrepienten, perecerán de manera semejante” (Lc 13, 3). En otras palabras, todos vamos a morir de una forma o de otra, y no sabemos cómo, cuándo ni dónde, por lo cual es importante reconciliarnos con Dios y con el prójimo en el día a día de nuestra vida.

Ninguno de nosotros es absoluto, sino sólo Dios es Absoluto. Nosotros podíamos no haber existido en este mundo, y ahora que sí existimos, en el momento más inesperado podemos llegar a nuestro final. Sólo Dios “es el que es”, como dijo a Moisés: “Mi nombre es Yo-soy” (Ex 3, 14), tal como dice la primera lectura tomada del Libro del Éxodo. “Yo soy” en hebreo se dice “Yahvéh”. Hace ya más de sesenta años expertos estudiosos de la Biblia se dieron cuenta que el nombre de “Jeová” era una forma equivocada de pronunciar y escribir el nombre de Yahvéh.

Continuando con la segunda parte del evangelio de este domingo, Jesús les puso además una parábola en la que el dueño de un viñedo mandó a su viñador cortar una higuera que encontró sin frutos, y así estéril no tenía sentido su existencia. Entonces el viñador le pidió al dueño un año de tiempo, durante el cual él le aflojaría la tierra al rededor y le echaría abono, y si aún así no daba fruto, el año siguiente la cortaría.

La vida cristiana requiere conversión no sólo para dejar de pecar, sino también para positivamente dar fruto. ¿Cuáles son los frutos que nosotros estamos dando como discípulo de Cristo?

San Pablo en la segunda lectura, tomada de la Primera Carta a los Corintios, recuerda las grandes bendiciones y prodigios que vivió el pueblo de Israel en el desierto, comentando que todo era una figura que anunciaba lo que los cristianos viviríamos gracias a Cristo. Del mismo modo nos enseña que así como muchos israelitas murieron sin entrar en la tierra prometida, así nosotros pudiéramos no llegar a nuestro destino junto a Dios, por lo que se nos invita a tener cuidado de no caer.

El próximo lunes 25 de marzo celebraremos la solemnidad de la Anunciación a María y la Encarnación del Hijo de Dios. Desde que el Hijo de Dios vino a este mundo encarnándose en el vientre purísimo de María, nadie debería dudar de la dignidad de cada niño concebido, ni del derecho que cada criatura tiene de venir al mundo. Celebremos pues esta fiesta, como el “Día de la Vida”.

Que tengan todos una feliz semana. ¡Sea alabado Jesucristo!

 

+ Gustavo Rodríguez Vega
Arzobispo de Yucatán

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