Homilía Arzobispo de Yucatán – I Domingo de Cuaresma, Ciclo A

 

Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre, deseándoles todo bien en el Señor.

Hemos iniciado el santo tiempo de la Cuaresma, camino hacia la Pascua. Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto, donde permaneció durante cuarenta días en ayuno y oración. Nos puede sonar muy extraño lo que dice el evangelio de hoy, que el Espíritu conduce a Jesús al desierto “para ser tentado por el demonio” (Mt 4, 1). Pero así es, el Espíritu condujo al Verbo de Dios al vientre de María para que ahí tomará naturaleza humana. Luego lo conduce en su infancia y juventud, para que aprenda lo que significa vivir en familia humana. Después para iniciar su vida pública, lo conduce al desierto, donde en oración y ayuno deberá decidirse por la voluntad del Padre, superando las tentaciones del demonio. Jesús es verdadero hombre que no conoce pecado, pero sí conoce nuestra realidad de ser tentados. Finalmente, el Espíritu conducirá a Jesús a su pasión y cruz, para que así llegue a la gloria de su resurrección, ascensión y glorificación a la derecha del Padre.

La tentación no es sinónimo de pecado, sino de humanidad. No hay ser humano que no sea tentado, pues la tentación es señal de vida y es la oportunidad para optar por la voluntad del Padre tal como Cristo nos enseñó. Todos somos tentados diariamente, pero hay personas tan habituadas a vencer la tentación, que parece que ni las tuvieran; mientras que hay otras que han perdido el sentido natural del remordimiento de conciencia, porque se dejan llevar por toda tentación como las veletas por el viento. Sin tentaciones no tendría razón de ser la libertad y hasta el amor perdería la posibilidad de manifestarse.

Fijémonos que el demonio tienta a Jesús presentándole pasajes de la Sagrada Escritura manipulados para tentar. Algunos, como el demonio, pueden conocer la Escritura, pero desconocer la Palabra viva de Dios. Recordemos que la Carta a los Hebreos dice que “la Palabra de Dios es viva y eficaz, más penetrante que espada de doble filo… y es poderosa para discernir los pensamientos y las intenciones del corazón” (Heb 4, 12). Algunos pueden conocer la Escritura para usarla a su conveniencia, para hacer daño o simplemente para un estudio meramente académico.

Jesús fue al desierto para escuchar la Palabra de su Padre. Él es la Palabra, el Verbo para los hijos de Dios. Pero como verdadero hombre necesitaba apartarse del mundo para escuchar la Palabra de su Padre con toda claridad. Siempre ha escuchado al Padre, pero ahora necesita escucharlo intensamente, porque la misión que le espera es de una trascendencia inconmensurable. También nosotros necesitamos escuchar la Palabra de Dios en nuestra vida diaria, para que ilumine nuestro caminar por la vida. Como buenos cristianos, durante esta Cuaresma necesitamos escuchar con más atención esa Palabra, para que Dios nos diga lo que espera de nosotros y así caminemos bien, orientados hacia la Pascua.

El Papa Francisco, comentando la parábola del pobre Lázaro en su mensaje de Cuaresma, dice que el hombre rico se condenó, no por ser rico, sino por no haber escuchado durante su vida la Palabra de Dios. Desde las llamas, el rico le pedía a nuestro padre Abraham que enviara a Lázaro a avisarle a sus hermanos, para que se corrigieran en vida y no fueran a parar como él en ese lugar de castigo. Pero Abraham le respondía: “Tienen a Moisés y a los Profetas, que los escuchen… si no escuchan a Moisés y a los Profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto” (Lc. 16, 29-31). Si el rico hubiera escuchado la Palabra, hubiera abierto su puerta al pobre Lázaro que estaba afuera de su casa ansiando hartarse con las migajas que caían de la mesa del rico (Cfr. Mensaje del Santo Padre Francisco para la Cuaresma 2017. “La Palabra es un don. El otro es un don.” http://w2.vatican.va/content/francesco/es/messages/lent/documents/papa-francesco_20161018_messaggio-quaresima2017.html ).

También nosotros estamos llamados a escuchar la Palabra del Señor para abrir las puertas de nuestro corazón a Dios, y al prójimo que necesite entrar. Pudiera pasarme el día entero leyendo la Sagrada Escritura sin escuchar la Palabra viva del Señor. La Palabra de Dios la puedo escuchar leyendo la Escritura o escuchando la predicación de un sacerdote o de alguna otra persona. Pero también la puedo escuchar en cualquier momento del día en que haga un poco de silencio interior, para que el Señor hable en diversas situaciones de mi vida, y me indique lo que espera de mí. Lo mismo sucederá cuando me ponga en oración de escucha, dándole espacio al Señor, y entonces seguramente me hablará.

En la primera lectura de este domingo, escuchamos del libro del Génesis cómo ocurrió el pecado original. Eva escuchó a la serpiente y dialogó con ella. Con la tentación nunca hay que detenerse a dialogar, porque caeremos en ella. Adán escuchó a Eva su mujer y comió también del fruto prohibido. Cuántas veces la tentación nos llega por la persona más cercana, incluso la que más queremos. Como nuestros primeros padres en el Paraíso, del mismo modo nosotros aquí y ahora, caeríamos en las tentaciones si nos pusiéramos a dialogar con el tentador, en lugar de dialogar con Dios y permitirle que nos recuerde lo que ya nos ha dicho. La historia se repite, pero igualmente podemos repetir la historia de Jesús en el desierto, vencedor de toda tentación.

San Pablo en la segunda lectura de hoy, tomada de su Carta a los Romanos, compara la desobediencia de Adán contraponiéndola con la obediencia de Cristo, el nuevo Adán: El pecado de Adán trajo la condenación, mientras que Jesucristo trajo, con su justicia, la justificación para todos. Todo pecado, cada caída en una tentación, es siempre una desobediencia a la Palabra de Dios. Por eso urge que nos pongamos a la escucha de la Palabra divina (Cfr. Rom 5, 12-19).

Tengamos en cuenta lo que hoy nos ha recordado Jesús: “No sólo de pan vive el hombre, sino también de toda Palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4, 4). Necesitamos de su Palabra mucho más de lo que pensamos, pues necesitamos de Dios antes que toda cosa y aún antes que a cualquier persona. Luego nos dice hoy Jesús: “No tentarás al Señor tu Dios” (Mt 4, 7). Tentamos a Dios cada vez que nos queremos poner por encima de los demás, queriendo brillar más que los demás o negando la dignidad de alguien. Y finalmente nos dice: “Adorarás al Señor, tu Dios, y a él sólo servirás” (Mt 4, 10). La idolatría del dinero es la que nos hace alejarnos de la adoración del Señor.

Esas tres tentaciones que Jesús supera con la Palabra Dios, engloban todas las posibles tentaciones con las que el maligno nos pude acosar durante nuestra vida: tentaciones de las sensaciones, tentaciones de la fama o el prestigio y tentaciones de apego a las cosas materiales o al dinero.

Que en esta Cuaresma y siempre podamos enfrentar al tentador, a ejemplo de Cristo nuestro nuevo Adán; porque sí podemos vencerlo, escuchando la Palabra de Dios y fortaleciendo nuestra voluntad con la oración, la limosna y el ayuno.

Que tengan una feliz semana y una santa Cuaresma. ¡Sea alabado Jesucristo!

+ Gustavo Rodríguez Vega

Arzobispo de Yucatán

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