Homilía Arzobispo de Yucatán – Domingo de Navidad la Sagrada Familia de Jesús, María y José, Ciclo B

HOMILÍA
DOMINGO DE NAVIDAD
LA SAGRADA FAMILIA DE JESÚS, MARÍA Y JOSÉ
Ciclo B
Gn 15, 1-6. 21, 1-3; Hb 11, 8. 11-12. 17-19; Lc 2, 22-40.

“Ella y José llevaron al niño a Jerusalén para
presentarlo al Señor” (Lc 2, 22).

Ki’ olal lake’ex ka t’ane’ex ich kin tsik te’ex ki’imak óolal yéetel in puksi’ikal. Te domingoa’, tso’ok u ki’inil ja’aba’, taan kiinbesik u ki’imak óolal ki’ilich Familia, leti’obe’ Jesús, Maria yéetel José.

 

Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre en este último día del año 2017, que resulta ser domingo y día de la Sagrada Familia, dentro de la Octava de la Navidad.

¡Qué mejor manera de terminar el año, que celebrando a la Sagrada Familia! ¡Y qué mejor y más humana manera de vivir, que teniendo una familia y considerándola sagrada! El Hijo de Dios siendo eternamente uno con el Padre y el Espíritu Santo, en la familia divina, en la unidad trinitaria, quiso venir a formar parte de la familia humana para incluir a cuantos lo aceptaran en la vida de la Santísima Trinidad.

Y aunque pudo simplemente aparecer en el mundo llegando súbitamente en medio de nosotros, él quiso venir al mundo como nosotros “nacido de una mujer” (cfr. Gal 4, 4); y pudo conformarse con nacer de una mujer virgen por obra del Espíritu Santo, sin embargo también llamó a José para que cumpliera la misión de ser su padre en la tierra; y siempre se mostró orgulloso de ser reconocido como “Hijo del hombre”, como “Hijo de David” o también como el “Hijo del carpintero”.

Todos hemos nacido de la relación entre un hombre y una mujer, y así hemos venido al mundo. Pero es cierto que muchos no tienen papá porque lo perdieron, porque se fue o porque nunca se hizo responsable de ellos. Puede darse la pérdida de la madre en cualquiera de las formas antes mencionadas, aunque siempre en una proporción y porcentaje mucho menor. La naturaleza de la mujer la ayuda a responder a su función de madre con mucha más generosidad y entrega hasta el heroísmo, y así muchas familias son sostenidas sólo por la madre, y en casos excepcionales sólo por el padre. Otros quizá hayan perdido absolutamente a todos sus familiares, ¡qué desgracia! Finalmente, otros más por algún conflicto, han renunciado a su familia y ya no quieren saber nada de ella.

En estos últimos dos grupos mencionados de realidad marginal a la familia común, hay gente promotora de la destrucción de las familias y a los que tienen poder y recursos los encaminan a difundir una mentalidad antifamilia. Me ha tocado ver dos comerciales que presentan como si fuera una tragedia y algo indeseable o al menos muy aburrido, el visitar a la abuelita o a una hermana en este tiempo de Navidad, y en algún comercial se promociona que es mejor irse a una casa de juegos.

Por otra parte, muchos jóvenes retardan demasiado la unión matrimonial y aducen que la razón es prepararse a ese gran compromiso, pensando ante todo en las realidades económicas. Algunos lo han pensado tanto, que se han acostumbrado demasiado a su modo de vivir la libertad del soltero, y luego al casarse, fracasan o batallan mucho para acoplarse. Algunos quizá, tardan en casarse por el miedo al fracaso, al darse cuenta de lo que ha pasado a algunos familiares y amigos. Otros más al casarse, interiormente y en silencio ponen la condición de “si me va bien”, “a ver qué pasa”, “a ver si nos dura el amor” o incluso con la idea de las novelas que se expresa en “yo me caso para ser feliz”. Todo lo anterior en lugar de llevar la firme determinación interior de respaldar sus palabras de alianza: “En lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad, y amarte y respetarte hasta que la muerte nos separe”.

Un sano feminismo es el que no pretende enfrentar a la mujer contra el hombre, sino sólo reivindicar los derechos de ellas; es el que no busca la realización femenina al margen del matrimonio, de la maternidad y la vida en familia, y éste hace mucho bien a la familia actual, a la Iglesia y a la sociedad. Lo contrario, es destructivo y un atentado contra la familia, y por ende, contra la Iglesia y la sociedad.

El pensamiento materialista, individualista, relativista y pansexualista es antifamilia. Lamentablemente cada una de esas matrices de pensamiento hoy se tratan de difundir a todos los rincones del planeta, en una actividad que el Papa Francisco ha llamado “colonialismo ideológico”, al cual el Santo Padre nos invita a combatir, diciéndonos que es necesario: “Defender a nuestros pueblos de una colonización ideológica que cancela lo más rico de ellos, sean indígenas, afroamericanos, mestizos, campesinos, o suburbanos.”; “Defender valientemente de todo intento homogeneizador que termina imponiendo una única manera de pensar, de ser, de vivir, que termina haciendo inválido o estéril todo lo heredado de nuestros mayores; que termina haciendo sentir, especialmente a nuestros jóvenes, poca cosa por pertenecer a tal o cual cultura” (cfr. Homilía del Santo Padre Francisco, misa de Ntra. Sra. de Guadalupe, 12 de diciembre de 2017).

Siempre han habido y habrán modelos distintos a la familia tradicional formada por papá, mamá e hijos; y lamentablemente hoy en día existen muchas familias quebrantadas por el divorcio y otras tristes realidades. Sin embargo como dice el dicho, “la excepción confirma la regla”, y no hay razón para promover otro tipo de familias. Sin excluir a nadie, la Iglesia sigue teniendo la misión de promover y proteger a la familia según el plan de Dios, y de acercarse a las familias que viven en otras situaciones para que desde su realidad sigan buscando y recibiendo al Señor.

En la primera lectura de hoy tomada del libro del Génesis, nuestro padre Abraham recibe la promesa de Dios que le anuncia la llegada de un hijo de sus entrañas, a pesar de su ancianidad y de la esterilidad de su esposa Sara. El Señor le dice: “Mira el cielo y cuenta las estrellas, si puedes… Así será tu descendencia…” (Gn 15, 5). El gran deseo de Abraham de tener una familia se transforma en alegría por confiar con mucha fe en la promesa del Señor.

En la segunda lectura tomada de la Carta a los Hebreos, se elogia la fe de Abraham y la de Sara, pero más aún la de Abraham cuando fue obediente y estuvo de acuerdo en sacrificar a su hijo Isaac, a quien tanto amaba. Los padres cristianos son llamados a tomar conciencia de que sus hijos no les pertenecen y tarde o temprano los tendrán que entregar en el santo Matrimonio, en la Vida Consagrada o en la Vida Sacerdotal. Es un dolor indescriptible perder un hijo por la muerte, y sólo quien lo experimenta conoce la intensidad de éste; pero qué distinto es pasar por esta experiencia cuando hay una fe fuerte y cultivada, ya que el dolor encuentra sentido y esperanza. Incluso hay testimonios de madres que han animado a sus hijos a dar su vida a la hora del martirio (cfr. 2 Mac 7).

En el santo evangelio de hoy según san Lucas, la Sagrada Familia se dirige al templo de Jerusalén cuarenta días después del nacimiento del Salvador. Nadie le da importancia a la Sagrada Familia, sólo los ancianos Simeón y Ana. La inmensa mayoría de las familias pasan desapercibidas en su valor e importancia para casi todos. Lo que debemos estar seguros es de que nuestra familia le importa a Dios, y que nadie la valora como Él, pues es su autor y se ve reflejado en la unidad y el amor de cada familia. De lo que debemos estar seguros es de que vale la pena invertirle a nuestra familia nuestro tiempo, nuestros trabajos y nuestro sacrificios.

Recordemos que también estamos convocados para la Eucaristía del día de mañana, primero de enero, cierre de la Octava de Navidad y solemnidad de Santa María Madre de Dios. Recordemos igualmente que la fiesta del Año Nuevo es también fiesta religiosa, donde se contarán 2018 años del nacimiento del Niño Jesús. Celebremos en familia esta noche y continuemos todo el año fortaleciendo y amando a nuestras familias.

Feliz Año Nuevo a todos! ¡Sea alabado Jesucristo!

+ Gustavo Rodríguez Vega
Arzobispo de Yucatán

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